Metafísica de la economía

Raúl Prada Alcoreza
Filósofo, sociólogo y escritor [1]

En 1985 escribimos y publicamos un ensayo titulado Crítica del discurso metafísico de la economía [2]. Creemos que mucho de lo que se escribió en ese entonces, sigue teniendo hoy validez, en cuanto a la crítica de la economía política; también en lo que respecta a la crítica de la teoría y de la filosofía, que, en aquel entonces, considerábamos que se trataba de la crítica efectuada desde la epistemología crítica. Vamos a decir por qué pensamos esto. Primero, recogeremos algunas interpretaciones expuestas en el ensayo citado; después, retomaremos las críticas, de otro estilo, que hemos venido desenvolviendo desde que escribimos y publicamos Crítica de la economía política generalizada.

Recurriendo a una cita larga, del ensayo mencionado, a propósito, se escribió:

Hablar de la crisis económica se ha vuelto cosa común; esta comunión de la crisis de una comunidad económica, además de ser un acontecimiento empírico, se abre a la problemática de su definición: ¿Se trata de una crisis conceptual? ¿Una crisis de la razón económica? ¿Quizás más bien de una crisis moral? ¿Juntando los ámbitos, podremos hablar tanto de una crisis de los valores económicos así como de los valores subjetivos? Dejando de lado todo esto, optando por la descripción y la objetividad ¿sólo podemos hablar una crisis del sistema económico? Sin descontar la relación posible entre los tres niveles de crisis, la relativa al ciclo del capital, la vinculada a la inmanencia de los valores subjetivos, es decir, correspondiente a la esfera moral, y la referida al sistema económico, en otras palabras al paradigma o al modelo, es indispensable detectar en cuál de los niveles se manifiesta una desmesura mayor. En cuál de los niveles se hace más visible y evidente la crisis, cuál de estas crisis se convierte en la representante de la crisis integral. La identificación de la desmesura mayor, el lugar de la mayor diferencia, ayuda a comprender el carácter del desplazamiento ideológico. No olvidemos que la ideología funciona como recurso de legitimación de las dominaciones. Desde esta perspectiva es menester evaluar el carácter del desplazamiento ideológico, encontrar los síntomas de este desplazamiento en el discurso económico. Esto, sobre todo, por las características de la crisis y también por el brío de las medidas políticas emprendidas, medidas políticas privatizadoras en el contexto de la globalización. La evaluación ideológica, que no puede hacerse sino desde la crítica de la ideología, según Paul Ricoeur, desde el horizonte de la utopía. Este trabajo crítico nos lleva a enfrentar las formas de la conciencia social, que se dan en el acontecer o en la coyuntura. A propósito de las formas de conciencia, quizás sea conveniente comenzar por las manifestaciones de la vida cotidiana, remontar la crisis desde sus lugares más empíricos. Al respecto, una buena pregunta podría ser esta: ¿Cuál es la imagen ordinaria de la subida de los precios? Esta experiencia nos lleva a la noción de la desproporción constante entre precio y producto, entre el valor de los productos y el monto de los productos mismos. Es a este desfase a lo que llaman los economistas inflación. Esta experiencia de la crisis es patente, su manifestación empírica es dramática, considerando sobre todo a las clases sociales de escasos recursos. Sin embargo, el problema de la crisis no acaba aquí, más bien empieza. La pregunta subsiguiente, que necesariamente acompaña a la anterior es: ¿Por qué se da lugar el distanciamiento entre precio y producto, dicho en otras palabras, entre precio de producción y precio comercial? Uno de los secretos de la etapa tardía del ciclo del capitalismo es la especulación financiera; como efecto inmediato de este movimiento financiero, de esta ganancia especulativa, tenemos a la inflación. El ciclo del capitalismo, en su periodo financiero, produce inflación.

