¿Podrían volver a hacerlo? Sí, cuando les dé la gana

Juan Moreno Yagüe
Abogado, impulsor de la operación OpEuribor y de Democracia 4.0, especialista en Derecho bancario, hipotecario, penal y económico y diputado autonómico de Podemos en Andalucía (España)

Se dice que la banca moderna arranca en las repúblicas italianas en los inicios del Renacimiento, teniendo como símbolo más destacado la letra de cambio. Con ella se evitaba el transporte de monedas de oro, plata y demás metales, impidiendo la posibilidad del robo en ese transporte. Ese mismo instrumento se utilizó  inmediatamente también para obtener préstamos, como instrumento de crédito. La banca estuvo durante siglos unida a dos conceptos básicos: guardar el dinero de los demás, protegerlo, y prestar el dinero; primero el propio, después el de los demás.

Con el desarrollo e implantación del papel moneda, se generalizó la idea de la utilidad de que alguien te guardara el dinero, ya que ese alguien, el banquero, tenía más medios de seguridad que tú, añadiéndose que en teoría respondía siempre del depósito de tu dinero.

El hecho de que el dinero sea un elemento casi imprescindible en las sociedades de los últimos siglos da lugar a una actividad que se fundamenta, que vende, podríamos decir, confianza. El negocio de la banca se consolida así como uno de los más raros, extraños y peligrosos de los que desarrollan los seres humanos.

La actividad de un banco, simplificando mucho, consiste en lo siguiente: las personas le llevan su dinero, para que se lo guarde. El banco, al tener en depósito mucho dinero que no es suyo, lo presta a otros. La confianza en ambos actos es la base del negocio. Se confía en que cuando reclame mi depósito me lo devolverán y se confía en que cuando me prestan dinero, lo devolveré. Pero, como digo, el elemento más llamativo es que lo que el banco hace es manejar un dinero que no es el suyo. Mucho. Y si algo le sucede a ese dinero de los demás, que no es suyo, suelen producirse problemas graves, con repercusiones en las vidas de todos.

Cuando se rompe la confianza, los bancos suelen quebrar. Eso ha sucedido en varias ocasiones. Una de las rupturas de esa confianza se produce en 1929, año en el que los historiadores sitúan el comienzo de la Gran Depresión, y vino a enseñar al poder público la necesidad de establecer controles y normas muy estrictas, limitando todo lo posible los riesgos que derivan de un mal uso del dinero de los demás por parte de quien “hacía banca”.

Esas reglas fijaban límites muy estrictos. De nuevo  simplificando mucho, puede explicarse la más básica de todas de la siguiente manera: la obligatoriedad de tener siempre un capital propio para responder de las posibles pérdidas que los impagos de los préstamos que con el dinero de los depósitos, los ahorros de los demás, ha hecho el banco. Así, si decimos que un banco debe tener un diez por ciento de fondos propios, de capital propio, su buen funcionamiento significaría algo parecido a tener en depósito cien millones de dinero de los clientes,  haber prestado esos cien millones a otros clientes y ser dueño de diez millones que “no se tocan”, pues cumplen una función esencial. Lo habitual  y “prudente” es que el tanto por ciento de impagos en los préstamos no supere ese diez por ciento, y, así, será el banco, en tal caso, el que con su propio dinero cubra las “pérdidas” que tenga sobre el dinero de los demás que ha prestado. Esas reglas de prudencia extrema, esas normas que obligaban a mantener equilibrios constantes de seguridad, han servido para que durante décadas las instituciones bancarias hicieran bien su negocio, dentro de la ley,  y se generase la confianza necesaria para que el negocio funcionara.

Además, debe añadirse que durante todo ese tiempo, las autoridades públicas seguían con severidad la actividad, procurando que todo funcionara dentro de los límites establecidos. La banca, al hacer banca, no debía poner en riesgo extremo el dinero que no era suyo, jamás.

La banca moderna ha durado hasta aproximadamente la década de los años ochenta del siglo pasado.

