Pol Pot como propaganda anticomunista

Todos sabemos que a lo largo de la historia del comunismo y de la lucha obrera se han cometido graves errores, muchos sin duda fruto de la inexperiencia, otros por la brutal presión a la que somos sometidos por las bestias pardas del capital. Pero no pocos de esos “errores” no son otra cosa que infamias de la burguesía creadas en sus laboratorios de estupidización masiva.

Un tema recurrente en la propaganda anticomunista consiste en repetir, como si de un mantra se tratase, que Pol Pot forma parte de nuestra historia, sumando así en nuestro haber asesinatos y atrocidades que en ningún caso nos corresponden, y que incluso muchos izquierdistas han terminado por asumir como propios convencidos por las tretas mediáticas de la burguesía.

No, Pol Pot no forma parte de nuestra historia. De ninguna manera obligar a la gente a regresar al campo, a compartir la misma olla y la misma cuchara, forma parte de nuestros objetivos políticos ni de nuestra teoría revolucionaria. Cualquiera que haya leído por alto a Marx, o a cualquiera de nuestros clásicos marxistas, se da cuenta en seguida que Pol Pot sería considerado por los mismos como un reaccionario y un anticomunista. Esa especie de “regreso antropológico por decreto” que pretendía Pol Pot es lo más antimarxista que puede haber, y desde luego estaba muy lejos de lo que se pretendía construir, y se construyó, en el campo socialista.

Pero leamos atentamente cómo explica Luciano Canfora la historia del infame régimen de Pol Pot en su libro Exportar la libertad:

“No resulta temerario afirmar que Pol Pot fue mucho peor que Saddam. Saddam fue un gandul, un narcisista y un feroz persecutor de sus adversarios; Pol pot, un asesino y el autor de un genocidio atroz, que se contará entre los más memorables de la historia conocida hasta hora. Con todo, lo que se tiende a ocultar, pese a las numerosas páginas escritas y películas filmadas en torno a la locura homicida de los jemeres rojos, es el respaldo que les brindaron hasta el último momento, a ellos y a su líder, las diversas administraciones estadounidenses. Es conveniente repasar este episodio desde sus orígenes para comprender su desenlace.

En Camboya el hombre de Estados Unidos era Lon Nol, el único opositor influyente al príncipe Sihanuk. Pese a la habilidad de este último, siempre dispuesto a nadar y guardar la ropa entre Estados Unidos, Vietnam y China, Lon Nol formó sistemáticamente parte de todos los gobiernos ideados por el excéntrico príncipe. La crisis se hizo inevitable cuando quedó claro que la ayuda de Vietnam del Norte llegaba a la guerrilla Vietcong en Vietnam del Sur a través de Laos y Camboya oriental, donde la soberanía del gobierno de Sihanuk era precaria. En agosto de 1969, Lon Nol se hizo con el poder gracias a un golpe de Estado; en mayo de 1970, para apoyar a su pelele, que mientras tanto había “depuesto” a Sihanuk, las tropas de Estados Unidos invadieron Camboya, directamente y sin necesidad de escudarse detrás de mercenarios, con el propósito de extirpar por la fuerza el movimiento pro comunista de los jemeres rojos y de cortar el llamado “camino Ho Chi Minh”. El equilibrio militar se trastocó con la fuga de los estadounidenses de Saigón en abril de 1975, pero ya en enero la ofensiva jemer, apoyada por Vietnam del Norte, había sellado el destino de Lon Nol, quien huyó el 1 de abril, casi al mismo tiempo en que se arriaba la bandera de Estados Unidos en Saigón.

La situación cambió radical y rápidamente con la instauración del régimen jemer rojo de Pol Pot. De la distinción de los ciudadanos entre “pueblo viejo” y “pueblo nuevo” a la despoblación sistemática de las ciudades; de la eliminación de la propiedad, incluida la de los instrumentos primarios para preparar la comida, a la eliminación física de casi un tercio de toda la población: éstos fueron los logros alucinantes del régimen de Pol Pot. Vietnam del Norte, alarmado ante una locura tan galopante, respaldada sin reservas por China, se ocupó de gestar un Frente Unido Nacional para la Salvación de Kampuchea (1978) y al inicio del año siguiente invadió el país, logrando conquistar rápidamente Phnom Penh. Fue la liberación de una pesadilla.

En ese momento Estados Unidos obligó a las Naciones Unidas a seguir reservando el asiento de Camboya al representante del derrotado Pol Pot y, sobre todo, se movilizó para aprovisionar a Pol Pot en armas, lo que le permitió dirigir una activa guerrillla contra el nuevo gobierno, dedicado a tratar de salvar cuanto quedaba de Camboya. Los gobiernos de las potencias occidentales agacharon servilmente la cabeza. Nadie reconoció el nuevo gobierno, salvo los países del “bloque socialista”. El argumento esgrimido fue sublime: ¡no habría debido violarse la soberanía de un país, ni siquiera con fines humanitarios!

La información que justificó la ayuda económica y militar brindada por Estados Unidos a la guerrilla de Pol Pot figura en un ensayo de John Pilger, The Long Secret Alliance: Uncle Sam and Pol Pot, publicado en Cover Action Quarterly (Washington), nº 62, otoño de 1997. En primavera de 1979, poco después de la liberación de Phnom penh gracias a la intervención de Vietnam del Norte, el consejero de seguridad del ilustrado y filántropo presidente Carter, Zbiginiew Brzezinski, afirmó: “He alentado a los tailandeses que ayudaron a los jemeres rojos. Pol Pot ha sido una infamoa: jamás podremos prestarle ayuda directamente. Pero China sí puede hacerlo”. Vietnam, aliado de la URSS, era el enemigo, por lo que Pol Pot se convertía ipso facto en aliado. Gracias al apoyo de Estados Unidos, los jemeres rojos conservaron el asiento correspondiente a Camboya en la ONU hasta 1993, aunque su gobierno hubiera dejado de existir en 1979. Su representante ilegítimo se llamaba Thiounn Prasith y era uno de los colaboradores más cercanos de Pol Pot. El 10 de enero de 1989, el Washington Post se abría con un artículo de fondo firmado por Peter Goodman, donde se pedía la entrada de los jemeres rojos en una coalición que dirigiera ad ínterim Camboya hasta la celebración de nuevas elecciones”.

Curioso, un genocida como Pol Pot cuyo régimen fue finiquitado por los comunistas vietnamitas con el visto bueno del campo socialista, y que además fue apoyado, armado y protegido por los yanquis mientras que las potencias occidentales cerraban el pico, nos lo quieren vender como uno de los nuestros, no se cansan de escribir artículos y de hacer documentales contándonos las barbaridades del “comunista” Pol Pot.

Así se escribe la historia y así nos la cuentan esta pandilla de hijos de puta. Desde luego no tienen la más mínima capacidad moral para echar en cara genocidio alguno, ni por lo que ellos mismos han hecho ni por lo que hoy siguen haciendo. Su especialidad es la difusión de mentiras, la creación de opinión, los embustes que van configurando las ideas de los ciudadanos.

A pesar de la propaganda los hechos son tozudos: ni Pol Pot era marxista, ni estaba en la órbita política del socialismo, ni era un régimen enemigo de los “buenos occidentales”. Antes bien, Pol Pot era un reaccionario aliado de Occidente que cometió un genocidio amparado por los mismos que hoy nos quieren lanzar sus propios asesinatos a la cara.

Fuente: El Camino de Hierro

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