Entre las medidas económicas adoptadas por el primer gobierno del periodo neoliberal [3] se menciona la regularización de los precios por medio del libre cambio. Se dice que, con la vigencia del libre mercado, no se dará lugar a subvenciones, ni se impondrán precios políticos. Una de las fórmulas de los llamados mercantilistas es la de que los precios se definen a través del juego de la oferta y demanda, con la intervención de la competencia entre compradores y vendedores. Esta proposición enuncia un concepto de valor, en tanto equilibrio, resultante de la concurrencia. Esta valoración, dada en el mercado, deriva en un indicador móvil, sobre todo escurridizo; una magnitud mensurable movediza. Medida realizada en el momento del encuentro de fuerzas contradictorias, punto localizable en el espacio de intersección de las fuerzas. Este concepto de valor no es el único desarrollado en la historia de las doctrinas económicas; al contrario, la historia se abre a una gama amplia de conceptos derivados de la valorización del valor. Es en este contexto histórico donde hay que apreciar la relatividad de las teorías monetaristas y mercantilistas, viejas y nuevas. Los fisiócratas trabajaron un concepto de valor natural. La economía clásica ha desarrollado unos conceptos de valor en el marco de la ciencia general del orden. Por ejemplo, ha desarrollado un concepto abstracto del valor, en el cual se diferencia una parte referida al costo de producción y otra parte referida a la ganancia. Dentro lo que se considera costo de producción se halla el gasto en salario, además del costo del desgaste y la reposición de los medios de producción. En el horizonte de la formación discursiva clásica, David Ricardo ha deducido que el valor se reduce al trabajo. En esta perspectiva, el economista inglés se entrabó en un dilema: Los productos contienen valor en la media que contienen trabajo; pero, también valen las cosas escasas. Dos campos epistemológicos se mezclan en este discurso, el campo epistemológico de la producción y el campo epistemológico de los bienes necesarios. A Karl Marx le corresponde desarrollar la epistemología de la producción, del trabajo y de la acción, dejando las premisas clásicas como objetos de la crítica de la economía política. Podríamos decir que la teoría del valor atraviesa dos siglos (XIX y XX), los últimos de la modernidad. Después de la nueva configuración del capitalismo, de desterritorialización y biopolítica, después de la crisis de la década de los setenta, la teoría del valor no es sostenible, cuando se informatiza la producción, se virtualiza el trabajo y la reproducción del capital se apropia de la gestión de la vida. En el interregno, en el paso de un campo teórico a otro, las teorías neoclásicas intentaran desesperadamente volver al clasicismo de la economía del equilibrio, a la racionalidad del mercado, a las figuras de los circuitos monetarios. Pero, estos esfuerzos son vanos, la historia es despiadada, ingresa a las nuevas formas de la experiencia social, a las nuevas formas de la producción, a las nuevas formas del capitalismo, a las nuevas formas del nuevo orden mundial, dando lugar a nuevas certezas, a nuevas intuiciones, a nuevos paradigmas, a nuevas formaciones discursivas, que desplazan y enriquecen la arqueología del saber económico.

Los funcionarios, los técnicos, los ideólogos y los epígonos del periodo neoliberal, se cuelgan de esta formación discursiva, relativa al neoclasicismo económico, deduciendo de ella sus prácticas políticas. El tono del discurso político de quienes son responsables de las medidas económicas es dogmático. Acordes con la pretensión racionalista de que todo lo real es racional y todo lo racional es real, creen que su discurso neoclásico expresa la realidad, así como que la realidad se reduce a los estrechos marcos de su visibilidad teórica. Vivimos el cuarto ciclo del capitalismo, el ciclo del capitalismo norteamericano, después de haber vivido el ciclo del capitalismo genovés, el ciclo del capitalismo holandés y el ciclo del capitalismo inglés. Nos encontramos en la tercera etapa de este último ciclo; es decir, la etapa financiera, siendo la primera comercial y la segunda industrial. Algo que caracteriza a las periodizaciones de los ciclos de capital es la formación de consorcios monopólicos. Según Fernando Braudel, el capitalismo se caracteriza, mas bien, por la formación de monopolios que por el libre mercado. Por la estructuración de relaciones cerradas en el mundo económico. Donde la libre competencia es un cuento de hadas o, en el mejor de los casos, un acontecimiento vivido por los pioneros del capitalismo. Este desfase entre el tiempo histórico del capitalismo e ideología, sobre todo la ideología de libre mercado, entre temporalidad y discurso, es la marca de la diferencia entre historia efectiva y saber eficiente del poder.