Cuando la computación electrónica y la informática comienzan a instalarse en los bancos, se produce un salto descomunal en el “modelo de negocio”. Las empresas bancarias comienzan a caracterizarse más por ser entidades tecnológicas que por lo que hacían hasta ese momento: canalizar, guardar o proteger el ahorro, el dinero de los demás, para convertirlo en crédito o inversión también para los demás. Esa revolución tecnológica les permite dar un paso enorme: no solo ofrecen seguridad para el dinero de las personas y de las demás empresas y a su vez generan crédito, sino que también ofrecen la gestión de los pagos y cobros de y a todos ellos.

Comienza así una época en la que poco a poco los bancos se convierten en el único canal por donde circula el dinero de todos y para todo. Las nóminas, los recibos, las tarjetas, domiciliaciones y un sinfín de servicios que se caracterizan por una cosa: ellos pueden ofrecerlos porque la velocidad y seguridad que ofrecen sus sistemas informáticos no tienen comparación con nada conocido hasta ese momento.

Además de manejar todo el dinero legal y legalmente, la banca se convierte en el negocio que más información tiene de todos los demás:  al manejar todo el dinero, la banca sabe qué hace todo el dinero. Ya no solo lo guarda y lo presta, ahora también lo controla, al menos desde el punto de vista de la información. Y la información también es negocio.

Desde los años ochenta y a una velocidad de vértigo las reglas comienzan a modificarse para permitir mayor fluidez en las transacciones, en el movimiento del dinero. Mayor posibilidad de realizar pagos significa mayor posibilidad de negocios. Eso se traduce en un desarrollo de los mercados financieros principales y alternativos sin precedentes. El control informático de los procesos de movimiento del dinero junto con una rápida evolución de las normas y usos del derecho de contratos financieros en todo el mundo (florecen “cosas” como los swaps, CDS, repos, etc), curiosamente hacen que los poderes públicos pierdan capacidad de control, como si el poder no contara con la misma informática.

Comienza a abrirse una brecha entre lo que puede hacerse con el dinero aprovechando las nuevas herramientas tecnológicas y la capacidad de supervisar lo que se hace mediante normas. Estas últimas se hacen cada vez más abstractas.

A lo largo de los años noventa la brutal capacidad de gestión de los ahorros, del crédito, de los pagos y de los cobros produce un incremento de la actividad económica en todo el planeta. Más dinero para prestar y prestado, más consumo, “más economía”.  Y más derivados (instrumentos financieros).

La contabilidad informática se desarrolla de tal manera que las trampas contables empiezan a extenderse. El dinero comienza a ser algo marginal. Aunque esta afirmación pueda ser chocante, con ella nos referimos a la desconexión entre su existencia material, tangible, como representativa del valor de cosas, de derechos y de obligaciones, y la realidad de esas cosas, valores, derechos y obligaciones.

Los cambios son enormes, y no solo en el plano privado, sino también en el público. Las decisiones de inversión están condicionadas por los sistemas de canalización de esas decisiones. Las subastas y los mercados de deuda pública, por ejemplo. La creación de deuda se hace más sencilla y lógicamente, se crea más deuda.

El primer “aviso” de que algo no iba del todo bien se produce con la crisis de las “puntocom”. Desconexión muy alta entre el valor contable, en “libros” (en realidad en apuntes contables informáticos) y el valor real, el valor “de cobro”.

La banca ha invertido por encima de sus posibilidades, y el “dinero se evapora” en el momento en que se produce el descubrimiento de que alguien no va a cobrar lo que creía que iba a cobrar tras invertir en “toda esa tecnología”. Año 2001.

Eso mismo se traduce en poco tiempo en una desconexión entre los valores que recogen los apuntes informáticos y los valores inmobiliarios.

Cada préstamo respaldado por un inmueble rápidamente se convertía en un instrumento financiero al que sacarle un rendimiento, y estos a su vez podían transformarse en nuevos instrumentos que también producían rendimientos. Todo el planeta hipotecado y todo ese “valor” circulando por las redes informáticas financieras a velocidades de vértigo.

Las normas de control no son capaces de seguir esos cambios. Y mucho menos las normas fiscales.

En un momento dado, la capacidad de contraer más deuda se hace no solo imposible, sino innecesaria. Ya estábamos todos endeudados más allá de lo razonable, y sobre todo, de lo posible. Aparece un nuevo problema: sin nueva deuda, es decir, sin alguien que con su capacidad de trabajo o empresa sea capaz de crear riqueza material para pagar los intereses de esa deuda, los activos financieros “no tienen de dónde rendir”. El dinero deja de producir dinero por sí solo. Eso significa que las expectativas de obtener unas ganancias desaparecen, no entran por un lado los intereses suficientes para satisfacer a los acreedores que están en el otro lado del negocio.

