Mentiras sobre la historia de la Unión Soviética

Mario Sousa
Historiador y escritor

Todos hemos oído la historia de los millones de personas que, según se dice, fueron encarceladas y murieron en los campos de trabajo de la Unión Soviética y a consecuencia del hambre durante la época de Stalin.

En este mundo en que vivimos, ¿quién puede evitar oír las terribles historias de las supuestas muertes y asesinatos ocurridos en los campos de trabajo del Gulag en la Unión Soviética? ¿Quién puede evitar oír las historias de los millones de personas que —supuestamente— murieron de hambre, y los millones de opositores políticos ejecutados en la Unión Soviética durante la época de Stalin? En el mundo capitalista, estas historias son repetidas una y otra vez en los libros, los periódicos, la radio, la televisión y las películas, y las míticas cifras de millones de víctimas del socialismo han ido incrementándose a pasos agigantados en los últimos 50 años.

Pero ¿de dónde proceden en realidad estas historias y cifras? ¿Quien está detrás de ellas?

Y otra pregunta: ¿qué hay de cierto en dichas historias? ¿Y qué información se contiene en los archivos de la Unión Soviética, antes secretos, pero desclasificados para la investigación historiográfica por Gorbachev en 1989? Los autores de los mitos siempre decían que todos sus cuentos sobre los millones de muertos en la Unión Soviética de Stalin se confirmarían el día en que los archivos salieran a la luz. ¿Es esto lo que ha pasado? ¿Han confirmado los archivos esas historias?

El siguiente artículo muestra el origen de tales historias sobre millones de muertos a causa del hambre y del internamiento en campos de trabajo en la Unión Soviética de Stalin, y quién se halla detrás de tales historias.

El presente autor, tras estudiar los informes de la investigación realizada en base a los archivos de la Unión Soviética, es capaz de proporcionar información en forma de datos concretos sobre el número auténtico de presos, los años que pasaron en prisión, y el verdadero número de los que murieron y de los que fueron condenados a muerte en la Unión Soviética de Stalin. La verdad es bastante diferente del mito.

El presente autor, Mario Sousa, es miembro del Partido Comunista de Suecia, el KPML (r). El artículo fue publicado en el periódico del Partido Comunista Proletario en abril de 1998.

Hay una conexión histórica directa que arranca de Hitler y continúa con Hearst, Conquest y Solzhenitsyn. En 1933 ocurrieron una serie de cambios políticos en Alemania que iban a dejar su impronta sobre la historia mundial durante las siguientes décadas. El 30 de enero Hitler se convirtió en Primer Ministro, y una nueva forma de gobierno, basada en la violencia y en la falta de respeto hacia las leyes, comenzó a cobrar forma. Para consolidar su asalto al poder, los nazis convocaron nuevas elecciones el 5 de marzo, utilizando todos los medios de propaganda con los que contaban para asegurarse la victoria. Una semana antes de las elecciones, el 27 de febrero, los nazis incendiaron el parlamento y acusaron a los comunistas de ser los responsables. En las elecciones los nazis consiguieron 17,3 millones de votos y 288 diputados, aproximadamente el 48 % del electorado (en noviembre habían conseguido 11,7 millones de votos y 196 diputados). Una vez que el Partido Comunista fue prohibido, los nazis empezaron a perseguir a los socialdemócratas y al movimiento sindical, y los primeros campos de concentración comenzaron a llenarse con hombres y mujeres de izquierdas. Mientras tanto, el poder de Hitler en el parlamento siguió creciendo con la ayuda de las fuerzas de la derecha. El 24 de marzo, Hitler hizo que el parlamento aprobara una ley que le confería el poder absoluto para gobernar el país durante 4 años sin consultar a la cámara. A partir de entonces comenzó la persecución abierta de los judíos, que comenzaron a ser internados en los campos de concentración donde ya estaban internados los comunistas y socialdemócratas de izquierdas. Hitler siguió adelante con su intento de acaparar el poder absoluto, rechazando los acuerdos internacionales de 1918 que habían impuesto restricciones a la fabricación de armas y a la militarización de Alemania. El rearme de Alemania ocurrió a gran velocidad. Ésta era la situación en el escenario político internacional, cuando los mitos sobre los muertos de la Unión Soviética comenzaron a aparecer.

Ucrania como territorio alemán

Codo a codo con Hitler en el mando alemán estaba Goebbels, Ministro de Propaganda, el hombre responsable de inculcar el sueño nazi al pueblo alemán. Se trataba del sueño de un pueblo racialmente puro que viviría en la Gran Alemania, un país con un amplio lebensraum, un amplio “espacio vital”. Una parte de este lebensraum, un territorio al este de Alemania que era, en realidad, mucho más grande que la misma Alemania, aún debía ser conquistado e incorporado a la nación alemana. En 1925, en su obra Mein Kampf, Hitler ya había señalado que Ucrania era una parte esencial del “espacio vital alemán”. Ucrania y otras regiones de la Europa Oriental debían pertenecer a la nación alemana para poder ser utilizadas de manera “apropiada”. Según la propaganda nazi, la espada nazi liberaría este gran territorio para dejar espacio libre a la raza alemana. Con la tecnología y la iniciativa alemanas, Ucrania sería transformada en una región que produciría cereales para Alemania. Pero primero los alemanes tenían que liberar a Ucrania de su población de “seres inferiores” que, de acuerdo con la propaganda nazi, serían puestos a trabajar como mano de obra esclava en las casas, las fábricas y los campos alemanes, en todos los lugares donde fueran necesarios para la economía alemana.

La conquista de Ucrania y de otras zonas de la Unión Soviética haría necesaria la guerra contra la Unión Soviética, y esta guerra hubo de ser preparada con mucha antelación. Con este objetivo el Ministerio de Propaganda Nazi, encabezado por Goebbels, inició una campaña de mentiras sobre un supuesto genocidio cometido por los bolcheviques en Ucrania, un período terrible de hambre catastrófica que habría sido deliberadamente provocada por Stalin para obligar al campesinado a aceptar la política socialista. El objetivo de la campaña nazi era preparar a la opinión pública mundial para la “liberación” de Ucrania por las tropas alemanas. A pesar de los enormes esfuerzos y de que algunos textos de propaganda alemanes se publicaron en la prensa inglesa, la campaña nazi sobre el supuesto “genocidio” de Ucrania no tuvo mucho éxito a nivel mundial. Estaba claro que Hitler y Goebbels necesitaban ayuda para extender sus rumores difamatorios sobre la Unión Soviética. Y esa ayuda la encontraron en los EEUU.

William Hearst, amigo de Hitler

William Randolph Hearst es el nombre de un multimillonario que ayudó a los nazis en su guerra psicológica contra la Unión Soviética. Hearst era un famoso magnate de la prensa estadounidense, conocido por ser el “padre” de la llamada “prensa amarilla”, esto es, la prensa sensacionalista. William Hearst comenzó su carrera como redactor en 1885, cuando su padre, George Hearst, un millonario de la industria minera, senador y también magnate de la prensa, le puso al frente del San Francisco Daily Examiner.

Éste fue también el inicio del imperio mediático de Hearst, un imperio que influyó enormemente en las vidas y en el pensamiento de los norteamericanos. Tras la muerte de su padre, William Hearst vendió todas las acciones de la industria minera que había heredado y comenzó a invertir su capital en el mundo periodístico. Su primera  compra fue el New York Morning Journal, un periódico tradicional que Hearst transformó por completo en una bazofia sensacionalista. Compraba sus historias a cualquier precio y, cuando no había ninguna atrocidad o crimen sobre los que hacer un reportaje, pedía a sus periodistas y fotógrafos que “amañaran” algún caso. Es esto lo que de hecho caracteriza a la prensa amarilla: mentiras y atrocidades “amañadas”, servidas como si fueran ciertas.

Estas mentiras de Hearst le hicieron millonario y le convirtieron en un personaje muy importante dentro del mundo periodístico. En 1935 era uno de los hombres más ricos del mundo, con una fortuna estimada en 200 millones de dólares americanos. Tras la adquisición del Morning Journal, Hearst siguió comprando y creando diarios y semanarios por todos los rincones de los EEUU. En los años 1940, William Hearst poseía 25 diarios, 24 periódicos semanales, 12 emisoras de radio, 2 agencias de prensa internacionales, un negocio de publicidad cinematográfica, la empresa de cine Cosmopolitan, y muchos negocios más. En 1948 compró una de las primeras estaciones de televisión de los EEUU, la BWAL —la TV de Baltimore—. Los periódicos de Hearst vendían 13 millones de copias al día y tenían cerca de 40 millones de lectores. Casi un tercio de la población adulta de los EEUU leía los periódicos de Hearst cada día. Además, muchos millones de personas en todo el mundo recibían la información de la prensa de Hearst a través de sus agencias de prensa, sus películas y una serie de periódicos que eran traducidos y publicados en cantidades ingentes en todo el mundo. Las anteriores cifras demuestran cómo el imperio de Hearst fue capaz de influir en la política americana e incluso en la política mundial durante muchos años –sobre cuestiones que incluían la oposición a que los EEUU entraran en la Segunda Guerra Mundial en el bando de la Unión Soviética, y el apoyo a la caza de brujas anticomunista del senador McCarthy en los años 1950.

La postura de William Hearst era ultraconservadora, nacionalista y anticomunista. Su política era la de la extrema derecha. En 1934 viajó a Alemania, donde fue recibido por Hitler como invitado y amigo. Tras este viaje, los periódicos de Hearst se volvieron aún más reaccionarios, siempre con artículos en contra del socialismo, contra la Unión Soviética y sobre todo contra Stalin. Hearst también intentó utilizar sus periódicos para servir abiertamente a los objetivos de la propaganda nazi, publicando una serie de artículos escritos por Goering, el brazo derecho de Hitler. Las protestas de numerosos lectores, sin embargo, le obligaron a dejar de publicar tales artículos y a retirarlos de la circulación.