Desde la perspectiva de una teoría de las ideologías, se puede proponer ciertas hipótesis interpretativas acerca de las configuraciones ideológicas:

a) Las representaciones no son en ningún caso productos espontáneos, son construcciones orgánicas, son instituciones sociales, constituidas en el devenir del imaginario social. Hablamos de un campo complejo de relaciones entre lo real, lo simbólico y lo imaginario.

b) Se puede considerar una distinción entre representaciones elaboradas de manera más o menos conscientes y representaciones construidas de modo inconsciente. Ambos contextos representativos son investidos por procesos subliminales [4].

c) Los procedimientos lógicos, las descripciones objetivistas y las prácticas científicas no escapan a la irradiación ideológica, pues no dejan de producir y reproducir de representaciones. En el mismo sentido, no escapan a repetir ciertos rasgos de la ideología en la medida que no dejan de construir sentidos. Todo esto tiene que ver con la institución de la sociedad moderna, institución social que crea y recrea individuos, supuestamente autónomos, los mismos que incorporan estructuras y cierta rigidez de las instituciones modernas. La imitación de estos procedimientos pueden funcionar muy bien en función de la legitimidad social.

d) Es posible una teoría crítica de las ideologías siempre y cuando salgamos del ámbito de la ideología, sino caemos en la paradoja de Mannheim: La misma teoría de las ideologías termina siendo una ideología. La práctica ideológica no puede descubrirse desde adentro, tiene que pensarse críticamente desde un afuera. Para Paul Ricoeur, este afuera es la utopía. Se puede concebir, de una manera más radical, que los espacios del desborde de la ideología se dan en las desterritorializaciones de la praxis y las contradicciones de la historia efectiva.

Desde esta perspectiva, desde el horizonte que dibuja las hipótesis, vamos a abordar la crítica del discurso neoliberal, crítica de la ideología tardía del capitalismo.

Simson, en Estados Unidos, Nogaro, en Francia; y Einaudi en Italia, son los representantes y arquitectos reconocidos del discurso neoliberal [5]. Para ellos la historia económica puede diferenciarse entre economías centrales dirigidas y economías mercantiles. La última forma de organización económica expresa una manera de estructuración democrática, mientras que la primera desarrolla variantes de un sistema totalitario, que descarta el mercado regulador de precios. A los ojos de estos ideólogos, el mercado representa no solo el medio fundamental de garantía de una vida democrática, sino también es el símbolo de la democracia misma. Son, en cierto sentido, anti-keynesianos, pues no aceptan la intromisión del Estado en el mundo económico, salvo dentro de ciertos límites. Al interior de los cuales el Estado debe garantizar la existencia libre del mercado. ¿Contra quién? Entre otras cosas, contra la tendencia económica a la monopolización. La libertad de empresa y la libre competencia son los axiomas primordiales en el diseño de una normal política económica. Como derivación de estos axiomas, ven en los desfases del sistema monetario una enfermedad peligrosa al interior de un organismo macroeconómico. En este sentido, proponen regular la masa de dinero en relación directa a la masa de mercancías en circulación. En la medida que la inflación es un fenómeno consecuente de la tendencia económica al monopolio, combaten la inflación recurriendo al libre cambio. Para ellos la oferta y la demanda definen el espacio de realización económica. Es así que podemos decir que el neoliberalismo ve en la patología de la circulación las causas esenciales de la crisis. Para el discurso neoliberal, la economía boliviana, bajo el modelo de la acumulación estatal, es un caso más de la enfermedad económica provocada por la tendencia económica al monopolio y por las perturbaciones de orden circulatorio.