La crisis de 2007/2008 supone un salto cualitativo sobre las anteriores porque no solo mucha gente no va a ganar lo que creía, sino que, además, las garantías que supuestamente respaldaban todas esas inversiones en realidad no valían tanto o ni siquiera existían.

Las creaciones financieras, las tecnologías informáticas que permitieron el extraordinario desarrollo de la banca, se vienen abajo en el momento en que alguien quiere cobrar lo que se le debe. Se habían creado más instrumentos financieros que realidades económicas o de valor existían detrás de esos instrumentos financieros. El caso de Lehman Brothers es paradigmático. No es que hubieran vendido en el mercado paquetes de activos financieros mezclando activos de alto riesgo con otros más seguros; es que habían vendido humo, habían vendido varias veces lo mismo a diferentes compradores.

A partir de ese momento, es decir, cuando se pone en evidencia que hay muchas anotaciones contables que no reflejan la realidad, se desencadena una ola de descubrimiento de multitud de trampas. A modo de ejemplos no exhaustivos: los mercados de preferentes en realidad no existían, ya que los programas informáticos estaban diseñados para controlar las fluctuaciones e impedir que los valores fluctuaran más allá del 2%, los mercados de divisas contabilizaban operaciones inexistentes, los principales índices monetarios (Libor, Euribor) de referencia no respondía tampoco a realidades subyacentes que supuestamente debían reflejar, y así un buen número de elementos que mostraban disfuncionalidades insostenibles.

La confianza, base del sistema, incrementada supuestamente con el valor añadido de esa tecnología financiera, funcionaba adecuadamente, salvo que la pusieras a prueba.

Como indicamos, en ese momento de estallido de todo (y ahora mismo también), la banca no solo realizaba la función de captar ahorro para proporcionar crédito, sino que se había desarrollado a una escala aún mayor la función de gestión de pagos. Todo el sistema de pagos está en sus manos. Al menos en las economías desarrolladas.

La intervención de los gobiernos en el momento de colapso es inevitable: o sostienes a los bancos en su caída o existía el peligro de colapso del sistema, ya que no hay alternativa desarrollada en/a  los medios de gestión de pagos. Aquí utilizamos la palabra sistema como concepto total, como sistema social.

La caída en cadena de los bancos que debían haber caído hubiera supuesto el cierre literal de estos, de la noche a la mañana, y eso a su vez habría causado enormes dificultades en los pagos ordinarios, en el sistema de gestión de pagos diario. Alguien debió pensar que nos podíamos permitir la quiebra de algunos bancos, pero no la quiebra de la confianza en el sistema de pagos. Quizás eso podría afectar a la confianza en el sistema mismo. Recuerden que el dinero vale solo porque confiamos en que valga.

¿Cómo es posible que sucediera todo eso si, a pesar de lo narrado, las normas de control existían, si los mecanismos de supervisión existían? ¿Y cómo es posible que tras las intervenciones masivas de los poderes públicos prácticamente no han existido responsabilidades ni cambios, y ni siquiera la parte de la banca que caía ha pasado a ser propiedad de sus rescatadores?

La explicación no es sencilla. Cualquiera intuye que la correlación entre el poder político y el poder financiero es muy fuerte. Desde el caso español, local, con las entidades semipúblicas (las Cajas de Ahorro), hasta otros ámbitos internacionales, se observa una fuerte interdependencia entre lo que el poder político hacía y el crédito o la deuda pública necesarios para hacerlo. No se trata solo del hecho constatado de que la banca financia a las formaciones políticas que gobiernan, encargadas de acceder al poder político mediante elecciones con costes de campaña desmesurados, sino de que, una vez en el poder, desarrollan políticas que requieren fuertes dosis de endeudamiento. Y es precisamente la banca la que compra esa deuda que el poder político emite.

