Hágase la luz: La electricidad y los cambios culturales

César Hazaki
Psicoanalista y escritor. Editor de Topía Revista

El planeta insomne. Una subjetividad que no duerme

Desde la oscuridad

El Génesis ubica a la luz, en la creación del mundo, en tercer lugar, después del cielo y la tierra, con el objetivo de separar la noche del día. A la humanidad le costó siglos llegar a apretar un botón y que “la luz se haga”. Fue un proceso que comenzó con el dominio del fuego, la lámpara de aceite, etc. hasta llegar a la luz eléctrica. Una vez dominada la electricidad fue tan potente como energía que, desde sus comienzos, volvió a implantar los sueños de los antiguos alquimistas que trataban de convertir lo inanimado en animado.1 Un ejemplo claro es el libro Frankenstein o el Prometeo moderno que trata de una resurrección producida por la unión de la medicina y la electricidad.

Retrocedamos al año 1816 que tuvo todos los condimentos en el hemisferio norte para que la creación artística se conectara con el fin de los tiempos. Fue un año sin sol, como hoy ocurre con las ciudades sometidas al smog, y todo el hemisferio norte quedó en una semi penumbra; el sol no se veía y el frío ocupó las cuatro estaciones del año. En los anales históricos ha quedado descripto como “el año sin verano” o “el mil ochocientos y helados a muerte”. Tanto en Estados Unidos como en Europa los mares estaban invadidos por enormes témpanos que viajaban a la deriva, los ríos tampoco se descongelaban y casi no había luz natural, lo que dio como resultado una catástrofe climática de características bíblicas: vientos arrasadores, reiterados e inesperados granizos, sequías, cielos cerrados y plomizos que no dejaban pasar la luz solar, nevadas fuera de estación y muertos por doquier como consecuencia del intenso frío y del hambre. El caos había llegado para quedarse y mucha gente estaba convencida de que tanto desorden natural no había otra manera de pensarlo como la premonición de que el día del Juicio Final se acercaba. El pánico reinaba en un mundo que oscilaba entre la catástrofe natural y un futuro iluminado por la razón que traía la Revolución Francesa.

Catástrofe climática y creación artística

El desbarajuste climático se produjo porque confluyeron tres factores. Por un lado, la erupción del volcán Tambora en Indonesia en el año 1815 y que según las crónicas, fue la explosión volcánica más grande que escuchó hasta ahora la humanidad. La misma esparció por todo el hemisferio norte cenizas y azufre que impedían el ingreso de la luz solar. Por el otro, un reacomodamiento del Sol en el sistema solar que se produce cada 180 años y, por último, una baja en la intensidad magnética del Sol, que calentó menos la Tierra durante cinco años.

En síntesis, el mundo se volvió inhóspito y terrorífico. El repliegue social implicaba que la gente no se animara a andar mucho más allá de sus casas, que el hambre lanzara a innumerables personas hacia el bandidaje. Todo era desolador y siniestro, además, no había lugar hacia el cual huir, dado que no había región que se salvara de la catástrofe. Bajo este panorama estaba todo preparado para que se escribiera una historia de terror que hiciera época.

Es en el castillo suizo del poeta inglés Lord Byron, donde transcurren los hechos que comentaremos. El poeta estaba encerrado con sus invitados: Percy Bysshe Shelley, su mujer Mary Wollstonescraft; el médico personal de Lord Byron, John Polidori y otros allegados, como consecuencia del persistente mal tiempo. En esas reuniones nocturnas se leían cuentos de fantasmas y es Lord Byron el que propuso que cada uno escribiera una historia de terror. No hay dudas de que el anfitrión buscó que se jugara literariamente con esta realidad que tanto perturbaba. En la introducción escrita para Frankenstein, Mary W. Shelley -la autora- cuenta: “Pero el verano se reveló húmedo y hostil y la lluvia incesante nos confinó a la casa durante varios días. Habían caído en nuestras manos algunos volúmenes de historias de fantasmas (…) Cada uno escribirá una historia de fantasmas, dijo Lord Byron (…) Yo me empeñé en pensar una que fuera capaz de competir con las que nos habían impulsado a la tarea. Una que hablara a los misteriosos miedos de nuestra naturaleza y despertara un horror escalofriante (pensé que) lo que me aterroriza a mí, causará terror en otros”. Así nació Frankenstein o el Prometeo moderno, la propuesta lúdica, según sus palabras, de exorcizar el mal.