Tras su visita a Hitler, los periódicos sensacionalistas de Hearst estuvieron llenos de “revelaciones” sobre los terribles acontecimientos de la Unión Soviética –asesinatos, genocidio, esclavitud, lujo para los jefes y hambre para el pueblo, éstas eran las grandes noticias que se publicaban casi a diario. El material le era proporcionado a Hearst por la Gestapo, la policía política de la Alemania nazi. En las primeras páginas de sus periódicos aparecían a menudo caricaturas y fotos falsificadas de la Unión Soviética, con Stalin retratado como un asesino sosteniendo un puñal en la mano. ¡No debemos olvidar que estos artículos eran leídos cada día por 40 millones de personas en los EEUU y por varios millones más en todo el mundo!

El mito de la hambruna de Ucrania

Una de las primeras campañas de la prensa de Hearst contra la Unión Soviética propagó la cifra de varios millones de muertos que supuestamente habían fallecido a consecuencia del hambre en Ucrania. Esta campaña comenzó el 18 de febrero de 1935 con un titular de primera página en el Chicago American: “6 millones de personas muertas a causa del hambre en la Unión Soviética”. Usando el material suministrado por la Alemania nazi, William Hearst, magnate de la prensa y simpatizante nazi, comenzó a publicar historias inventadas sobre un genocidio que, supuestamente, había sido deliberadamente cometido por los bolcheviques y había causado varios millones de muertos a consecuencia del hambre en Ucrania. La verdad del asunto era totalmente diferente. De hecho, lo que ocurrió en la Unión Soviética al principio de los años 1930 fue una gran lucha de clases en la que los campesinos pobres y sin tierra se levantaron contra los terratenientes ricos, los kulaks, y comenzaron una lucha por la colectivización, una lucha para crear los koljoses.

Esta gran lucha de clases, que implicó directa o indirectamente a unos 120 millones de campesinos, ciertamente dio lugar a una inestabilidad en la producción agrícola y a una escasez de alimentos en algunas regiones. La carencia de alimentos debilitó de hecho a la gente, lo que a su vez llevó a un incremento del número de víctimas de enfermedades epidémicas. Estas enfermedades eran, en aquel tiempo, algo lamentablemente común en todo el mundo. Entre 1918 y 1920, una epidemia de gripe española causó la muerte de 20 millones de personas en EEUU y en Europa, pero nadie acusó a los gobiernos de estos países de asesinar a sus propios ciudadanos. Lo cierto es que no había nada que el gobierno soviético —ni ningún otro gobierno— pudiera hacer ante epidemias de este tipo. Fue sólo el desarrollo de la penicilina durante la Segunda Guerra Mundial lo que hizo posible la contención de tales epidemias. La penicilina no se hizo generalmente disponible hasta finales de los años 1940.

Los artículos de la prensa de Hearst que hablaban de millones de muertos a causa del hambre en Ucrania —una hambruna supuestamente provocada de modo deliberado por los comunistas— entraban en detalles gráficos espeluznantes. La prensa de Hearst utilizó todos los medios posibles para hacer que sus mentiras parecieran verdaderas, y consiguió que la opinión pública de los países capitalistas se volviera bruscamente en contra de la Unión Soviética. Éste fue el origen del primer gigantesco mito fabricado, según el cual millones de personas morían de hambre en la Unión Soviética. ¡En la oleada de protestas desatadas por la prensa occidental contra el hambre supuestamente provocada por los comunistas, nadie estuvo interesado en escuchar los desmentidos oficiales de la Unión Soviética ni la completa revelación de las mentiras de la prensa de Hearst, una situación que prevalecería desde 1934 hasta 1987! Durante más de 50 años, varias generaciones de personas en el mundo entero se han criado con esta dieta de difamaciones, cuyo objetivo era fomentar una visión muy negativa del socialismo en la Unión Soviética.

El imperio mediático de Hearst en 1998

William Hearst murió en 1951 en su casa de Beverley Hills, California. Hearst dejó tras de sí un imperio mediático que al día de hoy sigue extendiendo su mensaje reaccionario por todo el mundo. La Corporación Hearst es una de las empresas más grandes del mundo, que incluye a más de 100 empresas y da empleo a 15.000 personas. El imperio de Hearst comprende actualmente periódicos, revistas, libros, cadenas de radio, TV, televisión por cable, agencias de noticias y multimedia.

52 años para que la verdad saliera a la luz

La campaña de desinformación nazi sobre Ucrania no desapareció con la derrota de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. La mentira nazi fue asumida por la CIA y el MI5, y siempre tuvo garantizado un lugar primordial en la guerra de propaganda contra la Unión Soviética. La caza de brujas anticomunista de McCarthy tras la Segunda Guerra Mundial también prosperó en base a los cuentos sobre los millones de muertos a causa del hambre en Ucrania. En 1953 se publicó en los EEUU un libro sobre este tema. El libro se tituló Black Deeds of the Kremlin [Los Hechos Negros del Kremlin]. Su publicación fue financiada por exiliados ucranianos en los EEUU, individuos que habían colaborado con los nazis en la Segunda Guerra Mundial y a los que el gobierno americano concedió asilo político, presentándolos al mundo como “demócratas”.

Cuando Reagan fue elegido presidente de los EEUU y comenzó su cruzada anticomunista de los años 1980, la propaganda sobre los millones de muertos de Ucrania volvió a reactivarse. En 1984 un profesor de Harvard publicó un libro llamado Human Life in Russia [La Vida Humana en Rusia], que repitió toda la información falsa fabricada por la prensa de Hearst en 1934. En 1984, por lo tanto, nos encontramos con que se recuperaron a bombo y platillo las mentiras nazis y las falsificaciones que databan de los años 1930, pero esta vez bajo el manto “respetable” de una universidad americana. Pero éste no fue el final de la historia. En 1986 todavía apareció otro libro sobre el tema, titulado The Harvest of Sorrow [La Cosecha del Dolor], escrito por un antiguo miembro del servicio secreto británico, Robert Conquest, a la sazón profesor en la Universidad Stanford de California. Para su “trabajo” en la redacción del libro, Conquest recibió 80.000 dólares de la Asociación Nacional de Ucrania (UNA). Esta misma organización también financió una película realizada en 1986 titulada Harvest of Despair [La Cosecha de la Desesperación], en la que, entre otras cosas, se utilizó  el material del libro de Conquest. ¡En este momento, en los EEUU, el cómputo del número de personas muertas a causa del hambre en Ucrania se había elevado a 15 millones!

Sin embargo, la cifra de millones que habían muerto de hambre en Ucrania según la prensa americana de Hearst, repetida en libros y películas, era completamente falsa. El periodista canadiense Douglas Tottle expuso meticulosamente las falsificaciones en su libro Fraud, famine and fascism – the Ukrainian genocide myth from Hitler to Harvard [Fraude, hambre y fascismo: El mito del genocidio ucraniano de Hitler a Harvard], publicado en Toronto en 1987. Entre otras cosas, Tottle demostró que el material fotográfico utilizado, las horrorosas fotografías de niños hambrientos, había sido extraído de publicaciones de 1922, en una época en la que millones de personas murieron de hambre a causa de las terribles condiciones de la guerra, puesto que ocho ejércitos extranjeros habían invadido la Unión Soviética durante la Guerra Civil de 1918-1921. Douglas Tottle da cuenta de los hechos que rodearon al informe sobre la hambruna de 1934, y expone las diversas mentiras publicadas en la prensa de Hearst.

Un periodista que había enviado durante mucho tiempo informes y fotografías de las supuestas zonas de la hambruna era Thomas Walker, que en realidad nunca puso el pie en Ucrania y sólo había estado cinco días en Moscú. Este hecho fue revelado por el periodista Louis Fisher, corresponsal en Moscú de The Nation, periódico americano. Fisher también reveló que el periodista M. Parrott, el auténtico corresponsal de Hearst en Moscú, había enviado a Hearst reportajes que nunca fueron publicados sobre la excelente cosecha conseguida por la Unión Soviética en 1933 y sobre los progresos de Ucrania. ¡Tottle también demuestra que el periodista que escribió los informes sobre la presunta hambruna ucraniana, “Thomas Walker”, se llamaba en realidad Robert Green y era un presidiario que se había escapado de una prisión estatal de Colorado! Este tal Walker, o Green, fue detenido cuando regresó a los EEUU, y cuando compareció ante el tribunal admitió que nunca había puesto el pie en Ucrania. ¡Toda la mentira acerca de los millones de muertos a causa del hambre en Ucrania en los años 1930, en una hambruna supuestamente provocada por Stalin, sólo pudo ser desenmascarada en 1987! El nazi Hearst, el agente de policía Conquest y varios más habían estafado a millones de personas con sus mentiras y falsos informes. Todavía hoy las historias del nazi Hearst son repetidas en una infinidad de libros recién publicados, escritos por autores a sueldo de la derecha.

La prensa de Hearst, con una posición monopolista en muchos Estados de los EEUU, y con agencias de noticias en todo el mundo, fue el gran megáfono de la Gestapo. En un mundo dominado por el capital monopolista, fue posible para la prensa de Hearst transformar las mentiras de la Gestapo en “verdades” emitidas desde docenas de periódicos, emisoras de radio y más tarde canales de TV en el mundo entero. Cuando la Gestapo desapareció, esta guerra sucia de propaganda contra el socialismo en la Unión Soviética continuó de forma invariable, aunque con la CIA como nuevo patrón.

Las campañas anticomunistas de la prensa americana no disminuyeron ni un ápice. El negocio continuó como siempre, primero bajo control de la Gestapo y luego bajo control de la CIA. (Nota: la CIA, como ha salido a la luz, tenía como informadores principales a ex-agentes de las SS a las órdenes de Reinhard Gehlen; ver Stalin and Yezhov, an Extra-Paradigmatic View [Stalin y Yezhov, una Perspectiva Extraparadigmática], de Philip E. Panaggio).