Entes, los poderes públicos, endeudados, salvando a sus acreedores con el dinero de los contribuyentes, ya sea actual o futuro. Si se mira desde el otro lado, la imagen es la misma: entidades financieras endeudas, sosteniendo su rescate mediante la compra de esa deuda pública emitida para salvarlas. Es lo que en la práctica comercial se llaman “letras de peloteo”. A ninguna de las dos partes le convenía ni le conviene alterar nada. La destrucción de uno supondría la del otro. Nadie iba a refundar el capitalismo. Y menos el capitalismo financiero.

La banca influye más de lo admisible en las normas que los gobiernos después hacen ley. ¿Han observado la tendencia a que todo pago se deba realizar a través de sistemas bancarios? ¿Se dan cuenta de la pelea que mantienen los gigantes tecnológicos y la banca por mediar y controlar los pagos? Nos conduce a la triste realidad:

Todo el dinero se halla en poder de la banca, y si esta caía en la medida en que las leyes preveían, el sistema caía. Por eso ha pasado lo que ha pasado. Entre todos ellos sostienen un sistema agotado, zombi. Las enormes cantidades de deuda emitida para hacer frente a los pagos debidos en el momento de la ruptura del sistema, los tipos de interés fijados en esas obligaciones emitidas en los años 2008 a 2010, serán muy difíciles de pagar por los emisores, a los que en estos momentos los tipos casi a cero de los bancos centrales les impiden generar recursos suficientes para hacer frente a los intereses de esas deudas. El negocio se basa en los intereses, no en el capital. Y el problema principal es que aún nadie ha sabido explicar por qué una anotación contable electrónica habría de producir intereses por sí sola.

En nuestro país, en concreto, se dieron órdenes para pagar con pérdidas, pero pagar, a los inversores profesionales que tenían preferentes y no pagar a los clientes minoristas. Se dieron órdenes para comprar los activos inmobiliarios a precios suicidas para limpiar los balances. Se dieron órdenes para que las leyes llamaran  híbridos a lo que no eran sino alternativos, y actualmente se cambian las normas para que las pérdidas no obliguen a poner más capital para sostener monstruos como la Sareb. De todas estas conductas no puede generarse nada bueno.

La mayoría de las actuaciones que originaron las pérdidas en los sistemas financieros y bancarios no eran siquiera operaciones arriesgadas, sino complejas tramas delictivas. La intervención de la Justicia en toda esta crisis ha sido mínima, ya que las leyes y el poder público han girado para evitarlo. Las mismas tasas judiciales no fueron sino una medida disuasoria para retrasar millones de demandas. Ante este panorama hay poco que podamos hacer. Mientras los poderes públicos no quieran quitarles poder a los entes financieros, seguiremos indefensos, ya que ellos tienen nuestro dinero. Y si quieren, nos lo quitan. Pregúntenles a los chipriotas.

Los bancos  son hoy poderosas empresas tecnológicas, que se relacionan cada vez menos con los clientes a través de las oficinas, una realidad analógica que les sirve para captar el dinero que nutre su actividad. Con el paso de los años, las nuevas generaciones harán eso cosa del pasado. Pero ellos seguirán gestionando todo el dinero. A menos que cambiemos las reglas.<

Si todo el dinero está en los bancos, y su caída significa que podríamos perder todo el dinero, cada vez que metan la pata habrá que rescatarlos de nuevo, ya que ellos han visto que no pasa lo que debiera pasar por meter la pata.

Sin embargo, si tenemos en cuenta que el dinero clásico ya no existe, y que solo se trata de programas informáticos interconectando apuntes contables electrónicos, nada más fácil que volver, que transformar, el sistema de pagos en algo neutral y universal, que permita a las personas no necesitar de ningún banco para manejar, gestionar y realizar pagos con su propio dinero. En ese momento la banca volverá a sus orígenes. Nosotros recuperaremos el poder sobre nuestro dinero y habremos eliminado el enorme riesgo que supone eso que contamos: que ellos tienen todo nuestro dinero.

La decisión es nuestra. O seguimos con ellos, u optamos por utilizar sistemas de pagos, de dinero, que no dependan de ellos. La tecnología está instalada. Solo hay que ponerla a funcionar. Porque por ahora, la próxima vez, y les aseguro que habrá próxima vez, volverán a hacerlo. Nos volverán a hacer pagar sus locuras.

Fuente: CTXT

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