La historia cuenta las complicaciones que el investigador Victor Frankenstein debió atravesar y pagar por intentar superar la muerte creando una criatura con los retazos de otras personas fallecidas, conseguidos en morgues y cementerios. Todo eso cocido en forma desprolija y construida en un tamaño gigante, es llamado por su creador “la criatura”. Experimento que se resuelve exitosamente al lograr V. Frankenstein insuflar vida al monstruo, con la manipulación de la electricidad. La obra se convirtió en una novela gótica paradigmática que demuestra cómo el dominio de la electricidad modifica totalmente al hombre y lo lleva a concebir formas variadas de eternidad.

En la versión fílmica será un rayo atrapado por un pararrayo y conducido hacia la mesa donde se halla la criatura, el que le dará vida a partir de esa tremenda descarga. En el libro, V. Frankenstein reconoce que para insuflar vida es imprescindible la electricidad, pero nunca rebela el procedimiento. Explica que su reserva tiene un objetivo, quiere evitar que quien escucha su confesión caiga en el mismo pecado de soberbia -tratar de crear vida sobrepasando los límites del hombre- que lo tortura y por el que pagó tan alto precio. Por eso calla sobre el método, teme que si otro humano conoce el proceso, replique sus propios errores. En definitiva, M. Shelley nos da la visión gótica de los devenires que modificaron y cambiarán al hombre radicalmente por vía de la electricidad.

Hoy vivimos en el seno de ese “hágase la luz” y dentro del mismo subyace el proyecto de iluminar todo el planeta las 24 horas, hacer en definitiva que desaparezca la noche. Esta reformulación del Génesis por la sociedad del espectáculo nos pone en vilo con respecto al borramiento de la necesidad de dormir y son impactantes sus consecuencias. 2

Desvelados.com

La corriente cultural mundial hegemónica promueve que el tiempo dedicado a dormir se acorte cada vez más. Nos encontramos con un nuevo tipo de situación colectiva que trae aparejados múltiples cambios: la vigilia se extiende sin parar y los humanos estamos más horas despiertos. Va imponiendo, casi en sordina, que el dormir sea considerado innecesario. El cambio que se viene produciendo es tan enorme que obliga a preguntarse por sus consecuencias. Ya todos los indicadores dicen que los seres humanos hacen enormes esfuerzos para integrarse a las largas vigilias que la cultura impone, que esa antigua y aceptada fórmula de “ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho para dormir” ha quedado como una leyenda perdida. En esta adaptación a la ciudad iluminada y actuando como un adicto ante la multiplicidad de pantallas, el hombre se desvela.

Pese al cansancio que puede sentir, sigue mirando pantallas hasta altas horas de la noche, sigue aferrado a su smartphone encendido que ahora ocupa el lugar central de su mesa de luz, sigue enviando o recibiendo WhatsApps, en definitiva, no cierra los ojos. Muy especialmente cuando participa de los Cyber Monday que le proponen comprar por la web durante 24 o 48 horas seguidas. Cambia horas de sueño por tentadoras ofertas que no quiere perder. En la misma dirección aparecen las compras nocturnas desde su celular en los hipermercados. Todos anzuelos para incentivar el no dormir y que tienen como principal carnada consumir rápido y más barato. En consecuencia, el desvelado de turno ganado por el consumismo no duerme y cree que hace un buen negocio.

El comienzo de la “deuda de sueño” está en el inicio mismo de la implantación de la lámpara eléctrica: “El martes 21 de octubre de 1879 finalmente cantamos victoria. Tras largos doscientos mil años de lucha, el ser humano domó la noche (…) en un laboratorio en la ciudad de Menlo Park, Estados Unidos, la luz aplacó a la oscuridad. Durante 48 horas ininterrumpidas, una lamparita eléctrica incandescente se burló de la naturaleza: resplandeció con furia e hizo que la noche pareciera día.” 3

Desde Thomas Edison a hoy, el hombre disminuyó en tres horas la cantidad de horas que duerme. El nombre que este proceso tiene nos recuerda a los denominados países dependientes, cuyas deudas con los centros financieros son imposibles de pagar. En el caso de la deuda de sueño los consumidores, rompiendo sistemáticamente su organización biológica previa, parecen correr desesperadamente para alcanzar el ideal de no dormir. Lo notable es que lo hacen con gusto, con poca reflexión crítica sobre este gran cambio que incluye a niños y adultos.