Haciendo una comparación entre el periodo definido por los años de la Revolución Nacional (1952-1964) y el periodo definido por la aplicación de políticas de shocks y de ajuste estructural, es visible la metamorfosis sufrida por parte de los antiguos proteccionistas, quienes se han convertido en los novísimos librecambistas. Las condiciones de esta metamorfosis se encuentran en la debacle del partido populista (MNR), en su división, en su conspiración interna, en su vocación golpista, en las prácticas clientelares, expandidas por el partido en lo ancho de la sociedad civil, en la descalificación ideológica, en su distanciamiento permanente del nacionalismo revolucionario, abriendo un vacío moral al interior, vacío que va a ser llenado por los billetes del empresario minero Gonzalo Sánchez de Lozada. En 1985 el partido no sólo va a ser comprado por el empresario, sino que es convertido en una agencia publicitaria de las trasnacionales. La ideología neoliberal va a ser aceptada sin mayores trámites ni discusión. Los movimientistas, que es así como se les llama a los partidarios del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), se convierten en los defensores recalcitrantes más celosos de la privatización de la economía. No es que manejen del todo la teoría neoliberal; empero, son sus más empedernidos practicantes. Después del paso por el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada no quedará nada de la economía nacional. Este espacio habría desaparecido o se habría trasnacionalizado. En otras palabras, el régimen económico forma parte de un afuera, del exterior a la nación, de la economía mundial.

Uno de los principales blancos de la nueva política económica es la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), entidad estatal centralizada y monopolio productor y comercializador de minerales. El ministro de planificación, del último gobierno de Paz Estensoro y el primero del periodo neoliberal [6], justificó de la siguiente manera el desmantelamiento de COMIBOL: Dijo que se busca atacar la excesiva burocratización de esta entidad, así como a la innecesaria centralización. Acompasando este discurso de libre cambio con una mezcla local, dijo también que se trata de asignar una mayor autonomía al poder de las regiones. Aunque estas elucidaciones tengan que ver más con la forma de decir que con el contenido del discurso, expresiones parecidas fueron contundentes al momento de la promulgación del decreto de descentralización de COMIBOL. Ciertamente la analogía entre la insidiosa discursividad criolla neoliberal y el discurso del libre cambio sale a luz. A pesar de tratarse de un decreto de descentralización, se acaba con el monopolio estatal de la minería, derrumbando con esto uno de los mayores símbolos de la Revolución de 1952.

Es evidente que una descentralización no significa necesariamente una desestatalización; las entidades descentralizadas pueden, a su vez, ser estatales. La relación no se establece en este sentido. La tendencia al monopolio de la economía capitalista marcha paralelamente a la centralización rigurosa de los mecanismos económicos: La dirección unitaria, la distribución orgánica del capital, el nucleamiento del poder de decisión, son procedimientos, que podría decirse, necesarios al desarrollo tardío del capitalismo. En este sentido, se puede establecer un paralelo entre una política descentralizadora y una política antimonopolista; en última instancia, entre el decreto de descentralización y la tendencia neoliberal de desmonopolización. Mirando así las cosas, no se puede reducir esta historia a sólo casos de pasos hacia la descentralización. En este punto el problema se abre a una doble variante: 1) ¿Hasta dónde se puede se puede hablar objetivamente de entidad nacional con autonomía económica?, y 2) ¿En un Estado unitario y no federal la descentralización no significa, en los hechos, una desnacionalización? No como paso, sino de manera inmediata.

Después de esta forma de descentralización, que en la práctica es, mas bien, una desnacionalización efectiva, los efectos de la desmonopolización de las empresas estatales, en una sociedad profunda, de un país periférico, son demoledores, desde la perspectiva de la autonomía económica. Con la destrucción de las empresas públicas el Estado ha perdido definitivamente su autonomía económica. En relación a la segunda pregunta, es indispensable revisar los alcances de la teoría de la dependencia. Esta teoría supone una estructura de la división del trabajo a escala mundial, que diferencia el centro de la periferia del sistema-mundo capitalista. El funcionamiento de esta estructura produce desarrollo en el centro y subdesarrollo en la periferia. ¿Cómo escapar de esta condena, cómo romper la estructura de la dependencia, cómo salir del círculo vicioso del desarrollo? ¿Es una ilusión el desarrollo nacional? ¿Es posible la autonomía económica en los Estados subalternos? En todo caso fue una apuesta de los gobiernos populistas latinoamericanos durante las décadas de los cincuenta y sesenta. No vamos a concentrarnos en los resultados empíricos, que son, mas bien, mezquinos y parecen repetir la historia de la dependencia por otras vías. Sin embargo, respecto de los cuales, se puede aludir a las inconsecuencias políticas. Es preferible evaluar las consecuencias teóricas de la teoría de la dependencia, aunque siempre teniendo como telón de fondo la experiencia de las políticas de sustitución de importaciones.

