Hiroshima y Nagasaki: Un mundo de sangre, sudor y lágrimas

Gabriel Molina
Periodista

Bob Caron, artillero del B29 Enola Gay narró cómo el 6 de agosto de 1945 la bomba Little Boy explotó a las 8 y 15 a.m., a 600 metros sobre la clínica quirúrgica de Shima, en Hi­roshima:

“Una columna de humo ascendió rápidamente. Su centro es de un terrible color rojo. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen  de un enorme lecho de brasas. Uno, dos, tres, catorce… quince, es imposible contarlos. Aquí llega como una forma de hongo.  Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga 1 500 o quizá 3 000 metros de anchura y unos 800 de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Las llamas y el humo se hinchan…”.

Tres meses antes, Alemania se rendía  a las tropas soviéticas que irrumpieron en Berlín el 7 de mayo de 1945.

El primer ministro  inglés, Winston Chur­chill, quedó algo mal parado, pues había  convencido al presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt de relegar hasta junio de 1944 la apertura del frente occidental en Francia. Stalin lo reclamaba para contrarrestar la invasión de 120 divisiones que desde el 22 de junio de 1941 avanzaron casi hasta las puertas de Moscú. Los rusos tuvieron que resistir casi solos a los hasta entonces invencibles  alemanes, con logística como único apo­yo aliado.

El líder británico  propuso en cambio de­sembarcar 50 mil efectivos de Estados Unidos e Inglaterra en Túnez, África, en noviembre de 1942. Eso no era bastante para detener a los alemanes en el frente del este, por lo que, ante las exigencias de Stalin, los aliados finalmente desembarcaron, no por Francia como exigía Moscú, sino por Italia, por Sicilia, el 10 de julio de 1943.

La mafia siciliana proveyó  ayuda de inteligencia,  comprometida  por Lucky Luciano a cambio de su liberación, que signó el gobernador Thomas Dewey el 3 de enero de 1946. “Dewey lo indultó aparentemente a cambio de la ayuda  prestada por dicho mafioso  antes de que nuestro ejército iniciase la invasión de Italia”.  (1)

Ese día Luciano fue escoltado hasta el Laura Keene, un carguero que lo transportó desde Brooklyn a  Nápoles, donde desembarcó el 28 de febrero de 1946. Ya planeaba viajar a La Habana, lo que hizo ocho meses después.

El repentino fallecimiento de Franklin Delano Roosevelt, el 12 de abril de 1945, convirtió al vicepresidente Harry S.Truman en la máxima autoridad militar y civil de Estados Unidos, cuando a los aliados solo les restaba rendir a Japón.

La bomba nuclear era un proyecto tan secreto que, al tomar las riendas, Truman ignoraba la decisiva culminación del Proyecto Manhattan. Este plan colocaba en manos de su gobierno el arma más poderosa de todos los tiempos.

Desde agosto de 1939, el destacado científico Albert Einstein había advertido a Roosevelt sobre la necesidad de adelantarse a los nazis en las  investigaciones del átomo. Prevenía en su carta que Hitler ya sabía que se podía llegar a obtener una bomba de poder nunca alcanzado y había autorizado el proyecto Uranio. Los soviéticos adelantaban desde hacía tiempo sus propias investigaciones.

El presidente de Estados Unidos aprobó fondos para el proyecto  liderado por el físico Julius Robert Oppenheimer, pero comandado por el general Leslie Richard Groves. El más importante centro  investigativo fue el Distrito de Ingeniería Manhattan situado en Los Álamos. Junto a Oppenheimer, se agruparon científicos de la talla de Niels Böhr, Enrico Fermi y Ernest Lawrence.

Truman fue informado del Proyecto Manhattan y de que  los rusos estaban a punto de tomar Berlín a finales de abril, cerca de dos semanas después de acceder a la presidencia.