Robert Conquest en el corazón de los mitos

Este hombre, tan extensamente citado por la prensa burguesa, este oráculo de la verdad de la burguesía, merece alguna atención específica por nuestra parte. Robert Conquest es uno de los dos autores que más ha escrito sobre los millones de muertos de la Unión Soviética. Verdaderamente, él es el creador de todos los mitos y mentiras acerca de la Unión Soviética que se han propagado desde la Segunda Guerra Mundial. Conquest es conocido principalmente por sus libros The Great Terror [El Gran Terror] (1969) y Harvest of Sorrow [La Cosecha del Dolor] (1986). Conquest habla de millones de muertos a causa del hambre en Ucrania, en los campamentos de trabajo del Gulag y durante los Procesos de 1936-38, utilizando como fuentes de información a exiliados ucranianos que vivían en los EEUU y pertenecían a partidos derechistas, gente que había colaborado con los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Muchos de los héroes de Conquest eran conocidos por haber sido los criminales de guerra que dirigieron y participaron en el genocidio de la población judía de Ucrania en 1942. Uno de estos individuos era Lebed Mykola, condenado como criminal de guerra tras la Segunda Guerra Mundial. Lebed había sido el jefe de seguridad de Lvov durante la ocupación nazi y había acaudillado las terribles persecuciones de los judíos que ocurrieron en 1942. En 1949 la CIA llevó a Lebed a los Estados Unidos, donde trabajó como fuente de desinformación.

El estilo de los libros de Conquest es de un anticomunismo virulento y fanático. En su libro de 1969, Conquest nos dice que el número de los que murieron de hambre en la Unión Soviética entre 1932-1933 fue de entre 5 y 6 millones de personas, la mitad de ellas en Ucrania. ¡Pero en 1983, durante la cruzada anticomunista de Reagan, Conquest había ampliado la hambruna de 1937 y había aumentado el número de víctimas a 14 millones! Tales afirmaciones resultaron muy bien recompensadas: ¡en 1986 fue contratado por Reagan para escribir el material de su campaña presidencial, dirigida a la preparación del pueblo americano frente a una invasión soviética! El texto en cuestión se tituló What to do when the Russians come – a survivaists” handbook [Qué hacer cuando lleguen los rusos. Manual de supervivencia]. ¡Extrañas palabras en boca de un profesor de historia!

El hecho es que no hay nada de extraño en todo esto, viniendo de un hombre que se ha pasado la vida entera viviendo a costa de la mentira y de los inventos sobre la Unión Soviética y Stalin –primero como agente del servicio secreto y luego como escritor y profesor en la Universidad Stanford de California. El pasado de Conquest fue revelado por The Guardian el 27 de enero de 1978, en un artículo que lo identificó como un antiguo agente del departamento de desinformación del Servicio Secreto Británico, esto es, el Departamento de Investigación de Información (IRD). El IRD era una sección creada en 1947 (al principio se llamó Oficina de Información Comunista) cuya tarea principal consistía en combatir la influencia comunista en todo el mundo, propagando historias entre políticos, periodistas y otras personas que estuvieran en posición de influir en la opinión pública. Las actividades del IRD eran muy amplias, tanto en Gran Bretaña como en el extranjero. Cuando el IRD tuvo  que ser disuelto formalmente en 1977, al revelarse sus conexiones con la extrema derecha, se descubrió que sólo en Gran Bretaña más de 100 de los periodistas más conocidos tenían contactos con el IRD, que regularmente les suministraba material para sus artículos. Esto era algo rutinario en varios de los principales periódicos británicos, como Financial Times, The Times, The Economist, Daily Mail, Daily Mirror, The Express, The Guardian y otros. Los hechos revelados por The Guardian, por lo tanto, nos dan una indicación sobre la forma en que los servicios secretos eran capaces de manipular las noticias que llegaban al gran público.

Robert Conquest trabajó para el IRD desde su creación hasta 1956. El “trabajo” de Conquest tenía por fin contribuir a la llamada “leyenda negra” de las historias falsificadas sobre la Unión Soviética, expuestas como hechos probados y distribuidas entre los periodistas y otras personas capaces de influir en la opinión pública. Después de abandonar formalmente el IRD, Conquest siguió escribiendo libros por sugerencia del IRD, con el apoyo del servicio secreto. Su libro The Great Terror [El Gran Terror], un texto básico de la derecha sobre la lucha por el poder que tuvo lugar en la Unión Soviética en 1937, era de hecho una recopilación de textos que había escrito trabajando para los servicios secretos. El libro fue terminado y publicado con la ayuda del IRD. Un tercio de la publicación fue comprado por la prensa de Praeger, normalmente asociada con la publicación de literatura proveniente de fuentes de la CIA. El libro de Conquest fue presentado a los “tontos útiles” —una serie de profesores de universidad y de personas que trabajaban en la prensa, la radio y la TV—, con el fin de asegurarse de que las mentiras de la extrema derecha siguieran extendiéndose entre amplios sectores de la población. Al día de hoy, Conquest sigue siendo para los historiadores de la derecha una de las fuentes más importantes de información sobre la Unión Soviética.

Alexander Solzhenitsyn

Otra persona a la que siempre se asocia con libros y artículos sobre los millones de personas que supuestamente perdieron sus vidas o su libertad en la Unión Soviética, es el autor ruso Alexander Solzhenitsyn. Solzhenitsyn se hizo famoso en todas partes del mundo capitalista, a finales de los años 1960, gracias a su libro Archipiélago Gulag. Él mismo había sido condenado en 1946 a 8 años de internamiento en un campo de trabajo, por desempeñar actividades contrarrevolucionarias consistentes en la distribución de propaganda antisoviética. Según Solzhenitsyn, la lucha contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial pudo haberse evitado si el gobierno soviético hubiera llegado a un compromiso con Hitler. Solzhenitsyn también acusaba al gobierno soviético y a Stalin de ser aún peores que Hitler desde el punto de vista, según él, de los terribles efectos de la guerra en el pueblo de la Unión Soviética. Solzhenitsyn no ocultó sus simpatías nazis. Fue condenado por traición.

Solzhenitsyn comenzó a publicar sus libros en 1962 en la Unión Soviética, con el consentimiento y la ayuda de Nikita Jruschev. El primer libro que publicó fue Un Día en la Vida de Ivan Denisovich, sobre la vida de un preso. Jruschev utilizaba los textos de Solzhenitsyn para combatir la herencia socialista de Stalin. En 1970 Solzhenitsyn ganó el Premio Nobel de literatura por su libro Archipiélago Gulag. Sus libros comenzaron a publicarse en cantidades ingentes en los países capitalistas, convirtiéndose su autor en uno de los instrumentos más valiosos del imperialismo para combatir al socialismo en la Unión Soviética. Sus textos sobre los campos de trabajo se añadieron a la propaganda sobre los millones de personas que supuestamente habían muerto en la Unión Soviética, y fueron presentados por los medios de comunicación capitalistas como auténticos. En 1974, Solzhenitsyn renunció a su ciudadanía soviética y se exilió en Suiza y luego en EEUU. En aquel  tiempo era considerado por la prensa capitalista como el mayor luchador por la libertad y la democracia. Sus simpatías nazis fueron ocultadas para no interferir con la guerra de propaganda contra el socialismo.

En los EEUU, con frecuencia Solzhenitsyn era invitado a hablar en reuniones importantes. ¡Fue, por ejemplo, el principal conferenciante en el congreso del sindicato FAL-COI en 1975, y el 15 de julio de 1975 fue invitado a dar una conferencia sobre la situación mundial en el Senado de los EEUU! Sus conferencias buscaban la provocación y la agitación violenta, dando argumentos y haciendo propaganda en favor de las posiciones más reaccionarias. Entre otras cosas, pidió que Vietnam fuera atacado nuevamente tras su victoria sobre los EEUU. Más aún: ¡después de 40 años de fascismo en Portugal, cuando los oficiales izquierdistas del ejército asumieron el poder en la revolución popular de 1974, Solzhenitsyn comenzó a hacer propaganda en favor de la intervención militar estadounidense en Portugal que, según él, se uniría al Pacto de Varsovia si EEUU no intervenía! En sus conferencias, Solzhenitsyn siempre lamentaba la liberación de las colonias africanas de Portugal.

¡Pero está claro que la motivación principal de los discursos de Solzhenitsyn era siempre la guerra sucia contra el socialismo –desde la ejecución presunta de varios millones de personas en la Unión Soviética hasta las decenas de miles de americanos supuestamente encarcelados y esclavizados, según Solzhenitsyn, en Vietnam del Norte! Esta idea de Solzhenitsyn de los americanos que eran utilizados como fuerza de trabajo esclava en Vietnam del Norte dio lugar a las películas de Rambo sobre la guerra del Vietnam. Los periodistas americanos que osaban escribir en favor de la paz entre EEUU y la Unión Soviética eran acusados por Solzhenitsyn en sus discursos de traidores potenciales. Solzhenitsyn también hizo propaganda en favor del aumento de la capacidad militar estadounidense contra la Unión Soviética, que según él era más poderosa en “tanques y aviones, de cinco a siete veces más, que los EEUU”, así como en armas atómicas : aseguró que las armas de corto alcance de la URSS eran “dos, tres o hasta cinco veces más potentes que las de EEUU”. Las conferencias de Solzhenitsyn sobre la Unión Soviética representaban la voz de la extrema derecha. Pero él mismo llegó más allá incluso que la derecha en su apoyo público al fascismo.

Apoyo al fascismo de Franco

Después de la muerte de Franco en 1975, el régimen fascista español comenzó a perder el control de la situación política y, a principios de 1976, los acontecimientos de España atrajeron la atención de la opinión pública mundial. Había huelgas y manifestaciones para exigir la democracia y la libertad, y el heredero de Franco, el rey Juan Carlos, se vio obligado a introducir con mucha cautela algunas medidas liberalizadoras para calmar la agitación social.