Uno de los connotados teóricos de la teoría de la dependencia es André Gunder Frank [7]. Es conocida su tesis sobre el sistema-mundo capitalista, dividido entre centro y periferia. También es conocida su tesis derivada de la dependencia. Se trata de una relación perversa entre centro y periferia. La estructura de la dependencia provocaría dos efectos opuestos, dependiendo del lugar desde donde se reproduce el sistema capitalista: Desarrollo y acumulación en el centro, subdesarrollo y desacumulación en la periferia. Esta estructura de la dependencia es la que explica la generación del subdesarrollo. Aunque el centro pueda extenderse y desprender otros centros derivados, atravesando la periferia, y estos centros recreen, a su vez, sus entornos periféricos, esta extensión y distribución repetida, de la misma división entre centro y periferia, no dejan de reproducir la estructura de la dependencia y sus consecuencias opuestas; empero, complementarias. André Gunder Frank privilegia una perspectiva, que hace hincapié en la esfera circulatoria. Entonces de las tres esferas del modo de producción capitalista, la relativa a la producción, la correspondiente a la circulación y la referida al consumo, destaca la segunda para poder dibujar el diseño del sistema-mundo capitalista. Uno de los libros más destacados, fuera del conocido sobre la teoría de la dependencia, es Lumperburguesía: Lumpendesarrollo [8]. Libro en el que muestra una de las estratificaciones claves de la estructura de la dependencia y del sistema-mundo capitalista, dividido entre centro y periferia, es la burguesía intermediaria de los países periféricos. Se trata de una burguesía subalterna, que renuncia a competir con la gran burguesía del capital financiero internacional, prefiriendo acurrucarse en su localismo, sin disputarle al capital internacional ni mercados ni inversiones. Hablamos de una burguesía mediatizadora y mendigante. Estrato dominante en su país periférico; empero la quinta rueda del carro en la maquinaria del capitalismo mundial.

La teoría de la dependencia de Gunder Frank ha sido criticada desde distintas posiciones. Desde posiciones marxistas ortodoxas, que no aceptan desplazamientos desde la teoría matriz a las nuevas categorías construidas, desde la perspectiva de la esfera circulatoria, dejando en una relatividad discutible la esfera de la producción. Quizás lo más interesante de este posicionamiento se encuentre en Heinz Dieterich, quien critica la visión inclusiva de Gunder Frank, al considerar éste como parte del sistema capitalista a las formaciones que instaura el colonialismo, las formas de explotación basadas en la servidumbre y el esclavismo [9]. Para Heinz Dieterich sino hay relaciones capitalistas en el trabajo, si no hay obreros, por un lado, y burgueses, por el otro, si no hay relaciones salariales, no se puede hablar de relación capitalista, menos de modo de producción capitalista, en sentido estricto. Aparentemente la teoría de la dependencia deja de lado la revolución teórica de Marx, circunscribiendo el análisis en la esfera circulatoria, en el espacio delimitado por de los recorridos circulatorios. Otro tema de discusión tiene que ver con la demarcación planetaria del sistema-mundo capitalista, entre centro y periferia. De acuerdo a cierta ortodoxia, el modo de producción capitalista, como sistema económico es único e indivisible; se manifiesta, desde su constatación hegemónica, en todo el globo terráqueo. Ocurre otra cosa si se plantea el problema desde la perspectiva de las formaciones económico-sociales nacionales. Desde esta óptica no se trata de un modo sistemático, no se trabaja de manera abstracta la reproducción social de las relaciones de producción, sino que, se plantea el problema de la especificidad de la realidad histórica. En este sentido, se puede encontrar más de dos (central y periférico) grupos de formaciones económico-sociales nacionales, dependiendo del particular proceso de articulación vivido por las conformaciones sociales. Se puede apreciar el aporte analítico e interpretativo de Gunder Franck, situando dos niveles de la teoría de la dependencia:

1) Desarrollar el análisis del capitalismo en su fase imperialista a partir de las relaciones de dependencia, constituida entre un centro y periferia del sistema-mundo capitalista.