El primer ensayo exitoso ocurrió tres meses después de la muerte de Roosevelt en el desierto de Alamogordo, en Nuevo México, el 16 de julio de 1945.

Por esa fecha, Truman  tendría que “debutar” como estadista en su primera reunión con Stalin y Churchill en Postdam, un suburbio de Berlín que para entonces ya había sido tomado por el ejército soviético.

Allí, el nuevo presidente informó a Stalin el 25 de julio de 1945 sobre la existencia de un arma con un poder inusitado. Truman quedó perplejo conque el dirigente soviético no se mostrara sorprendido, como si lo hubiese sabido de antemano.

Después se conoció que Stalin ya había dado la orden al jefe del avanzado programa nuclear ruso de acelerar las investigaciones.

Cuando Truman confirmó también a Chur­chill en Postdam  que el  ensayo de la bomba atómica el 16 de julio había sido positivo, el anuncio casi coincidió con la derrota del británico en las elecciones frente a Clement Attlee.

La opinión pública entonces no comprendía qué significaba  la victoria del laborista Attlee. El mundo desde 1938 había repudiado el Pacto de Munich del premier inglés Neville Chamberlain con Hitler. Comparado con Chamberlain, la posición de Winston era casi revolucionaria. Cuando en 1940 Neville hizo poco o nada por evitar que Polonia cayera en manos de Hitler, Churchill fue llamado a encabezar el gobierno. Lo hizo con  una impresionante frase: “solo prometo sangre, sudor y lá­grimas”.

No sabía cuán profético sería. Después el menos reaccionario Attlee lo sustituyó en Postdam.

Pero quizás ya era tarde. Bajo la influencia antisoviética de Churchill, entre otros factores, Truman estaba convencido de que utilizar la bomba para rendir a Japón sería una forma de evitar la influencia de Stalin. Los soviéticos no habían dudado en respaldar a los aliados en su lucha contra el imperio japonés. Tan temprano como en agosto habían agrupado tropas en el oriente para la invasión de Manchuria.

Aunque los soviéticos cumplían su rol de aliados, la mente de algunos analistas norteamericanos iba por otros caminos.
Allen Dulles, uno de los jefes de la Office of Strategic Services (OSS),  declaró durante la ocupación  de Alemania: “parece que los rusos buscan dominar al mundo”. (2)

Dulles recomendaba que EE.UU. diese pasos para bloquear el expansionismo soviético y así la OSS resultó  el embrión de la CIA. Junto a su contraparte británica, bajo influencia de Churchill, fueron decisivos en el viraje político de los aliados, apoyados por Edwin Pauley, petrolero californiano, cauto representante de la industria y las finanzas: el poder real.
A pesar de que varios científicos habían alertado al gobierno estadounidense de que la tecnología para construir el arma nuclear podía ser reproducida con relativa facilidad por otras potencias, la cúpula cercana a Truman soñaba con un monopolio absoluto.

Según ellos, si Estados Unidos era el único poseedor de la bomba y la utilizaba contra Japón, no solo fortalecería su poder en Asia y el océano Pacífico, sino en el universo todo, pues daría una muestra de poder tan convincente que los colocaría a la cabeza de las naciones del mundo.

La potencia asiática del Eje ya estaba prácticamente vencida. Un gesto japonés de rendición, pero no incondicional como reclamaba  Washington, fue liberar de modo unilateral a todos los prisioneros de guerra estadounidenses que habían sido capturados.

De hecho, el general de la fuerza aérea de EE.UU. Curtis LeMay, calificado en Estados Unidos como un psicópata,  había reducido casi todo Japón a  cenizas con  sus bombarderos repletos de napalm. Como él mismo lo describió: “los B29 chamuscaron, hirvieron y asaron a unas 330 mil personas”. En la propia Tokio desde el 10  de marzo de 1945, “achicharró a  260 mil civiles”.

