El vergonzoso periodismo español

Francisco Rubiales
Escritor, ensayista y periodista

En pocos países del mundo el periodismo ha caído tan bajo como en España. El país avanza hacia la desintegración, la ruina y el fracaso político, pero miles de periodistas continúan defendiendo a sus amos políticos, anteponiendo los intereses de sus partidos a la verdad que, por ser periodistas, están obligados a defender siempre. Contemplar a periodistas españoles adscritos a la izquierda defendiendo la “honradez” de Chaves y Griñán y a periodistas sometidos a la derecha justificando los abusos de Rita Barberá es un espectáculo repugnante.

Las encuestas reflejan que los periodistas, junto con los políticos, son los profesionales más rechazados en España, por delante de jueces y policías. Sin duda, se lo tienen merecido.

Cuando uno asiste a una tertulia de periodistas en España, pronto descubre que todos ellos están alineados con un partido u otro. No hay independientes, ni librepensadores. Todos parecen robots programados y uno hasta es capaz de anticipar sus opiniones y respuestas. Para los demócratas y amantes de la libertad, es un espectáculo deprimente, reflejo del sunami de corrupción que ha inundado España.

Muchos creen que esos periodistas cobran por defender a ultranza y sin lucidez las tesis de la derecha o de la izquierda, pero se equivocan. Algunos quizás cobren con filtraciones y promociones profesionales, pero la mayoría trabaja gratis y se convierten en manipuladores y policías del pensamiento de manera voluntaria, aunque esperando siempre ser recompensados por el poder.

Esa sumisión, además de una traición a la esencia del periodismo, que es defender la verdad e informar verazmente al ciudadano para que adopte las decisiones acertadas, es una apuesta envilecida por la corrupción y la vileza.

El periodista independiente que dice la verdad es el gran aliado de la libertad y la democracia, pero el periodista sometido al poder es el mejor sostén de la tiranía y el mas eficaz cómplice de las injusticias y corrupciones.

Por fortuna, quedan periodistas decentes que se empeñan en cumplir con su deber de ser veraces y servir información a los ciudadanos, pero cada día son menos porque casi todos los medios se han aliado con los grandes poderes, de los que reciben filtraciones, publicidad, concesiones y ayudas encubiertas.

Hay periodistas que sirven voluntariamente a las élites, defendiendo sus intereses. Son periodistas sometidos y mercenarios que han dejado de fiscalizar a los grandes poderes y de buscar y difundir la verdad, traicionando así el servicio a la ciudadanía y a la democracia. Pero también hay periodistas que se mantienen fieles a la vieja alianza con el pueblo, la que dio vida al periodismo moderno y que exige hoy, más que nunca, la defensa de la verdad y la información independiente.

Para los periodistas abducidos por el poder establecido, la idea que tenían del periodismo los maestros del siglo XX ha quedado obsoleta y lejana. La búsqueda de la verdad, la fiscalización de los grandes poderes y la garantía de una información independiente y libre para que los ciudadanos estén informados han dejado de ser los objetivos y, en su lugar, tienen que convencer al mundo de aquello que interesa al poder.

Entre las muchas mentiras que defienden destacan algunas por su enorme carga de falsedad: que la democracia es así de sucia, que la Justicia es igual para todos, que los gobiernos, aunque sean malos, son necesarios, que la economía va bien, que la riqueza está bien distribuida, que el Estado de Bienestar ya no es viable, que muchos antiguos derechos están caducados, que la inseguridad va en aumento, que la economía avanza hacia el colapso final, que la corrupción es un mal incurable, que la sociedad es tan corrupta como los políticos y que la única manera de escapar al Apocalipsis que se avecina es acogiéndonos a la protección de la autoridad.

A los traidores a la verdad habría que recordarles aquello que se proclama en mi libro “Periodistas sometidos. Los perros del poder”: “No hay un solo caso de periodista esclavo que sea recordado por la Historia, del mismo modo que tampoco merecen el recuerdo los militares cobardes o los médicos al servicio de la muerte. Que quede claro que los periodistas sometidos al poder solo pueden esperar poder y dinero, pero nunca reconocimiento, honor o respeto”.

Fuente: Voto en blanco

 

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