No hay dudas que existen muchos intereses económicos que pugnan por constituir seres insomnes para que el consumismo se expanda durante la noche. Se promueve un hombre cada vez más despierto, que llegado el momento logre por entrenamiento, por vía medicamentosa o alguna otra metodología, reducir al mínimo la necesidad de dormir.

Esto se inició cuando la electricidad comenzó a iluminar masivamente casas y calles e hizo funcionar máquinas de todo tipo, para una gran cantidad de procesos productivos y fue empujando a que los seres humanos reformularan su vida.4 La electricidad no solo fue un cambio tecnológico, sino que se constituyó en la base de cambios culturales de alto impacto y como consecuencia, impuso nuevas condiciones para la vida en sociedad.5 Hoy estamos viendo cómo se van constituyendo los cyborg-Prometeos. Es decir, ni más ni menos que seres híbridos que muestran cómo ha caducado la versión que teníamos hasta hace muy poco tiempo de lo que creíamos que era un ser humano. Un proyecto global que produce una gran fascinación en los usuarios por las diversas formas de comunicarse por internet, cyborgs adaptados a la cultura consumista y aferrados a la placenta mediática por medio de pequeñas máquinas de comunicar, convertidas en fetiches imprescindibles.6

La cultura hegemónica promueve apresuradamente esta hibridación hombre-máquina, esperando que permanezca desvelado y consumiendo. Sabemos que al aumentar la tendencia a estar despiertos no hay manera de que el dormir -esto es, cuántas horas se duerme y cuánto es el tiempo que los humanos deben redistribuir a favor de la vigilia en el siglo XXI- no esté en discusión. Partimos de la certeza que a mayor constitución cyborg del hombre, menor cantidad de horas se duerme y que se busca que solo el consumismo predomine. He aquí el gran ideal capitalista.

La máquina que produce glóbulos

Dos deportistas argentinos de elite, Manu Ginóbili, basquetbolista que juega en la NBA y el futbolista Walter Samuel, que juega en el fútbol europeo, se hallan ya en el último período de su trayectoria en la alta competencia y ambos declaran que para hacer los esfuerzos necesarios para jugar y entrenar en éste último tramo de sus carreras, deben dormir más dado que necesitan mayor tiempo de recuperación luego de cada partido. Queda claro que le dan al dormir un valor sustantivo para su tarea deportiva. Sus comentarios son valiosos y seguramente reflejan lo que hasta no hace mucho necesitaron los deportistas de alto nivel, sin recurrir a sustancia alguna: esperar que el cuerpo se reponga durmiendo, una especie de jet lag7 que saben necesario y deben respetar. Pero no es lo que se viene de aquí en adelante en la alta competencia. Ginóbili y Samuel parecen los últimos mohicanos.

Los deportes son parte importante de los grandes negocios del entretenimiento continuo que se propone la sociedad del espectáculo. En ellos se aúnan las grandes marcas de ropa deportiva, de bebidas, de automóviles, bancos, etc., que invierten millones de dólares para ser sponsors de los eventos deportivos; en consonancia pagan cifras exorbitantes a los deportistas para que sean la cara de una empresa, bebida, banco o de todos al mismo tiempo. En consecuencia, los deportistas son stars principales de los megaeventos deportivos televisados. Para llegar a los más altos niveles, la preparación se hace cada vez más exigente y los competidores deben exigir su cuerpo para llegar más y más lejos en sus marcas y rendimientos. Los deportistas de alta competencia han devenido en cyborg-deportistas y van por más rendimiento y en una dirección que parece ser sorprendente; le dan al dormir otras finalidades y no esperan los procesos naturales de recuperación. Se imponen entrenar hasta durmiendo.

Así los cyborg-deportistas, empujados por la amenaza de perder competitividad, buscan en la medicina, en el dopaje y en las máquinas, mejores resultados. La situación que analizaremos es aquello en lo que se transforma8 la noche, dentro de una cámara de hipoxia.

