La región Autónoma Hebrea: El Israel de Stalin

Se te da la bienvenida a Birobidzhán, ¿Israel o Rusia?

Se te da la bienvenida a Birobidzhán, ¿Israel o Rusia?

La relación de la URSS con sus judíos fue siempre compleja, ambigua y variable. Muchos de los revolucionarios que la crearon habían sido hebreos, y de manera muy notoria Trotsky (León Bronstein, fundador en buena medida del Ejército Rojo y de la Cheka), Lev Kamenev (miembro de la troika que sucedió a Lenin), Yakov Sverdlov (primer presidente de la Rusia Soviética) e incluso el judeoconverso Yakov Yurovski, ejecutor jefe de la familia imperial en un sótano de Ekaterinburgo.

El motivo de que hubiese tantos descendientes del antiguo Israel entre quienes realizaron la Revolución Rusa es sencillo: hasta el ascenso de los fascismos en los años ’30, el Antiguo Régimen zarista fue probablemente el orden político que peor había tratado a sus judíos desde la Edad Media.En el Imperio Ruso de los zares, los hebreos eran ciudadanos de tercera clase sometidos a toda clase de humillaciones y persecuciones. Pogromo es una palabra rusa (погром, devastación) que originariamente hace referencia al linchamiento de comunidades judías azuzado por la policía zarista y la Iglesia Ortodoxa cada vez que en Rusia iban mal las cosas, como chivos expiatorios. Los infames Protocolos de los Sabios de Sión –refritos de un texto satírico del francés Maurice Joly– fueron elaborados por dos periodistas rusos bajo la dirección del jefe de la okhrana (policía política) zarista en París; y publicados por un director de periódicos monárquico, ultramontano y racista llamado Pavel Krushevan. Había numerosas leyes que restringían sus movimientos y oportunidades, con la tradicional excusa de ser los autores de la muerte de Cristo, y se veían confinados a los territorios periféricos del Imperio, con un sistema de cuotas que impedía el acceso de muchos de ellos a la educación superior. Habían sido expulsados de Kiev y Moscú. Pese a constituir el 11,5% de la población, no podían presentarse a casi ningún proceso electoral, allá donde se daban. Muchos emigraron. En suma: que no resulta nada extraño que los judíos del zarismo se apuntasen en masa a la Revolución Rusa de 1917, y estuvieran muy representados en la dirigencia de la Unión Soviética que vino a continuación.

Como consecuencia, la URSS nunca persiguió formalmente al judaísmo étnico; y sus expresiones religiosas, aunque desaconsejadas en un estado ateo, no fueron objeto de persecución notable; a diferencia de lo sucedido con los clérigos de la Iglesia Ortodoxa y del Islam. Tanto Lenin como Stalin se manifestaron con duras palabras en contra del antisemitismo; este último llegó a considerarlo un vestigio del canibalismo. Desde el principio, la Constitución Soviética proclamó la igualdad de todas las etnias que constituían el inmenso país, y eso incluía a los hebreos. Se crearon el KOMZET y la OZET, organismos específicos para dotarles de oportunidades en el nuevo sistema. Parecería, pues, que los judíos habían encontrado en la URSS un buen lugar para vivir por primera vez en mil ochocientos años, mientras Europa Occidental empezaba a debatirse con el ascenso del nazifascismo y sus mensajes raciales y antisemitas; y en tiempos de Lenin, probablemente lo fue. Al menos, mejor que el régimen zarista precedente y lo que se avecinaba en Occidente.

El Israel soviético

Según la doctrina soviética sobre las nacionalidades –y Stalin había sido el Comisario Político para las Nacionalidades en la recién creada URSS– un pueblo sólo podía considerarse como tal si poseía un territorio. Y el encaje de todas estas naciones en un estado tan enorme y diverso constituyó una prioridad –y un problema– a lo largo de toda su historia. Después de las represiones y emigraciones del zarismo, la Revolución y la Guerra Civil, seguían quedando en el nuevo país más de dos millones y medio de judíos; es decir, el séptimo grupo de población más importante (después de granrrusos, bielorrusos, ucranianos, kazajos, uzbekos y tatares).Todas estas nacionalidades tenían unas tierras ancestrales pero los judíos, no. Así pues, a mediados de los años ’20 el KOMZET decidió asignarles un territorio con el beneplácito de Stalin. El problema, claro, es que en los lugares más interesantes de la URSS el territorio ya estaba ocupado por muchas otras etnias. Por tanto, decidieron matar dos pájaros de un tiro: las autoridades soviéticas estaban muy interesadas en el desarrollo de Siberia, la siempre pendiente conquista del Este, así que… ¿por qué no crear el Nuevo Israel allí?