En este momento crucial de la historia política española, Alexander Solzhenitsyn apareció en Madrid y concedió una entrevista al programa Directísimo un sábado por la noche, el 20 de marzo, en horario de máxima audiencia (ver los periódicos españoles ABC y Ya del 21 de marzo de 1976). Solzhenitsyn, a quien habían enseñado las preguntas antes de la entrevista, aprovechó la ocasión para hacer toda clase de declaraciones reaccionarias. Su intención no era apoyar las supuestas medidas de liberalización del Rey. Al contrario, Solzhenitsyn se mostró contrario a la reforma democrática. En su entrevista en televisión, declaró que 110 millones de rusos habían muerto a consecuencia del socialismo, y comparó “la esclavitud a la que el pueblo soviético ha estado sometido con la libertad que se disfruta en España”. Solzhenitsyn también acusó a los “círculos progresistas” de “utópicos”, por pensar que España era una dictadura. Por “progresista” entendía a cualquiera que estuviera en la oposición democrática –es decir, liberales, socialdemócratas, comunistas, etc. “El otoño pasado”, dijo Solzhenitsyn, “la opinión pública mundial estaba preocupada por la suerte de los terroristas españoles [esto es, los antifascistas españoles condenados a muerte por el régimen de Franco]. Continuamente la opinión pública progresista exige la reforma política democrática apoyando los actos de terrorismo”. “Los que buscan la rápida reforma democrática, ¿comprenden qué pasará mañana o al día siguiente? En España puede haber democracia mañana, pero después de mañana ¿serán capaces de evitar que la democracia se convierta en totalitarismo?”. A una pregunta cautelosa de los periodistas sobre si tales declaraciones no podían interpretarse como un apoyo a los regímenes de países donde no existía ninguna libertad, Solzhenitsyn contestó: “Sólo conozco un lugar donde no existe ninguna libertad, y ése es Rusia”. Las declaraciones de Solzhenitsyn en la televisión española apoyaban directamente al fascismo español, una ideología que Solzhenitsyn ha continuado defendiendo hasta el día de hoy. Éste fue uno de los motivos por los que Solzhenitsyn desapareció de la vista del público en sus 18 años de exilio en EEUU, y una de las razones por las que comenzó a perder el apoyo incondicional de los gobiernos capitalistas. Para los capitalistas fue un regalo del cielo poder utilizar a un hombre como Solzhenitsyn en su guerra sucia contra el socialismo, pero todo tiene sus límites. En la nueva Rusia capitalista, lo que determina el apoyo de Occidente a los grupos políticos es simple y llanamente la capacidad de hacer buenos negocios con suculentas ganancias a la sombra de tales grupos. El fascismo, como régimen político alternativo para Rusia, no se considera bueno para los negocios. Por esta razón, los proyectos políticos de Solzhenitsyn para Rusia son letra muerta por lo que respecta al apoyo de Occidente. ¡Lo que Solzhenitsyn quiere como futuro político para Rusia es la vuelta al régimen autoritario de los Zares, de la mano de la Iglesia Ortodoxa Rusa tradicional! Incluso los imperialistas más arrogantes no están interesados en apoyar una estupidez política de semejante magnitud. Para encontrar a alguien que apoye a Solzhenitsyn en Occidente hay que buscar entre la gente más extrema de la extrema derecha.

Los nazis, la policía y los fascistas

Así pues, éstos son los más dignos proveedores de los mitos burgueses acerca de los millones de personas que, supuestamente, murieron y fueron encarceladas en la Unión Soviética: el nazi William Hearst, el agente secreto Robert Conquest y el fascista Alexander Solzhenitsyn. Conquest desempeñó el papel principal, ya que fue su información la que utilizaron los medios de comunicación capitalistas de todo el mundo, e incluso fue la base para la creación de escuelas enteras en diversas universidades. El trabajo de Conquest es, sin duda alguna, un ejemplo de desinformación policial de primer orden. En los años 1970, Conquest recibió una gran ayuda de Solzhenitsyn y de una serie de personajes secundarios como Andrei Sakharov y Roy Medvedev. Además, aparecieron aquí y allá por todo el mundo una serie de personas que se dedicaban a especular sobre el número de muertos y encarcelados en la URSS, y que siempre veían sus cuentas engrosadas por los emolumentos de la prensa burguesa. Pero la verdad del asunto fue expuesta finalmente, y reveló el verdadero rostro de estos falsificadores de la historia. Las  órdenes de Gorbachev de abrir los archivos secretos del partido a la investigación histórica tuvieron unas consecuencias que nadie podía haber previsto.

Los archivos demuestran la falsedad de la propaganda

La especulación sobre los millones de personas que murieron en la Unión Soviética es parte de la guerra sucia de propaganda contra la Unión Soviética, y por esta razón las refutaciones y explicaciones expuestas por la Stalin Society no fueron tomadas en serio y nunca encontraron ningún espacio en la prensa capitalista. Por el contrario, fueron totalmente ignoradas, mientras los “especialistas” comprados por el capital disponían de tanto espacio como querían para propagar sus ficciones. ¡Y qué ficciones! El cómputo de millones de muertos y encarcelados difundido por Conquest y otros “críticos” era el resultado de falsas aproximaciones estadísticas y de métodos de evaluación carentes de cualquier base científica.

Métodos fraudulentos dan lugar a millones de muertos

Conquest, Solzhenitsyn, Medvedev y otros utilizaron la estadística publicada por la Unión Soviética, por ejemplo los censos demográficos nacionales, a los que añadieron un supuesto aumento demográfico sin tener en cuenta la situación del país. De este modo llegaron a sus conclusiones sobre la población que debía haber en el país al final de cada año. La diferencia entre la cantidad de población estimada según este método y el censo real se suponía que eran las personas que habían sido encarceladas o asesinadas por el socialismo. El método es sencillo, pero también completamente fraudulento. Este tipo de “revelación” de acontecimientos políticos importantes nunca habría sido aceptado si la “revelación” en cuestión afectara al mundo occidental. En tal caso es seguro que los profesores e historiadores habrían protestado airadamente contra tales falsificaciones. Pero, ya que la Unión Soviética era el objeto de las falsificaciones, entonces éstas eran aceptables. Uno de los motivos es, seguramente, que los profesores e historiadores anteponen su ascenso académico a su integridad profesional.

En cifras concretas, ¿cuáles fueron las conclusiones finales de los “críticos”?Según Robert Conquest (en una estimación que hizo en 1961) 6 millones de personas murieron de hambre en la Unión Soviética en los primeros años 1930. Conquest amplió este número a 14 millones en 1986. En cuanto a los campos de trabajo del Gulag, estuvieron internados allí, según Conquest, 5 millones de presos en 1937, antes de comenzar las purgas del partido, el ejército y el aparato estatal. ¡Tras el inicio de las purgas, según Conquest, es decir, durante 1937-38, habría habido 7 millones de prisioneros adicionales, dando lugar a un total de 12 millones de presos en los campos de trabajo en 1939! ¡Y estos 12 millones de Conquest sólo habrían sido presos políticos! En los campos de trabajo también había delincuentes comunes, que, según Conquest, eran bastante más numerosos que los presos políticos. Esto significa, según Conquest, que 25-30 millones de presos estuvieron internados en los campos de trabajo de la Unión Soviética.

De nuevo según Conquest, 1 millón de presos políticos fueron ejecutados entre 1937 y 1939, y otros 2 millones murieron de hambre. Así pues, la cuenta final resultante de las purgas de 1937-39, según Conquest, fue de 9 millones de muertos, de los que 3 millones habrían muerto en prisión. Estas cifras fueron sometidas inmediatamente a un “ajuste estadístico” por Conquest, para permitirle llegar a la conclusión de que los bolcheviques mataron nada menos que a 12 millones de presos políticos entre 1930 y 1953. Añadiendo estas cifras al número de los que supuestamente habían muerto por hambre en los años 1930, Conquest llegó a la conclusión de que los bolcheviques causaron la muerte de 26 millones de personas. En una de sus últimas manipulaciones estadísticas, Conquest afirmó que en 1950 la Unión Soviética contaba con 12 millones de presos políticos.

Alexander Solzhenitsyn utilizó más o menos los mismos métodos estadísticos que Conquest. Pero utilizando estos métodos pseudocientíficos sobre la base de premisas diferentes, llegó a conclusiones aún más extremas. Solzhenitsyn aceptó la estimación de Conquest de 6 millones de muertos a causa de la hambruna de 1932-33. Sin embargo, en lo que respecta a las purgas de 1936-39, pensaba que al menos 1 millón de personas habría muerto cada año. Solzhenitsyn llegó a sostener que, desde la colectivización de la agricultura hasta la muerte de Stalin en 1953, los comunistas habrían matado a 66 millones de personas en la Unión Soviética. Por si fuera poco, afirmó que el gobierno soviético fue responsable de la muerte de 44 millones de rusos que, según él, murieron en la Segunda Guerra Mundial. La conclusión de Solzhenitsyn es que “110 millones de rusos fueron víctimas del socialismo”. Por lo que respecta a los presos, Solzhenitsyn dijo que el número de personas internadas en campos de trabajo en 1953 era de 25 millones.

Gorbachev abre los archivos

La colección de cifras fantásticas y cada vez más excesivas, producto de una invención sumamente bien remunerada, apareció en la prensa burguesa en los años 1960, siempre presentada como hechos auténticos averiguados mediante la utilización del método científico.

Detrás de estas falsificaciones se escondían los servicios secretos occidentales, principalmente la CIA y el MI5. El impacto de los medios de comunicación sobre la opinión pública es tan grande que, incluso hoy en día, grandes sectores de la población de los países occidentales siguen creyéndose esas cifras fabulosas.

Esta situación vergonzosa no ha hecho sino empeorar. En la misma Unión Soviética, donde Solzhenitsyn y otros conocidos “críticos” como Andrei Sakharov y Roy Medvedev no podían encontrar a nadie que apoyase sus numerosas fantasías, ocurrió un cambio significativo en 1990. En la nueva “prensa libre” creada a la sombra de Gorbachev, todo lo que se opusiera al socialismo era aclamado como positivo, con resultados desastrosos. Una inflación especulativa sin precedentes comenzó a disparar las cifras de los que supuestamente habían muerto o habían sido encarcelados bajo el socialismo, todos ellos mezclados en un único grupo de decenas de millones de “víctimas” de los comunistas.

El histerismo de la nueva prensa libre de Gorbachev dio una gran propaganda a las mentiras de Conquest y Solzhenitsyn. Al mismo tiempo Gorbachev abrió los archivos del Comité Central a la investigación histórica, una exigencia de la prensa libre. La apertura de los archivos del Comité Central del Partido Comunista es ciertamente la cuestión central de esta historia tan enrevesada, y ello por dos motivos: en parte, porque en los archivos pueden encontrarse los hechos capaces de arrojar luz sobre la verdad. Pero aún más importante es el hecho de que todos aquéllos que habían especulado desenfrenadamente sobre el número de personas asesinadas y encarceladas en la Unión Soviética habían estado diciendo durante años que, el día en que los archivos fueran abiertos, las cifras que ellos daban se confirmarían. Cada uno de estos especuladores sobre muertos y encarcelados afirmó que éste sería el caso: Conquest, Sakharov, Medvedev y todos los demás. Pero cuando los archivos se abrieron y los informes de la investigación basados en documentos reales comenzaron a publicarse, ocurrió una cosa muy extraña. De repente , tanto la  prensa libre de Gorbachev como los que especulaban sobre muertos y encarcelados perdieron completamente el interés por los archivos.