El deportista-cyborg usa la cámara de hipoxia para desarrollar en forma urgente una mayor oxigenación para sus músculos. Para eso duerme dentro de ella buscando una producción acelerada de glóbulos rojos. El dormir bajo estas condiciones ya no es más el descanso, se ha convertido en parte activa de su preparación. Esto es una novedosa relación entre el entrenamiento deportivo y el dormir, muy de acuerdo con la hibridación voluntaria entre el hombre y la máquina, a partir del descubrimiento de que se pueden generar rápidamente glóbulos rojos, inyectando este aire denominado hipóxico que simula las condiciones de oxigenación entre los 2.500 y los 3.600 metros de altura, para modificar por vía tecnológica las barreras biológicas y los límites del cuerpo. El dormir entrenando abre nuevos sentidos simbólicos y da una indiscutible muestra de cómo la eficacia de esta hibridación hombre-máquina, cyborg, cobra un vuelo cada vez más alto.

Retengamos este detalle: para alguien que es habitante del llano, dormir dentro de la cámara hipóxica es estar sometido a la permanente sensación de falta de oxígeno, es decir, durante varios días dormir es estar bajo la permanente sensación de ahogo, una especie de disnea instrumental a favor del aumento rápido de glóbulos rojos. Al rigor del entrenamiento que exige día a día la alta competencia, se agrega al momento de dormir soportar esta sistemática sensación de fatiga. Pese a ese innegable sufrimiento, en los Juegos Olímpicos del año 2012, un súper atleta, Mohamed Farah, que estaba entre los grandes candidatos para triunfar en la competencia de los cinco mil y diez mil metros llanos, anunció que dormiría durante toda la competencia dentro de la denominada cámara de hipoxia, buscando aumentar su rendimiento. Mo Farah no es la excepción, este dispositivo de entrenamiento -una carpa cerrada herméticamente- ha sido especialmente adoptado por ciclistas, alpinistas, esquiadores y atletas y ha traído muchos cuestionamientos sobre si la cámara es o no una forma de dopaje.

Lejos de esos debates, Mo Farah en comunión con esta máquina (proceso cyborg) mejoró su ya excepcional capacidad atlética para así rendir más en las carreras pedestres de medio fondo y fondo, tomado a tiempo completo, día y noche, por su profesión. Recordemos que llegaba a la Olimpíada como el mejor atleta europeo de 2011 y campeón europeo de atletismo de 2012. Finalmente su entrenamiento diurno y nocturno dio sus frutos: concluyó exitosamente su participación, logrando la medalla de oro de los cinco mil y diez mil metros en la olimpiada de Londres. Su carrera no se detuvo allí, sigue avanzando y en el año 2015 ganó el campeonato mundial de 5000 metros en China.

La deuda de sueño

Hay una estrecha relación dentro del proceso tecnológico que se desarrolló con la producción y distribución de electricidad: a mayor iluminación, menor cantidad de horas duerme el hombre, algo imposible de contradecir y detener. En la invención de la luz eléctrica subyacía el proyecto, consciente o inconscientemente, de lograr hacer desaparecer miedos atávicos que Tabucchi describe muy bien: “Qué presente puede hacerse la noche. Hecha solo de sí misma, es absoluta, todo espacio le pertenece, se impone con su sola presencia, con la misma presencia del fantasma que sabes está ahí frente a ti, aunque esté por todas partes, incluso a tus espaladas, y si te refugias en un pequeño espacio de luz de él quedas prisionero, porque a tu alrededor, como un mar que rodea tu pequeño faro, se halla la intransitable presencia de la noche.”9

Es contra estos temores que aparecen los desarrollos tecnológicos que sobre la base de la electricidad invitan a hiperiluminar el planeta, a quitar por vía tecnológica la noche y muy especialmente la relación noche-dormir.

La hiperiluminación que aspira a quitar la oscuridad del planeta trae dentro de sí un enorme ramillete de preguntas que de ninguna manera resuelven ese modo del espanto que suele presentarse en la oscuridad. No tenemos dudas de que eso que llamamos los diversos usos del tiempo por los hombres, una vez más es puesto patas para arriba; ya no existe más el trabajar solo ocho horas, como tampoco existe el dormir otras ocho. El proceso tecnológico que permite el consumo desde el lecho conyugal, el acceso ilimitado a las múltiples redes sociales y la enorme proliferación de contactos son el ariete de la visión hegemónica del mundo.