Dicho y hecho. Tomaron un territorio esencialmente despoblado en el Lejano Oriente siberiano, donde sólo había unos pocos cosacos del Amur, y crearon la Región Autónoma Hebrea (Еврейская автономная область, Yebreiskaya avtonomaya oblast’). Con 36.000 kilómetros cuadrados, era más grande que el actual Israel. La capital se estableció en un poblacho llamado Birobidzhán, atravesado por la vía del Ferrocarril Transiberiano. Acto seguido, se lanzó una gran campaña publicitaria por toda la URSS para que los judíos abandonasen los lugares donde habían sido tan perseguidos –y aún eran mal mirados por muchos– con el objeto de establecerse en el Nuevo Israel Soviético.Aunque esta campaña alcanzó niveles curiosos, desde arrojar panfletos desde aviones sobre las comunidades agrícolas con mayor presencia hebrea hasta la producción de películas propagandísticas, los judíos de la URSS no se sintieron atraídos en absoluto por la idea. La tierra era fértil, regada por dos grandes ríos, pero básicamente eso era todo. Se trataba de una remota marisma donde habría que construirlo todo desde cero, en una zona fronteriza potencialmente conflictiva con la entonces inestable China, y sobre todo no se trataba del verdadero Israel que promovían los sionistas. Los judíos de la URSS no sintieron que allí se les hubiese perdido nada. Como consecuencia, según el Censo Soviético de 1939, para entonces sólo vivían allí 17.695 judíos de los dos millones y medio que habitaban en la URSS. Y luego, comenzaron a marcharse.

El odio ancestral

Incluso antes de la muerte de Lenin, Stalin había comenzado a jugar sus cartas para convertirse en el autócrata de la URSS. Como ya apunté, Stalin era contrario al antisemitismo; el problema es que en estos planes para alcanzar el poder absoluto se interponían judíos destacados como Trotsky, Kamenev, o el poderoso  Grigory Zinoviev (junto a otros muchos que no eran de ascendencia hebrea, claro). Paralelamente, el desarrollo del sionismo constituía un desafío ideólogico al socialismo soviético, que éste quiso contrarrestar con medidas culturales como fomentar el uso del yiddish (lengua secular) frente al hebreo (considerado religioso).

Stalin no tuvo ningún problema en fomentar una vaga desconfianza colectiva hacia los judíos en el contexto de las purgas que se produjeron contra estos y otros dirigentes. No era muy difícil, después de siglos de adoctrinamiento antisemita por las autoridades políticas y religiosas del zarismo, y el dictador conocía bien el lenguaje del odio ancestral contra los hebreos: hijo de una madre muy devota, se había educado desde los diez años en el Colegio Teológico de Gori y, desde los dieciséis, en el Seminario Ortodoxo de Tiblisi, para quienes el pueblo judío no era más que los asesinos de Cristo y no dudaban en inculcárselo a sus alumnos. Aunque el dictador no se creyese nada de todo eso, y fuera declaradamente anti-antisemita, la posibilidad de utilizar esa inquina atávica en su ajuste de cuentas contra Trotsky, Zinoviev y otros descendientes del antiguo Israel era demasiado tentadora; el riesgo de que el sionismo aterrizara en la URSS terminó de perfilar su discurso.

A pesar de todo, nunca se produjo en la URSS una persecución de los judíos en tanto que judíos; pero sí se asentó una animadversión de baja intensidad que duraría décadas y aún está presente en la Rusia moderna. Y la Región Autónoma Hebrea no fue ajena a estas desconfianzas: la cosa ya estaba hecha, había una incipiente agricultura y algo de industria ligera, y no habría sido práctico revertirla a los cosacos del Amur. Pero se transformó en un lugar incómodo y sospechoso, por donde la paranoia estalinista temía en todo momento la infiltración del sionismo, de los chinos o vete tú a saber qué. Tras la Segunda Guerra Mundial, el complot de los médicos y la refundación del estado sionista de Israel en Palestina (a pesar de que la URSS votó a favor) multiplicó esta paranoia y se saldó con varias persecuciones de índole más o menos antirreligiosa en el territorio. El uso del yiddish fue alternativamente prohibido y permitido. En todo caso, la propuesta de crear un Nuevo Israel Soviético había dejado de parecer una buena idea y comenzaba a percibirse equívocamente como una potencial cabeza de puente sionista y clerical en la retaguardia de la URSS.