Los resultados de la investigación realizada sobre los archivos del Comité Central por los historiadores rusos Zemskov, Dougin y Xlevnjik, que comenzaron a aparecer en publicaciones científicas desde 1990, pasaron completamente desapercibidos. Los informes sobre los resultados de esta investigación histórica iban completamente en contra de la corriente inflacionista sobre el número de muertos y encarcelados que la “prensa libre” difundía. Por lo tanto, su contenido no se hizo público. Los informes aparecieron en publicaciones científicas prácticamente desconocidas para el público en general. Los informes con los resultados de la investigación científica apenas podían competir con el histerismo de la prensa, por lo que las mentiras de Conquest y Solzhenitsyn siguieron contando con el apoyo de muchos sectores de la población de la antigua Unión Soviética. En el Occidente, asimismo, los informes de los investigadores rusos sobre el sistema penal en la época de Stalin fueron totalmente ignorados por las primeras páginas de los periódicos y por todos los canales de TV.

¿Por qué? (Nota: ¿Por qué? ¿Quien tiene más que perder si los trabajadores, que son los que fabrican todo lo que utilizamos, se unen? Seguramente los trabajadores saldrían ganando. Pero ¿quién perdería? He ahí el quid de la cuestión).

Lo que la investigación rusa ha revelado

La investigación sobre el sistema penal soviético está expuesta en un informe de casi 9.000 páginas. Los autores de este informe son muchos, pero los más conocidos son los historiadores rusos V.N. Zemskov, A.N. Dougin y O.V. Xlevjnik. Su trabajo comenzó a publicarse en 1990, y en 1993 casi estaba finalizado y se había publicado en su práctica totalidad. Los informes llegaron a ser conocidos en Occidente gracias a la colaboración entre investigadores de diferentes países occidentales. Los dos trabajos con los que el presente autor está familiarizado son: el que apareció en el diario francés L’Histoire en septiembre de 1993, escrito por Nicholas Werth, investigador jefe del centro de investigación científica francés CNRS (‘Centre National de la Recherche Scientifique’), y el trabajo publicado en la revista estadounidense American Historical Review por J. Arch Getty, profesor de historia en la Universidad de California, Riverside, en colaboración con T. G. Rettersporn, investigador del CRNS, y el investigador ruso V. Zemskov, del Instituto Ruso de Historia (parte integrante de la Academia Rusa de Ciencias). Hoy ya han aparecido los libros sobre el tema, escritos por los investigadores mencionados y por otros del mismo equipo de investigación. Antes de continuar quiero aclarar, para que no haya ninguna confusión en el futuro, que ninguno de los científicos implicados en esta investigación defiende una perspectiva socialista internacional. Al contrario, su perspectiva es burguesa y anti-socialista. De hecho, muchos de ellos son bastante reaccionarios. Es necesario aclarar este punto, para que el lector no se imagine que lo  que se va a decir a continuación es el producto de una “conspiración comunista”. Lo que ocurre es que los investigadores mencionados han desenmascarado por completo las mentiras de Conquest, Solzhenitsyn, Medvedev y otros, y lo han hecho por la sencilla razón de que colocan su integridad profesional en primer lugar y no permiten ser comprados para servir a los objetivos de la propaganda política.

Los informes de la investigación rusa dan respuesta a un número muy grande de preguntas sobre el sistema penal soviético. Para nosotros, la época de Stalin es la de mayor interés, y es en ella donde encontramos motivos para el debate. Plantearemos un número de preguntas muy específicas y buscaremos las respuestas en las publicaciones L’Histoire y American Historical Review. Ésta será la mejor manera de introducir en el debate algunos de los aspectos más importantes del sistema penal soviético. Las preguntas son las siguientes:

  •  ¿En qué consistía el sistema penal soviético?
  • ¿Cuántos prisioneros había en él –tanto políticos como apolíticos?
  • ¿Cuánta gente murió en los campos de trabajo?
  • ¿Cuánta gente fue condenada a muerte en los años anteriores a 1953, sobre todo en las purgas de 1937-38?
  • ¿Qué duración, por regla general, tenían las penas de prisión?

Después de responder a estas cinco preguntas, hablaremos de los castigos impuestos a los dos grupos que se mencionan con más frecuencia en relación con los muertos y prisioneros en la Unión Soviética, a saber, los kulaks condenados en 1930 y los contrarrevolucionarios condenados en 1936-38.

Campos de trabajo en el sistema penal soviético

Comencemos por la pregunta sobre la naturaleza del sistema penal soviético. Después de 1930, el sistema penal soviético incluía prisiones, campos de trabajo, colonias de trabajo del Gulag, zonas especiales abiertas y la obligación de pagar multas. Quien fuera puesto bajo custodia generalmente era enviado a una prisión normal, mientras las investigaciones trataban de esclarecer si era inocente, y en consecuencia debía ser puesto en libertad, o si debía ser enjuiciado. Tras su juicio, un acusado podía ser declarado inocente (y puesto en libertad) o bien culpable. Si era declarado culpable podía ser condenado a pagar una multa, a una pena de encarcelamiento o, de manera más excepcional, a ser ejecutado. Una multa podía consistir en un porcentaje determinado de su salario durante un cierto período de tiempo. Los condenados a penas de prisión podían ser enviados a diferentes clases de prisiones según el tipo de delito cometido.

A los campos de trabajo del Gulag eran enviados los que habían cometido delitos graves (homicidio, robo, violación, delitos económicos, etc.) así como un porcentaje importante de los condenados por actividades contrarrevolucionarias. Otros acusados condenados a penas de prisión superiores a los 3 años también podían ser enviados a campos de trabajo. Tras pasar algún tiempo en un campo de trabajo, un preso podía ser trasladado a una colonia de trabajo o a una zona especial abierta.

Los campos de trabajo eran zonas muy grandes donde los prisioneros vivían y trabajaban bajo estrecha supervisión. Para ellos, trabajar y no ser una carga para la sociedad era obviamente necesario. Ninguna persona sana se quedaba sin trabajar. Es posible que la gente de hoy pueda pensar que esto era algo terrible, pero así funcionaba el sistema penal y judicial. El número de campos de trabajo existentes en 1940 era de 53.

Había 425 colonias de trabajo del Gulag. Éstas eran unidades mucho más pequeñas que los campos de trabajo, con un régimen más libre y con menos supervisión. A estas colonias eran enviados los prisioneros con penas de prisión más cortas –la gente que había cometido delitos comunes o políticos menos graves. Trabajaban en libertad en fábricas o en campos y formaban parte de la sociedad civil. En la mayoría de los casos, la totalidad del salario ganado con el trabajo pertenecía al preso, que en este aspecto era tratado exactamente igual que cualquier otro trabajador.

Las zonas especiales abiertas eran áreas generalmente agrícolas para los que habían sido exiliados, como los kulaks expropiados durante la colectivización. Otras personas que habían sido declaradas culpables de delitos comunes o políticos menores también podían cumplir sus penas en estas áreas.

454.000 no es 9 millones

La segunda pregunta es cuántos presos había por delitos políticos, y cuántos por delitos comunes. Esta pregunta incluye a todos los internados en campos de trabajo, colonias del Gulag y prisiones (aunque debemos recordar que en las colonias de trabajo había, en la mayoría de casos, una pérdida sólo parcial de la libertad). Los datos aparecieron en la American Historical Review, y abarcaban un período de 20 años, desde 1934, cuando el sistema penal se unificó bajo una administración central, hasta 1953, año de la muerte de Stalin.

Podemos extraer una serie de conclusiones a partir de la tabla anterior. Para empezar, podemos comparar sus datos con los de Robert Conquest. Éste sostenía que en 1939 había 9 millones de presos políticos en los campos de trabajo y que otros 3 millones habían muerto en el período 1937-1939. ¡No se olvide el lector de  que Conquest sólo habla aquí de presos políticos! ¡Aparte de éstos, dice Conquest, había también presos comunes que, según él, eran mucho más numerosos que los presos políticos! ¡En 1950, según Conquest, el número de presos políticos era de 12 millones! Armados con los datos auténticos, fácilmente podemos ver las  falsificaciones de Conquest. Ni una sola de sus cifras se aproxima siquiera remotamente a la verdad. En 1939 había en todos los campos, colonias y prisiones un total de cerca de 2 millones de presos. De éstos, habían cometido delitos políticos 454.000, y no 9 millones como afirma Conquest. Los que estuvieron en  campos de trabajo entre 1937 y 1939 suman aproximadamente 160.000, y no 3 millones como afirma Conquest. En 1950 estaban internados en campos de trabajo 578.000 presos políticos, y no 12 millones. No olvide el lector que Robert Conquest sigue siendo hoy en día una de las fuentes principales de la propaganda derechista contra el comunismo. Entre los pseudo-intelectuales de la derecha, Robert Conquest es una figura casi divina. En cuanto a las cifras citadas por Alexander Solzhenitsyn –60 millones presuntamente muertos en los campos de trabajo– cualquier comentario sobra. La absurdidad de tal afirmación es manifiesta. Sólo una mente enferma puede sostener tales alucinaciones.

Dejemos ahora a estos impostores para poder analizar concretamente la estadística relacionada con el Gulag. La primera pregunta que debemos formular es ésta: ¿qué opinión deberíamos hacernos de la cantidad total de personas bajo custodia del sistema penal? ¿Cuál es el significado de la cifra máxima de 2,5 millones de presos en la URSS? Cada persona condenada a prisión es la prueba viviente de que la sociedad aún está insuficientemente desarrollada para dar a cada ciudadano lo que necesita para llevar una vida plena. Desde este punto de vista, los 2,5 millones representarían verdaderamente una crítica de la sociedad soviética en tiempos de Stalin.

