La vida reducida a dos opciones excluyentes, ‘0’ y ‘1’

Armando B. Ginés
Analista político, guionista, redactor creativo y escritor

En la era digital, entre cero y 1 no hay nada. Esta percepción tan elemental nos traslada una falsa exactitud. Un reloj binario nos indica que de 00:00 a 00:01 ha transcurrido un minuto, hurtándonos el intervalo infinito que dista entre dos tiempos o espacios objeto de nuestra atención o medida.

Miremos ahora un reloj analógico con la misma secuencia temporal mencionada antes. A simple vista observamos que entre la raya de en punto y la siguiente hay un “vacío” o tierra de nadie que contiene infinitas posibilidades que no registran los intervalos fijos digitales y sí, al menos teóricamente, la manecilla minutera. Entre cero y 1 hay infinitos números.

La percepción digital tiene consecuencias en todos los ámbitos de la vida, reduciendo la realidad a dos opciones: cero y 1, a favor o en contra, sí o no, me gusta o no me gusta… Nos sumerge, por tanto, en un maniqueísmo de alternativas cerradas, o esto o lo otro, sorteando con habilidad la complejidad de todo hecho o suceso de índole cultural o natural.

Un caso extremo es la red social Facebook, que restringe las opciones a una sola: like (“me gusta”). La alternativa “no me gusta” hay que trabajársela a través de comentarios voluntarios que especifiquen nuestra auténtica opinión mesurada o crítica sobre el asunto o noticia de que se trate.

Para Facebook solo hay una opinión real y positiva, la de aquellos que hacen clic en “like”. Las opiniones negativas, críticas o rebeldes no tienen cabida gráfica y visual en sus páginas. Y lo que no se ve, no existe a efectos prácticos. Estamos ante una forma sutil de suprimir las tendencias, modas u opiniones que no se ajustan a lo políticamente correcto o mayoritario.

En el trasiego común y ordinario y en el escaparate sociopolítico e ideológico, todo acontece o se dispone públicamente de manera similar. Las dualidades enfrentadas eliminan terceras posibilidades conceptuales o vías alternativas. Nacional o inmigrante. Masculino o femenino. Heterosexual o gay. Democracia o dictadura. Adaptado o terrorista. Etcétera.

La serie apuntada construye la realidad de manera binaria y excluyente. Entre medias, nada hay o mejor dicho “nada debería haber”. Lo que “nada debería haber” es la mezcla y recombinación de palabras, sensibilidades, emociones, razones e intereses colectivos e individuales que no pueden expresarse en libertad porque han sido borradas sus huellas de la lista de lo necesario. Solo es imprescindible para el sistema aquello que simplifica las tensiones vitales o sociales en dos ítems opuestos que van del cero al 1: correcto/incorrecto, válido/inválido, aceptable/inaceptable…

Y así nos tomamos la vida, sin apercibirnos de que nuestro cerebro interpreta la realidad, aun sin pretenderlo, como un reloj digital silencioso. Nuestros ritmos y opiniones se acompasan al palpitar interno y recurrente de dos posiciones sucesivas de conveniencia o posturas ideológicas enfrentadas irremediablemente, dirigiendo nuestros gustos e impulsos de una forma sibilina pero efectiva.

En el fondo, esta visión restringida de la compleja realidad viene marcada por directrices que emanan del poder establecido. La ideología simplista del tic-tac subyacente nos dicta gustos y preferencias y nos marca la agenda de lo que entra dentro de lo permitido y aceptable.

Añadir “no” a un me gusta de Facebook resulta perverso y atrevido, al igual que salirse de los cauces maniqueístas de la estructura digital del pensamiento masificado. En el caso de manifestarse por una tercera opción no disponible en el stand de lo políticamente correcto, sobre el audaz transgresor puede caer el estigma de la perversión o de la anormalidad absoluta.

Para las emergencias debidas a opiniones no contempladas en el vademécum del sistema capitalista se han inventado etiquetas que expresan patologías muy diversas: antisistema, terrorista y sin papeles son las categorías más empleadas ahora mismo.

Resulta más que evidente que el tiempo y el espacio son también conceptos politizados por el interés de clase y por las ideologías hegemónicas.

El urbanismo trocea el espacio en función de exigencias digitales. Lo contrario del extrarradio son los distritos acomodados. Al centro se va a comprar y consumir, a adquirir fantasías a precio tasado; del centro se vuelve, plagado de fetiches, a la dura realidad existencial pero con el pensamiento adormecido por los artículos o servicios “disfrutados” o por disfrutar. Los trabajadores laboran en naves industriales y los ejecutivos gestionan el sistema en rascacielos verticales.Arriba está la opulencia y el más allá; abajo, lo tenebroso, lo miserable, la putrefacción enterrada.

Con el tiempo sucede algo parecido. Hay tiempo institucionalizado mediante normativas severas para el ocio y el trabajo, las dos dimensiones que se oponen mutuamente en la vida cotidiana, definidas por lo que no cuesta esfuerzo realizar, pero sí dinero o tiempo de trabajo como moneda de cambio, y la realidad obligada que ofrece resistencia a nuestro libre albedrío: la enajenación al mejor postor de nuestra fuerza laboral.

Todo es digital en la época que habitamos. Vivimos constreñidos en el marco de referencia o lógica cerrada de la archiconocida máxima de Shakespeare de ser o no ser, sin darnos cuenta que entre medias se sitúa la vida real: el diálogo, la cooperación, la transformación, la inventiva, el espíritu crítico, la razón en movimiento, la vida misma en su complejidad constitutiva.

Fuente: Blog de Armando B. Ginés

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