Sin embargo, este temor era infundado. Discretamente, los ideólogos del sionismo sugerían a las comunidades judías soviéticas que no emigraran al oblast, o que se fueran si ya estaban allí, para no legitimar el concepto de un Israel alternativo fuera de Palestina, lejos de la Jerusalén a donde habían suspirado por volver cada Yom Kippur y cada Pascua durante dos milenios. Un Nuevo Israel que hubiera tenido éxito, soviético o no, podía reducir la justificación moral de la Partición de Palestina o apuntalar la idea de crear algún otro en un lugar menos conflictivo que el presente; y eso no se podía consentir.

Un Israel sin judíosComo consecuencia, la Región Autónoma Hebrea se quedó hebrea en el nombre, pero poco más. A partir de entonces los contingentes de población que acudían allí formaban parte de las promociones corrientes para el desarrollo siberiano, con un componente granrruso muy mayoritario. Acorde al Censo de 1959, la presencia hebrea en el área comenzó a menguar: en esta fecha ya sólo había 14.269, un 20% menos que dos décadas atrás, pese a que la población en la zona estaba multiplicándose al calor de la industria y minería locales.

Conforme pasaban los años y la URSS iba convirtiéndose en una dictablanda, proceso que culminaría en tiempos de Gorbachov, los hebreos siguieron marchándose de la Región Autónoma Hebrea lenta pero persistentemente; unos a lugares más prósperos de la Unión Soviética, y otros a los Estados Unidos o Israel. Tras el colapso del sistema soviético, momento en que el oblast pasó a ser un sujeto federal de Rusia, esta diáspora voluntaria arreció. Según el Censo de 2002, sólo quedaban allí 2.327 judíos; menos que en la costa española del Mediterráneo.Sin embargo, la Yebreiskaya ha querido mantener un carácter cultural fuertemente judío, al menos en las formas. A pesar de constituir apenas un 1,22% de la población regional, tanto Birobidzhán como otras localidades y lugares emblemáticos del oblast están llenos de símbolos y referencias hebreas; lo que produce una sensación extraña en el visitante, acostumbrado a relacionarlos con los desiertos del Oriente Próximo y no con los bosques infinitos de Siberia. Incluso la bandera y el escudo regionales presentan referencias israelitas, como los colores azul y blanco o siete líneas que representan los siete brazos de la menorah, pero con rollito multiculturalidad.

La sinagoga de Birobidzhán, abierta en 2004, es la primera sinagoga fundada con apoyo y dinero público en la larga historia de Rusia, el país que dio al mundo la palabra pogromo. También existe la Universidad Nacional Hebrea de Birobidzhán, donde se enseña hebreo, yiddish y cultura y etnografía hebraicas. Es un sitio peculiar, donde el candelabro de siete brazos se entremezcla con carteles en alfabeto cirílico y símil hebreo, y por supuesto las ubicuas estatuas de Lenin y otros comunistas notables (yo creo que en 1991 sólo tiraron dos o tres, para la tele, porque el país entero sigue plagado). A pesar de que el 95% de la población capitalina no es de origen hebreo, el alcalde electo de la ciudad bajo el paraguas del gobernador Volkov es un judío, Alexander Vinnikov; su familia fue una de las que migraron desde Bielorrusia. Aparentemente al menos, en la Yebreiskaya se convive con la más absoluta normalidad, cosa que difícilmente se puede decir del verdadero Israel. Que, por cierto, contribuye desde hace unos pocos años con algunos recursos a las actividades de la sinagoga y de la prensa en yiddish.

La Región Autónoma Hebrea, que actualmente vive de la industria ligera, quiso ser el otro Israel; y aunque no lo consiguió, algo queda. La historia habría sido sin duda muy distinta si hubiese funcionado; no sólo en Rusia, sino en el mundo entero. Aunque, claro, nadie puede saber de qué manera. La Yebreiskaya quedará para siempre en el limbo de las cosas que pudieron ser y no fueron, o de las cosas que no podían ser y fueron, o una mezcla de todo ello. En todo caso, sin duda alguna, uno de los lugares más singulares del mundo. Lástima que esté tan lejos, aunque no es difícil llegar desde Moscú, estando como está en la línea del Transiberiano. Si alguna vez pasas por allí, no dejes de bajar. Y ver.


Ver también

Página web oficial de la Región Autónoma Hebrea, Rusia

Documental curioso sobre la Yebreiskaya: L’Chayim, Camarada Stalin (2002)

Fuente: La pizarra de Yuri

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