La amenaza interna y externa

El número de personas bajo custodia del sistema penal soviético necesita ser explicado correctamente. La Unión Soviética era un país que sólo recientemente había derrocado al feudalismo, y su herencia social en asuntos de derechos humanos era a menudo una carga para la sociedad. En un sistema anticuado como el del zarismo, los trabajadores estaban condenados a vivir en la pobreza más absoluta, y la vida humana tenía poco valor. El robo y los delitos violentos eran castigados con una violencia extrema. Las rebeliones contra la monarquía terminaban por lo general en matanzas, penas de muerte y condenas de cárcel sumamente largas. Estas relaciones sociales, y los hábitos mentales asociados a ellas, tardan mucho en cambiarse, hecho que influyó en el desarrollo de la sociedad de la Unión Soviética así como en las actitudes hacia los delincuentes.

Otro factor a tener en cuenta es que la Unión Soviética, un país que en los años 1930 tenía cerca de 160-170 millones de habitantes, se hallaba seriamente amenazada por potencias extranjeras. A consecuencia de los grandes cambios políticos ocurridos en Europa en los años 1930, la principal amenaza de guerra provenía de la Alemania nazi, —una grave amenaza para la supervivencia misma de los pueblos eslavos— y también del bloque occidental que abrigaba ambiciones intervencionistas. Esta situación fue resumida por Stalin en 1931 con las siguientes palabras: “Estamos 50-100 años por detrás de los países avanzados. Tenemos que cerrar esta brecha en 10 años. O lo hacemos o seremos barridos”. Diez años más tarde, el 22 de junio de 1941, la Unión Soviética era invadida por la Alemania nazi y sus aliados. La omnipresente amenaza de guerra obligó a la sociedad soviética a realizar grandes esfuerzos durante la década de 1930-1940, en la que la mayor parte de sus recursos se destinó a los preparativos de defensa para la inminente guerra contra los nazis. La gente trabajó mucho para lograr ese objetivo, y produjo poco para su beneficio personal. La introducción de la jornada laboral de 7 horas fue retirada en 1937, y en 1939 prácticamente cada domingo era un día laboral. En un período tan difícil como éste, con una gran guerra cerniéndose sobre el desarrollo de la sociedad durante dos décadas (los años 1930 y los años 1940), una guerra que costaría a la Unión Soviética 25 millones de muertos y que reduciría a cenizas la mitad del país, los delitos tendieron realmente a aumentar a medida que la gente trataba de procurarse lo que la vida no podía ofrecerles por otras vías.

Durante este tiempo extremadamente difícil, la Unión Soviética llegó a tener un número máximo de 2,5 millones de personas en su sistema de prisiones, esto es, el 2,4% de la población adulta. ¿Cómo podemos evaluar esta cifra? ¿Esto es mucho o es poco? Comparemos.

Más prisioneros en los EEUU

En los Estados Unidos de América, por ejemplo, un país con 252 millones de habitantes (en 1996), el país más rico del mundo, que consume el 60% de los recursos mundiales, ¿cuánta gente hay en prisión? ¿Cuál es la situación en los EEUU, un país que no se halla amenazado por ninguna guerra, y donde no hay ningún cambio social profundo que afecte a la estabilidad económica?

En una reseña bastante breve aparecida en los periódicos en agosto de 1997, la agencia de noticias FLT-AP divulgó que los EEUU nunca antes habían tenido tantas personas en prisión como los 5,5 millones de presos de 1996. Esto representa un aumento de 200.000 personas desde 1995, y significa que el número de presos en los EEUU llega al 2,8% de la población adulta. Estos datos están disponibles para todos los que deseen consultarlos en la página del Ministerio de Justicia norteamericano (Bureau of Justice Statistics Home Page, http://www.ojp.usdoj.gov/bjs/). ¡El número de presos existentes actualmente en los EEUU es superior en 3 millones al número máximo de encarcelados en la Unión Soviética! ¡En la Unión Soviética llegó a haber un máximo del 2,4 % de la población adulta en prisión por sus delitos —en EEUU el porcentaje actual es del 2,8 %, e incrementándose!—. Según un boletín de prensa publicado por el Ministerio de Justicia de los EEUU el 18 de enero de 1998, el número de presos en EEUU se elevó en un 96,100% en 1997.

En lo que respecta a los campos de trabajo soviéticos, es cierto que el régimen era áspero y duro para los presos, pero es peor la situación actual en las prisiones de EEUU, llenas de violencia, drogas, prostitución y abusos sexuales (290.000 violaciones al año en las prisiones estadounidenses). ¡Nadie se siente a salvo en las cárceles estadounidenses! ¡Y esto ocurre actualmente, y en una sociedad más rica que cualquiera que haya existido antes!

Un factor importante: la carencia de medicinas

Respondamos a la tercera pregunta planteada. ¿Cuánta gente murió en los campos de trabajo? El número variaba de un año a otro, del 5,2% en 1934 al 0,3% en 1953. Las muertes en los campos de trabajo eran causadas por la escasez general de recursos en la sociedad en su conjunto, en particular por la falta de medicinas necesarias para luchar contra las epidemias. Este problema no se limitaba a los campos de trabajo, sino que estaba presente en toda la sociedad, así como en la gran mayoría de los países del mundo. Una vez que los antibióticos fueron descubiertos y se pusieron a disposición de toda la población tras la Segunda Guerra Mundial, la situación cambió radicalmente. De hecho, los peores años fueron los años de guerra en los que los bárbaros nazis impusieron condiciones de vida extremadamente penosas a todos los ciudadanos soviéticos. Durante aquellos 4 años, más de medio millón de personas murieron en los campos de trabajo —la mitad del número total de personas muertas en el período de 20 años que estamos considerando—. No olvidemos que, durante los años de guerra, murieron 25 millones de personas que se encontraban en libertad. En 1950, cuando las condiciones en la Unión Soviética habían mejorado y se habían introducido los antibióticos, el número de fallecimientos en prisión descendió al 0,3%.

Volvamos ahora a la cuarta pregunta planteada. ¿Cuánta gente fue condenada a muerte antes de 1953, sobre todo durante las purgas de 1937-38? Ya hemos citado la aseveración de Robert Conquest de que los bolcheviques mataron a 12 millones de presos políticos en los campos de trabajo entre 1930 y 1953. De éstos, 1 millón, supuestamente, habrían sido asesinados entre 1937 y 1938. Las cifras de Solzhenitsyn ascendían a decenas de millones supuestamente muertos en los campos de trabajo —3 millones sólo en 1937-38—. Cifras incluso más altas se han barajado en el curso de la guerra sucia de propaganda contra la Unión Soviética. La rusa Olga Shatunovskaya, por ejemplo, da una cifra de 7 millones de muertos en las purgas de 1937-38.

Los documentos de los archivos soviéticos, sin embargo, cuentan una historia completamente diferente. Es necesario señalar que el número de los condenados a muerte ha de extraerse de diferentes archivos y que los investigadores, para llegar a una cifra aproximada, han tenido que reunir datos de diversos archivos, usando un método que tiene el riesgo de contar por partida doble y así producir estimaciones más altas de lo real. Según Dimitri Volkogonov, la persona designada por Yeltsin para encargarse de los viejos archivos soviéticos, 30.514 personas fueron condenadas a muerte por tribunales militares entre el 1 de octubre de 1936 y el 30 de septiembre de 1938. Otra información proviene del KGB: según la información facilitada a la prensa en febrero de 1990, 786.098 personas fueron condenadas a muerte por delitos contrarrevolucionarios durante los 23 años de 1930-1953. De aquellos condenados, según el KGB, 681.692 lo fueron entre 1937 y 1938. No es posible comprobar las cifras del KGB, pero esta última información es bastante dudosa. Sería muy raro que tantas personas hubieran sido condenadas a muerte en tan sólo dos años. ¿Es posible que el actual KGB pro-capitalista no nos haya dado la información auténtica del KGB prosocialista? Sea como fuere, queda por verificar si la estadística que es la base de la información del KGB incluye, entre los presuntamente condenados a muerte durante estos 23 años, a delincuentes comunes además de contrarrevolucionarios, y no únicamente a contrarrevolucionarios como ha afirmado el KGB pro-capitalista en un boletín de prensa de febrero de 1990. Los archivos también llevan a la conclusión de que el número de delincuentes comunes y el número de contrarrevolucionarios condenados a muerte era aproximadamente el mismo.

La conclusión que podemos extraer es que el número de condenados a muerte en 1937-38 fue de unos 100.000, y no de varios millones como ha afirmado la propaganda occidental.

También es necesario tener en cuenta que no todos los condenados a muerte en la Unión Soviética eran ejecutados. Una proporción muy grande de penas de muerte eran conmutadas por penas de internamiento en campos de trabajo. Es también importante distinguir entre delincuentes comunes y contrarrevolucionarios. Muchos de los condenados a muerte habían cometido delitos violentos como el asesinato o la violación. Hace 60 años, este tipo de delitos eran castigados con la muerte en gran número de países.

Pregunta 5: ¿Cuál era la duración media de las penas de prisión? La duración de las condenas de cárcel ha sido objeto de la más grosera difamación por parte de la propaganda occidental. La insinuación habitual es que ser un preso en la Unión Soviética implicaba años infinitos en prisión —quien entraba no salía nunca—. Esto es completamente falso. La inmensa mayoría de los que entraban en prisión en tiempos de Stalin eran condenados a penas de 5 años como máximo.

La estadística reproducida en la American Historical Review muestra los hechos auténticos. Los delincuentes comunes de la Federación Rusa en 1936 recibieron las siguientes condenas: hasta 5 años, el 82,4 %; entre 5-10 años, el 17,6 %. 10 años era la pena máxima de prisión antes de 1937. Los presos políticos condenados por los tribunales civiles de la Unión Soviética en 1936 recibieron las siguientes condenas: hasta 5 años, el 44,2 %; entre 5-10 años, el 50,7 %. En cuanto a los condenados a penas en los campos de trabajo del Gulag, donde se aplicaban las sentencias más largas, la estadística de 1940 muestra que los que cumplían hasta 5 años eran el 56,8 % y los que cumplían entre 5-10 años el 42,2 %. Sólo el 1 % fue condenado a más de 10 años.

En cuanto a 1939, tenemos la estadística elaborada por los tribunales soviéticos. La distribución de las penas de prisión queda así: hasta 5 años, el 95,9%; de 5-10 años, el 4 %; más de 10 años, el 0,1 %.

