Comportamiento de masas

Mario Guillamó
Psicólogo [1]

El proceso sistemático por el cual no existen desposeídos sino esclavos de una constante competición en contra de sus intereses

La crisis económica en la que nos vemos sumergidos ha traído una serie de lemas al imaginario colectivo y entre ellos me gustaría centrarme en el que reza así “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Claramente, desde la izquierda se ha combatido esta idea que nace de las élites económicas y políticas para responsabilizar de la crisis a la clase trabajadora, lo cual no es cierto y no es necesario volver a ese debate. Pero creo que, eximir de toda responsabilidad a la sociedad de los acontecimientos socioeconómicos que nos afectan también es una ingenuidad propia de la izquierda.

La sociedad se establece según un sistema de estratificación social que la divide en clases sociales, estratos y genera una jerarquía, a veces invisible a los ojos del alienado. Por supuesto, este sistema jerárquico es construido en beneficio de las élites, pero necesita mantenerse en el tiempo y, para ello, diseña un discurso cultural hegemónico que genera a los sustentadores del sistema, la clase trabajadora y las masas, cierto bienestar material y psicológico. Esto ocurre porque las masas engullen dicho discurso hegemónico y aceptan de buen gusto la competición por el prestigio, el estatus, la ilusión movilidad ascendente en la jerarquía social y un sistema que se autodenomina meritocrático. En otras palabras, podríamos decir que caen en un círculo vicioso y beneficioso para las élites en el cual, a las masas, sólo les queda asumir el rol de consumidores y superar el conflicto psicológico que les plantea una situación que les ofrece, por encima de sus posibilidades, mejorar su calidad de vida respecto a sus padres o las generaciones anteriores.

Dicha superación es económicamente inviable para la clase trabajadora, aunque generalizar sea peligroso en estos asuntos. Estamos hablando de la ilusión de la clase media surgida en España a partir de los años 90-2000 y que ofrece como herencia a las generaciones actuales y futuras una contradicción insuperable: el tren de vida que exige el sistema capitalista a la clase trabajadora, en base a cuestiones de prestigio social y bienestar, es una trampa suculenta que genera enormes desequilibrios económicos en sus vidas.

Y es que la jerarquía social parece difuminarse ilusoriamente y las diferencias entre el modelo de vida que llevan las distintas clases sociales se solapan en una competición con altura de miras sin precedentes, en una lucha por superar y alcanzar el estrellato de la necesidad de poseer y proyectar al exterior una imagen simbólica totalmente alejada de la humildad y la pobreza. El sistema capitalista ha diseñado una jerarquía donde el pobre no quiere considerarse como tal y mucho menos aparentar serlo, además de hacer de la pobreza una situación de comodidad ficticia basada en el consumismo para los frustrados y respaldado por las rentas de las generaciones anteriores y el endeudamiento bancario.

Si volvemos la vista unas décadas atrás, observaríamos como los pobres y la clase trabajadora asumía hábitos y costumbres sociales a la altura de su clase social, con el prestigio propio de sus condiciones económicas y con unas condiciones materiales limitadas. Es decir, veríamos con claridad una jerarquía social férrea pero sincera, donde la miseria atiende a una lógica socioeconómica y la distancia entre grupos sociales canta a la vista por su modelo de vida. En el fondo, ese panorama genera con facilidad un sentir endogrupal o conciencia de clase y el modelo productivo fordista crea las condiciones para la conflictividad social, lo cual es perjudicial para las élites. Sin embargo, en la actualidad, observamos la transformación del modelo productivo y la mesocratización de la sociedad, desmantelando los restos de conciencia de clase que quedaban, ya que las condiciones materiales han cambiado, han mejorado gracias al sistema. Este proceso esconde el plano ideológico en el que se sitúa la clase trabajadora, que se postula como prosistema y entienden que se benefician de la estructura social y las relaciones socioeconómicas que se establecen en ella.

De esa forma, las élites económicas y políticas se benefician del sistema social que han construido con las transformaciones del sistema productivo y al potenciar características sociales como el mérito, el prestigio y el bienestar entendidas como un derecho que se compra. Por eso, en mi opinión, la clase trabajadora también es responsable de la crisis económica, que no es más que otra estrategia de la élite capitalista para encarecer ese tren de vida y depreciar el trabajo asalariado para generar más beneficios. Dicho de otra forma, después de lo analizado anteriormente, podríamos usar el símil de la droga y entender a las masas como yonkies con los que el sistema juega material y psicológicamente al encarecerles sus vicios y sus ilusiones, a la par que le reduce el salario por horas de su vida trabajadas.

¿Y qué les queda a los desahuciados de este sistema? Una de las hipótesis que puedo vaticinar es el apego y el abuso al mal llamado Estado del Bienestar. Como agarrándose a un clavo ardiendo, a medida que les ponen en bandeja la crítica a dicho sistema que les mantiene, hacen que se desmantele en beneficio de los capitalistas. Es decir, actúan en contra de sus intereses. Y esto ocurre porque en ese proceso socioeconómico que estamos describiendo, las masas se individualizan, no son capaces de desarrollar conciencia de clase ni mucho menos entender la capacidad de las élites de construir un sistema, ya que ellos mismos no son capaces de hacerlo con sus propias vidas, se sienten profundamente inútiles, pero entienden que, al menos, no son los últimos monos en la estructura social. Y ahí concluimos su profunda frustración interna, su constante expresión simbólica de ostentación material, su conservadurismo político, su egolatría basada en entender los derechos como naturales y no como conquistas, su infantilismo consumista y su individualización.

Notas

[1] Mario Guillamó es andaluz. Cursó estudios en Psicología en la UNED y actualmente estudia Ciencias Políticas y de la Administración en la Universidad Pablo de Olavide. Es autor de Estudios sobre el Embrutecimiento de las Relaciones Sociales y Políticas (2016). Realiza análisis políticos con sesgos ideológicos.

Fuente: Diario Octubre

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