En definitiva, estamos en unas coordenadas temporoespaciales en las que los seres humanos se ven impulsados a convertirse en cyborgs para lograr adaptarse, integrarse y para lo cual deben seguir una especie de orden: “Donde hubo dormir, insomnio debe aparecer”, para estar a tono con las nuevas condiciones culturales dominantes.

El insomnio hasta no hace mucho tiempo fue asociado a la tortura del tiempo oscuro y nocturno que no pasa,10 al miedo a la muerte y sus apariciones fantasmales, a la guerra (velar las armas), a la enfermedad mental, a todas las amenazas imaginables. Hoy estamos ante un cambio enorme. Este proceso de dormir menos, es un nuevo paradigma por el que se interesan vivamente las grandes empresas. Especialmente las telefónicas y de internet, éstas han captado claramente que el cyborg desvelado aumenta sus horas de consumidor serial y en consecuencia, hay allí un filón enorme de negocios por promover: desde los fármacos que buscan alargar la vigilia hasta una gran masa de productores de videos, selfies, etc. que enriquecen las arcas de esas multinacionales de la comunicación. La iluminación de las sombras por la electricidad hace que el día sea cada vez más largo y que se espere del cyborg, más temprano que tarde, que se le borren las sombras que lo invitan a dormir. Que transforme el pequeño faro de luz que describía Tabucchi en un sol artificial de pantallas e hiperconexiones. Por la cultura hegemónica es impulsado el híbrido humano-máquina a cambiar dormir por consumir, almohada por pantalla.

Una estadística realizada para Microsoft11 va dando cada vez más señales de cómo se imponen estos cambios: cuatro de cada diez adolescentes en Argentina están conectados las veinticuatro horas, de esta manera se alarga el día por mirar pantallas, lo que bloquea la posibilidad de que el sueño llegue. Así en la noche el entretenimiento o el consumo ganan la partida. Desvelarse es necesario para construir este jinete insomne, que hace denodados esfuerzos para bloquear la llegada del sueño. De las tantas modificaciones que esto trae, hay quienes señalan que de esta manera se favorece exclusivamente la memoria de corto plazo, es decir, se puede llegar a producir la ilusión de un mundo que actualiza permanentemente el puro presente. Un mundo donde la compulsión repetitiva ilusione con que a cada paso todo es novedad y donde sea imposible relacionar el modelo cultural hegemónico y su incidencia en la vida de cada uno de los cyborg bien adaptados al “deme dos”, conseguido muy barato a altas horas de la madrugada, pagado con algunas horas menos de descanso.

Notas

1. Algo de eso quedó en la medicina, por ejemplo, en las técnicas de reanimación, el desfibrilador.

2. Crary, Jonathan: 24/7 El capitalismo tardío y el fin del sueño, Buenos Aires, Paidós, 2015.

3. Kukso, Federico: “La deuda de la almohada”, Revista Ñ, 20/12/2012.

4. Mumford, Lewis: Técnica y civilización, Madrid, Alianza, 2006.

5. Lenin comprendió perfectamente este fenómeno al declarar que el comunismo era electricidad más soviet.

6. Hazaki, César: “Cyborgs. Los nuevos procesos subjetivos y sociales de adaptación”, Revista Topía N° 69, Noviembre 2013. También en www.topia.com.ar.

7. Jet lag: Se describe así el proceso por el cual luego de un largo viaje en avión, al viajero se le descompensa el denominado reloj interno que le indica las horas de sueño y de vigilia, dicho poéticamente debe esperar a “que el alma llegue”.

8. Agradecemos algunas observaciones sobre este punto a la Dra. Débora Winograd y a Fabio Sapetti.

9. Tabucchi, Antonio: El tiempo envejece de prisa, Barcelona, Anagrama, 2010.

10. Pontalis, J.(1997): Este tiempo que no pasa, Buenos Aires, Topía, 2005.

11. Perazo Cintia: “Cuatro de cada diez adolescentes están conectados a Internet las 24 horas”, diario La Nación, Argentina, edición en papel del 26-04-2015.

Fuente: Topía

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