Como podemos ver, la supuesta eternidad de las condenas de cárcel en la Unión Soviética es otra mentira más de los mitos occidentales para combatir al socialismo.

La mentira sobre la Unión Soviética: Una breve discusión sobre los resultados de la investigación

La investigación realizada por los historiadores rusos muestra una realidad totalmente diferente de la que se ha enseñado en las escuelas y las universidades del mundo capitalista durante los últimos 50 años. Durante estos 50 años de guerra fría, varias generaciones han aprendido únicamente mentiras sobre la Unión Soviética, que han dejado una impresión profunda sobre muchas personas. Este hecho también se menciona en los informes realizados por los investigadores franceses y americanos. En estos informes se reproducen datos, cifras y tablas que enumeran los que fueron condenados y los que murieron, cifras que son objeto de una intensa discusión. Pero lo más importante que debemos señalar es que los crímenes cometidos por las personas condenadas nunca son objeto del menor interés. La propaganda política capitalista siempre ha presentado a los prisioneros soviéticos como víctimas inocentes, y los investigadores han aceptado este supuesto sin cuestionarlo. Cuando los investigadores pasan de sus columnas estadísticas a sus comentarios sobre los acontecimientos, su ideología burguesa se antepone a toda otra consideración, con resultados a veces macabros. Los que fueron condenados bajo el sistema penal soviético son tratados como víctimas inocentes, pero el hecho es que la mayor parte de ellos eran ladrones, asesinos, violadores, etc. Los delincuentes de esta clase nunca serían considerados víctimas inocentes por la prensa si sus delitos fueran cometidos en Europa o en EEUU. Pero como los delitos fueron cometidos en la Unión Soviética, entonces la cosa cambia. Llamar “víctima inocente” a un asesino, o a una persona que ha cometido múltiples violaciones, es un juego muy sucio. Debe mostrarse al menos un poco de sentido común cuando se habla acerca de la justicia soviética, al menos en relación con los criminales condenados por delitos violentos; y, aun cuando no se esté de acuerdo con la naturaleza del castigo, al menos debe reconocerse la justicia de condenar a las personas que han cometido delitos de dicha clase.

Los Kulaks y la contrarrevolución

En el caso de los contrarrevolucionarios, es también necesario considerar los crímenes que se les imputaban. Veamos dos ejemplos para mostrar la importancia de esta cuestión: el primero es el de los kulaks condenados al principio de los años 1930, y el segundo el de los conspiradores y contrarrevolucionarios condenados en 1936-38.

Según los informes de la investigación relacionados con la cuestión de los kulaks, es decir, los campesinos ricos, 381.000 familias, esto es, aproximadamente 1,8 millones de personas, fueron enviadas al exilio. Un pequeño porcentaje de estas personas fueron condenadas a cumplir penas en campos o en colonias de trabajo. Pero ¿qué motivó estos castigos?

El campesino ruso rico, el kulak, había sometido a los campesinos pobres durante cientos de años a una opresión ilimitada y una explotación sin freno. De los 120 millones de campesinos existentes en 1927, 10 millones de kulaks vivían en el lujo mientras los 110 millones restantes malvivían en la pobreza. Antes de la revolución habían vivido en la pobreza más abyecta. La riqueza de los kulaks se basaba en el trabajo mal pagado de los campesinos pobres. Cuando los campesinos pobres comenzaron a unirse en granjas colectivas, la fuente principal de riqueza de los kulaks desapareció. Pero los kulaks no se rindieron. Intentaron restaurar la explotación provocando directamente el hambre. Grupos de kulaks armados atacaron granjas colectivas, asesinaron a campesinos pobres y a trabajadores del partido, incendiaron los campos y mataron a los animales de tiro. Causando el hambre entre los campesinos pobres, los kulaks intentaban asegurar la perpetuación de la pobreza y sus propias posiciones de poder. Los acontecimientos que siguieron no fueron los esperados por los asesinos. Esta vez los campesinos pobres tenían el apoyo de la revolución y demostraron ser más fuertes que los kulaks, que fueron derrotados, encarcelados y enviados al exilio o condenados a penas en campos de trabajo. (Nota: ¡los campesinos habían estado intentando colectivizar la tierra desde Stepan Timofeyevich Razin, también conocido como Stenka Razin, en el siglo XVII! —ver cualquier enciclopedia para conocer los detalles—.)

De 10 millones de kulaks, 1,8 millones fueron exiliados o condenados. Pudieron cometerse injusticias en el curso de esta masiva lucha de clases en el campo soviético, una lucha que implicó a 120 millones de personas. Pero ¿podemos culpar al pobre y al oprimido en su lucha para lograr una vida digna, en su lucha para asegurar que sus hijos no pasaran hambre ni fueran analfabetos, porque no fueran suficientemente “civilizados” o no mostraran bastante “piedad” en los tribunales? ¿Podemos acusar a la gente que durante cientos de años no tuvo ningún acceso a los avances hechos por la civilización de no ser civilizada? Además, ¿cuándo fue el explotador kulak civilizado o misericordioso en sus transacciones con los campesinos pobres, durante los interminables años de explotación inhumana?

Las purgas de 1937

Nuestro segundo ejemplo, el de los contrarrevolucionarios condenados en los Procesos de 1936-38 que siguieron a las purgas del partido, el ejército y el aparato del estado, tiene sus raíces en la historia del movimiento revolucionario en Rusia. Millones de personas participaron en la lucha victoriosa contra el Zar y la burguesía rusa, y muchos de ellos se unieron al Partido Comunista Ruso. Entre toda esta gente había, lamentablemente, algunos que entraron en el partido por motivos distintos a la lucha en pro del proletariado y el socialismo. Pero la lucha de clases era tal que a menudo no existía ni el tiempo ni la oportunidad de poner a prueba a los nuevos militantes del partido. Incluso los militantes de otros partidos que se llamaban socialistas y que habían luchado contra el partido Bolchevique fueron admitidos en el Partido Comunista. Varios de estos nuevos activistas alcanzaron cargos importantes en el Partido Bolchevique, el estado y las fuerzas armadas, según su capacidad individual para conducir la lucha de clases. Eran tiempos muy difíciles para el joven estado soviético, y la gran escasez de cuadros —o hasta de gente que sabía leer— obligaron al partido a plantear pocas exigencias en cuanto a la calidad de los nuevos activistas y cuadros. Debido a estos problemas, surgió una contradicción que dividió al partido en dos bandos –de un lado los que querían proseguir la lucha para construir una sociedad socialista, y de otro lado los que pensaban que las condiciones no estaban aún maduras para construir el socialismo y por tanto promovían la democracia social. El origen de esta última idea se debía a Trotsky, que se había unido al partido en julio de 1917. Trotsky fue capaz con el tiempo de asegurarse el apoyo de algunos de los más conocidos bolcheviques. Esta oposición unida contra el plan bolchevique original fue una de las opciones políticas que fueron objeto de votación el 27 de diciembre de 1927. Antes de que se realizara la votación, había existido un gran debate dentro del partido durante muchos años, cuyo resultado no había dejado ninguna duda a nadie. De un total de 725.000 votos, la oposición consiguió 6.000 —esto es, menos del 1 % de los activistas del partido apoyó a la oposición unida—.

A raíz de la votación, y una vez que la oposición comenzó a trabajar en pro de una política opuesta a la del partido, el Comité Central del Partido Comunista decidió expulsar del partido a los líderes principales de la oposición unida. La figura central de la oposición, Trotsky, fue expulsada de la Unión Soviética. Pero la historia de esta oposición no terminó aquí. Zinoviev, Kamenev y Zvdokine llevaron a cabo autocríticas, igual que varios líderes trotskistas, como Pyatakov, Radek, Preobrazhinsky y Smirnov. Todos ellos fueron nuevamente aceptados en el partido como activistas, y ocuparon sus anteriores puestos en el partido y el estado. Con el tiempo quedó claro que las autocríticas hechas por la oposición no habían sido sinceras, ya que los líderes oposicionistas se unían al bando de la contrarrevolución cada vez que la lucha de clases se agudizaba en la Unión Soviética. La mayoría de los oposicionistas fueron expulsados y admitidos de nuevo otro par de veces, antes de que la situación se clarificara completamente en 1937-38.

Sabotaje industrial

El asesinato en diciembre de 1934 de Sergei Kirov, presidente del Partido de Leningrado y una de las personas más importantes del Comité Central, desencadenó la investigación que conduciría al descubrimiento de una organización secreta implicada en la preparación de una conspiración para asumir el mando del partido y el gobierno del país por medio de la violencia. La lucha política que habían perdido en 1927 la esperaban ganar ahora mediante la violencia organizada contra el estado. Sus armas principales eran el sabotaje industrial, el terrorismo y la corrupción. Trotsky, el principal inspirador de la oposición, dirigía sus actividades desde el extranjero. El sabotaje industrial causó pérdidas terribles al estado soviético, con un enorme coste; por ejemplo, se dañaron máquinas importantes sin posibilidad de reparación, y se produjo una enorme caída en la producción de minas y fábricas.

Una de las personas que en 1934 describieron este problema fue el ingeniero americano John Littlepage, uno de los especialistas extranjeros contratados para trabajar en la Unión Soviética. Littlepage pasó 10 años trabajando en la industria minera soviética –de 1927 a 1937, principalmente en las minas de oro. En su libro In search of Soviet gold [En busca del oro soviético], escribe: “Nunca sentí el menor interés por las sutilezas de las maniobras políticas en Rusia mientras puede evitarlas; pero tuve que estudiar lo que pasaba en la industria soviética para hacer mi trabajo. Y estoy firmemente convencido de que Stalin y sus colaboradores tardaron mucho en descubrir que los comunistas revolucionarios descontentos eran sus peores enemigos”.

Littlepage también escribió que su experiencia personal confirmaba la declaración oficial en el sentido de que una gran conspiración dirigida desde el extranjero utilizaba el sabotaje industrial como parte central de sus proyectos para derrocar al gobierno. En 1931 Littlepage ya se había sentido obligado a tomar nota de esto, mientras trabajaba en las minas de cobre y bronce de los Urales y Kazakhistán. Las minas formaban parte de un gran complejo del cobre/ bronce bajo la dirección de Pyatakov, Vicecomisario del Pueblo para la Industria Pesada. Las minas se hallaban en un estado catastrófico en lo referente a la producción y el bienestar de los trabajadores. Littlepage llegó a la conclusión de que allí se había organizado un sabotaje, que había partido de la dirección superior del complejo del cobre/ bronce.

