Nuevo imperativo cultural globalizado: gozar

Jorge Ballario
Psicólogo

La cultura del disfrute. Sentirse en consonancia con los valores culturales que reinan en una sociedad en un momento dado puede generar sensaciones agradables en los individuos. Pero a veces ocurre que prácticas anteriores, muy arraigadas, van siendo reemplazadas velozmente por otras. Entonces, mucha gente que durante décadas se había estructurado en los antiguos valores de pronto comprueba que cambiaron en pocos años. Esas personas quedan expuestas a la nueva cultura sin poder adaptarse plenamente, como desearían.

Por ejemplo, antes, en la Argentina y en la región —tal vez como herencia de la enorme inmigración europea producida entre las grandes guerras— estaba muy valorado el trabajar duro para crecer económicamente, aunque eso obligaba a disfrutar poco de la vida y a sacrificarse. En realidad, el disfrute existía, solo que  bajo la forma de una experiencia personal de satisfacción: por regla general, quien cumple con los preceptos culturales es apreciado en su familia y en su comunidad, y esto eleva su autoestima.

Mediante este sencillo mecanismo psico-cultural, mucha gente se vio impulsada a trabajar duro, y como consecuencia obtuvo riqueza y ascendió en la escala social. No está de más decir que ese gran esfuerzo de millones de nativos e inmigrantes llevó a este país a ubicarse entre las naciones más prósperas del planeta, en la primera mitad del siglo pasado. Luego, por cuestiones políticas, esa cultura del trabajo y del ahorro, que se fue desgastando de a poco a través de las generaciones, sufrió un duro revés en las últimas dos décadas. Es así como llegamos a nuestros días con un potente imperativo cultural globalizado que ordena lo contrario: gozar.

Entonces, numerosos afectados de la cultura del esfuerzo comprueban diariamente cómo otros, trabajando mucho menos de lo que ellos trabajaron, disfrutan más. A partir de esto, pueden llegar a sentir que están malogrando sus vidas. Ya no valoran esa posición que sostuvieron durante tantos años, pero no pueden abandonarla fácilmente, porque forma parte de su estructura mental. Además, las apariencias los han alcanzado: muchos de sus semejantes fingen, mediante consumos específicos, un importante nivel de ingresos. Hay incluso un gran negocio en torno a aparentar ser lo que no se es. Y esto, claro está, funciona como un desaliento para los que se esfuerzan en llegar a ser genuinamente lo que ambicionan.

Tal vez es un hecho inédito que una cultura establezca el disfrutar como condición básica para sus miembros. La función de toda cultura siempre fue estimular lo que la gente por sí no haría —como esforzarse—, y desalentar lo placentero, para compensar nuestras propias tendencias instintivas —que tienden a ello—.

El sistema económico neoliberal, surgido y diseminado por el mundo en los años ochenta, se encargó de trastocar la tradición cultural que acompañó a la humanidad desde su origen. Esa perversa modificación también posee su razón de ser: era necesario que gran parte de los ciudadanos del mundo se transformaran en consumidores para que a las empresas multinacionales les cerraran los proyectos y los números.

El trastoque cultural afín al neoliberalismo es desorientador, porque  promueve en la gente una acción gozosa, que deviene en un mandamiento. Habría que ver las consecuencias de este cambio. Algo ya se puede apreciar: en los consultorios psicológicos, cada vez llegan más pacientes que se sienten culpables o angustiados porque no pueden disfrutar como los otros. Hasta se compite para ver quién se satisface más… Todo un síntoma de la época.

Fuente: Contrainfo

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