Las  bombas atómicas del 6 y el 9 de agosto de 1945 mataron a  220 mil personas. Unas 110 mil almas menos que los bombardeos convencionales de LeMay. De hecho, este fue uno de los datos utilizados con cierto oportunismo para justificar el uso de la bomba nuclear. Pero lo cierto es que la rendición nipona solo dependía de algunos detalles de forma.

Aún así, los norteamericanos desataron el horror primero en Hiroshima, el 6 de agosto, y nuevamente tres días después en Nagasaki. A los cientos de miles de muertos se sumaron los daños por la radiación que aún hoy están presentes en la zona.

Además, como habían vislumbrado las grandes mentes de la época, un arma tan poderosa se convirtió en la principal amenaza para la supervivencia de la humanidad. Incluso quienes habían trabajado decisivamente para evitar con ella el triunfo del fascismo, mantuvieron hasta su muerte un cierto cargo de conciencia por el poder que habían puesto en las manos de los hombres.

Truman convirtió  en 1947  el Consejo Na­cio­nal de Seguridad (CNS) y la OSS en la CIA. Estas incidencias e iniciativas resultaron ser semillas del Complejo Militar Industrial, pilares de un sistema que se nutre de las guerras y que no puede vivir sin ellas.

En abril de 1949 se creó el Tratado del Atlántico Norte por el que EE.UU. “se comprometía a defender a sus aliados si eran atacados”.

La Unión Soviética, traicionada por quienes habían sido sus aliados contra Alemania, no tardó décadas sino algunos años en obtener su propia tecnología nuclear. Una vez más habían subestimado la capacidad de los científicos y el liderazgo soviético.

Era el comienzo de la Guerra Fría y la amenaza de la extinción masiva de la raza hu­mana.

Aquel mismo psicópata, general Curtis LeMay,  jefe en 1962 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, propuso a John F. Kennedy, durante la Crisis de Octubre, bombardear mil objetivos en Cuba y una semana después invadir la Isla.

Al hacerse  mayoritaria  la opción del presidente  Kennedy de evitar la guerra, llegó hasta llamarlo cobarde; proponía propinar el primer golpe nuclear contra la URSS e iniciar los bombardeos a Cuba sin esperar más. Kennedy dejó así de confiar en el criterio de los militares.

Incluso Truman, quien nunca fue ensalzado por su inteligencia, logró darse cuenta del alcance de sus actos. A principios de  los años 50 dijo que el mayor error de su gobierno fue crear la CIA.

Un mes después del magnicidio de Kenne­dy, Truman publicó un artículo: “Por algún tiempo  estaba preocupado por el camino en que la CIA había sido desviada de  su función original. Ha devenido a veces un arma operacional creadora de la política del gobierno. Nun­ca pensé al crear la CIA que sería inyectada en tiempos de paz  para ser usada como cubierta de capa y espada de espías y  misterios. Algunas de las complicaciones y embarazos que pienso hemos experimentado son atribuibles en parte al hecho de que la tranquila arma de la inteligencia del presidente ha sido tan removida de la  intención de su  función primitiva  que está siendo interpretada como un símbolo  de siniestra  y misteriosa intriga extran­jera”.  (3)

Los siguientes tres presidentes se vieron imposibilitados de controlar a la CIA y al Complejo Militar. Al único que decidió combatirlos lo asesinaron.

Ese sistema y sus gobernantes es el que hoy continúa teniendo a su disposición la posibilidad de desatar una hecatombe atómica.  Con razón Fidel declaró el año pasado: “Estamos contra todas las armas nucleares. Ninguna nación, grande o pequeña, debe poseer ese instrumento de exterminio, capaz de poner fin a la existencia humana en el planeta”.

Notas

1. New York Times, 9 de febrero de 1946.
2. L. Fletcher Prouty. JFK. The CIA, Viet Nam and the plot to assassinate John F. Kennedy. Sky Horse Publications. New York, p. 20.
3. Washington Post, diciembre 21 de 1963.

Fuente: Granma


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