El libro de Littlepage también nos cuenta de dónde obtenía la oposición trotskista el dinero necesario para pagar toda esta actividad contrarrevolucionaria. Muchos miembros de la oposición secreta utilizaban sus cargos para aprobar la compra de maquinaria a ciertas fábricas del extranjero. Los productos aprobados eran de calidad muy inferior al precio que el gobierno soviético pagaba por ellos. Los fabricantes extranjeros concedían las ganancias extra de dichas transacciones a la organización de Trotsky, y en consecuencia Trotsky y sus colaboradores en la Unión Soviética seguían haciendo pedidos a dichos fabricantes.

Robo y corrupción

Este procedimiento fue observado por Littlepage en Berlín en la primavera de 1931, cuando compraba montacargas industriales para las minas. La delegación soviética estaba encabezada por Pyatakov, con Littlepage como especialista responsable de verificar la calidad de los montacargas y de aprobar la compra. Littlepage descubrió un fraude que implicaba la adquisición de montacargas de baja calidad, inútiles para los objetivos soviéticos, pero cuando informó a Pyatakov y a otros miembros de la delegación soviética de este hecho, se encontró con una fría respuesta, como si quisieran pasar por alto tales hechos, e insistieron en que debía aprobar la compra de los montacargas. Littlepage se negó a hacerlo. En aquel momento pensó que lo que ocurría era simplemente un caso de corrupción personal, y que los miembros de la delegación habían sido sobornados por los fabricantes de los montacargas. Pero posteriormente Pyatakov, durante los Juicios Públicos de 1937, confesó sus lazos con la oposición trotskista, lo cual llevó a Littlepage a la conclusión de que lo que había visto en Berlín era mucho más que un caso de corrupción a nivel personal. El dinero obtenido se utilizaba para subvencionar las actividades de la oposición secreta en la Unión Soviética, actividades que incluían el sabotaje, el terrorismo, el soborno y la propaganda.

Zinoviev, Kamenev, Pyatakov, Radek, Tomsky, Bujarin y otros muchos dirigentes muy apreciados por la prensa occidental burguesa utilizaron los cargos que les habían sido confiados por el pueblo y el partido soviéticos para robar el dinero del estado, para permitir que los enemigos del socialismo usaran aquel dinero con objetivos de sabotaje y en su lucha contra la sociedad socialista de la Unión Soviética.

Proyectos para un golpe de Estado

El robo, el sabotaje y la corrupción son delitos graves en sí mismos, pero las actividades de la oposición fueron mucho más lejos. Se estaba preparando una conspiración contrarrevolucionaria dirigida contra el poder estatal, el cual sería asumido mediante un golpe de estado en el que se eliminaría a toda la dirección soviética, comenzando por el asesinato de los miembros más importantes del Comité Central del Partido Comunista. El aspecto militar del golpe sería llevado a cabo por un grupo de generales encabezados por el mariscal Tukhachevsky.

Según Isaac Deutscher, un trotskista que escribió varios libros en contra de Stalin y de la Unión Soviética, el golpe debía haberse iniciado con una operación militar contra el  Kremlin y las tropas más importantes acuarteladas en las grandes ciudades, como Moscú y Leningrado. La conspiración estaba encabezada, según Deutscher, por Tukhachevsky junto con Gamarnik, jefe del comisariado político del ejército, el General Yakir, comandante de Leningrado, el General Uborevich, comandante de la academia militar de Moscú, y el General Primakov, un comandante de la caballería.

El mariscal Tukhachevsky había sido oficial en el antiguo ejército Zarista y, después de la revolución, se había alistado en el Ejército Rojo. En 1930 casi el 10 % de los oficiales (cerca de 4.500) eran antiguos oficiales zaristas. Muchos de ellos nunca abandonaron su ideología burguesa y solamente esperaban una oportunidad para luchar por ella. Esta oportunidad surgió cuando la oposición preparó su golpe de estado.

Los bolcheviques eran fuertes, pero los conspiradores civiles y militares procuraron conseguir el apoyo de amigos poderosos. Según la confesión de Bujarin durante su juicio público en 1938, se alcanzó un acuerdo entre la oposición trotskista y la Alemania nazi, en virtud del cual grandes territorios de la URSS, incluyendo Ucrania, serían cedidos a la Alemania nazi después del golpe contrarrevolucionario en la Unión Soviética. Éste era el precio exigido por la Alemania nazi a cambio de su promesa de apoyo a los contrarrevolucionarios. Bujarin fue informado de este acuerdo por Radek, que había recibido una orden del propio Trotsky sobre el asunto. Todos estos conspiradores, que habían sido elegidos para ocupar altos cargos con el fin de conducir, administrar y defender la sociedad socialista, en realidad trabajaban para destruir el socialismo. Por si fuera poco, es necesario recordar que todo esto ocurría en los años 1930, cuando el peligro nazi crecía constantemente, y los ejércitos nazis incendiaban Europa y se disponían a invadir la Unión Soviética.

Los conspiradores fueron condenados a muerte por traición después de un juicio público. Los que fueron declarados culpables de sabotaje, terrorismo, corrupción, tentativa de asesinato, y quienes habían querido entregar una parte del país a los nazis, no podían esperar otra cosa. Llamarles “víctimas inocentes” es una completa equivocación.

Muchas más mentiras

Es interesante ver cómo la propaganda occidental, a través de Robert Conquest, ha mentido sobre las purgas del Ejército Rojo. Conquest dice en su libro The Great Terror [El Gran Terror] que en 1937 había 70.000 oficiales y comisarios políticos en el Ejército Rojo, y que el 50 % de ellos (esto es, 15.000 oficiales y 20.000 comisarios) fueron detenidos por la policía política y ejecutados o encarcelados de por vida en campos de trabajo. En esta afirmación de Conquest, como en su libro entero, no hay un solo ápice de verdad. El historiador Roger Reese, en su obra The Red Army and the Great Purges [El Ejército Rojo y las Grandes Purgas], da cuenta de los hechos que muestran la verdadera incidencia de las purgas de 1937-38 en el ejército. El número de personas al mando del Ejército Rojo y la fuerza aérea, esto es, de oficiales y comisarios políticos, era de 144.300 en 1937, y ascendía a 282.300 en 1939. Durante las purgas de 1937-38, 34.300 oficiales y comisarios políticos fueron expulsados por motivos políticos. En mayo de 1940, sin embargo, 11.596 ya habían sido rehabilitados y restablecidos en sus puestos. Esto significa que durante las purgas de 1937-38, 22.705 oficiales y comisarios políticos fueron despedidos (cerca de 13.000 oficiales del ejército, 4.700 oficiales de la fuerza aérea y 5.000 comisarios políticos), lo cual asciende al 7,7 % de todos los oficiales y comisarios –no el 50 % como afirma Conquest. De este 7,7% algunos fueron condenados por traición, pero la gran mayoría de ellos, según consta en el material histórico disponible, simplemente fueron devueltos a la vida civil.

Una última cuestión: ¿los Procesos de 1937-38 fueron justos para los acusados? Examinemos, por ejemplo, el juicio de Bujarin, el funcionario más alto del partido que trabajó en secreto para la oposición. Según el entonces embajador americano en Moscú, un conocido abogado llamado Joseph Davies, que asistió al juicio de principio a fin, a Bujarin se le permitió hablar libremente a lo largo de todo el juicio y presentar su defensa sin impedimentos de ningún tipo. Joseph Davies escribió a Washington que durante el Juicio se había demostrado que el acusado era culpable de los crímenes que se le imputaban, y que la opinión general entre los diplomáticos que asistieron al juicio era que se había demostrado la existencia de una conspiración muy seria.

Aprendamos de la historia

La discusión sobre el sistema penal soviético durante la época de Stalin, sobre el cual se han escrito miles de artículos y libros llenos de mentiras, y se han hecho cientos de películas sobre la base de falsedades y mitos, conduce a importantes lecciones. Los hechos demuestran una vez más que las historias publicadas sobre el socialismo en la  prensa burguesa son en su mayor parte falsas. Las fuerzas de la derecha pueden, a través de la prensa, la radio y la TV bajo su dominio, crear confusión, distorsionar la realidad y hacer que muchas personas crean que la mentira es verdadera. Esto es cierto sobre todo en lo concerniente a las cuestiones históricas. Cualesquiera nuevas historias contadas por la derecha deberían considerarse falsas mientras no se demuestre lo contrario. Este acercamiento cauteloso está plenamente justificado. El hecho es que, incluso tras la publicación de los informes de la investigación rusa, la derecha ha seguido reproduciendo la mentira propagada durante los últimos 50 años, aun cuando dicha mentira haya sido completamente desenmascarada. La derecha continúa con su herencia histórica: una mentira muchas veces repetida termina siendo aceptada como verdad. Después de que los informes de la investigación rusa se publicaran en occidente, comenzaron a aparecer una serie de libros en diferentes países, dirigidos únicamente a poner en duda la investigación rusa y a presentar las viejas mentiras al público como si fueran verdades nuevas. Se trata de libros astutamente preparados, llenos desde la primera a la última página de mentiras sobre el comunismo y el socialismo.

Las mentiras de la derecha se repiten para combatir a los comunistas de hoy. Los mismos embustes de antaño se reproducen una vez más para que los trabajadores no vean ninguna alternativa al capitalismo y el neoliberalismo. Forman parte de la guerra sucia contra los comunistas, que sólo tienen una alternativa que ofrecer para el futuro, esto es, la sociedad socialista. Ésta es la razón de que aparezcan todos estos libros nuevos que contienen las mismas viejas mentiras.

Todo esto impone una obligación a todo aquél que tenga una perspectiva socialista e internacionalista de la historia. ¡Debemos aceptar la responsabilidad de trabajar para convertir a los periódicos comunistas en auténticos periódicos de la clase obrera, capaces de combatir las mentiras burguesas! Ésta es sin duda una misión importante en la actual lucha de clases, que en el futuro próximo resurgirá con fuerza renovada.

Anuncios