2) Derivar en una tesis del desarrollo capitalista, que crea subdesarrollo y dependencia.

En relación a la segunda variante del problema, habría que discutir antes la relación entre lo nacional y el Estado. Porque de lo que se trata de saber es: ¿Qué es lo dependiente, qué es lo atrasado, el Estado o la nación o, quizás ambos? ¿Es el país como campo económico específico, compuesto por su distribución y sus estructuras determinadas? ¿Es el Estado compuesto por sus regímenes específicos, por áreas administrativas, estructurado jurídicamente como un equilibrio de poderes, articulado al ejercicio práctico de las dominaciones polimorfas? Yendo un poco más lejos, también podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Se puede hablar del atraso de la sociedad? Empero, si aceptamos esta pregunta, respecto a qué parámetros podríamos decir que una sociedad es atrasada. ¿Referentes económicos, sociológicos, culturales? ¿La solución metodológica es optar por indicadores de la estadística social? Como se puede ver, es discutible la misma tesis sobre el subdesarrollo, sobre todo cuando se comprende estos problemas, vinculados a las características descriptivas del sistema-mundo capitalista.

Al respecto, estrechando nuestra discusión a la relación entre Estado y nación, habría que escapar a la voluble comparación e inconsistente analogía que establece la equivalencia entre Estado y nación. Lo nacional no necesariamente es estatal, aunque el Estado adquiere una connotación territorial nacional. Por cierto, delimitar lo estatal y lo nacional no es una tarea de orden filosófico; es de orden histórico-político. Al tratarse de formaciones sociales, de estructuraciones sociales historiables, será la cartografía de sus espaciamientos y territorialidades, la delimitación de los campos de sus localizaciones, de sus propias expansiones, de la ubicación de sus conmensurabilidades, de sus volúmenes, de sus densidades y de sus movimientos específicos, lo que permitirá el cumplimiento de esta tarea geográfica. Sin embargo, la filosofía no está ausente en ésta distinción, ella se esconde en las definiciones, cuando se piensa en cierta forma de desciframiento histórico, cuando se ratifican las medidas, cuando se configuran los volúmenes, cuando se palpa las densidades, y cuando se ordenan los movimientos estratégicos. La filosofía se manifiesta desde el comienzo mismo; ¿Qué otra cosa es el criterio diferenciador de la limitación sino concepción filosófica de la separación, de la escisión? Después de estas consideraciones, deberíamos preguntarnos acerca de las configuraciones filosóficas de los discursos sobre lo nacional [10].

Rescatamos de este ensayo la crítica del proyecto neoliberal, que se comenzaba a implementar justo ese año, 1985. No como denuncia de la “conspiración neoliberal”, como acostumbra a hacer la “izquierda”, sino como crítica de la economía política, en su versión tardía, y crítica de la “ideología” neoliberal. Creemos que es válida su interpretación del neoliberalismo, como discurso en la fase financiera del ciclo del capitalismo vigente. Por otra parte, de la misma manera, estamos de acuerdo con la apreciación de las contradicciones en la concepción económica neoliberal, que al configurar un fundamentalismo de mercado, no logra ver, está muy lejos de hacerlo, que el capitalismo, lleva necesariamente al monopolio y a la centralización. Que, desde esta evidencia empírica, no existe el mercado perfecto, salvo en sus cabezas metafísicas, aunque se trate de una metafísica simple e instrumental. Así también apreciamos la lectura singular de la singularidad de la mezcla del discurso neoliberal en boga y la astucia criolla. Por otra parte, coincidimos, ahora, con la crítica de la ortodoxia marxista y la aproximación al aporte de la teoría de la dependencia.

¿Qué diferencias tendríamos, desde nuestras interpretaciones actuales y aquélla interpretación crítica? Fuera de lo que resulta obvio, fuera de nuestra incursión en el pensamiento complejo, qué además supone nuestra crítica del marxismo como una nueva “ideología”, retomando la paradoja de Mannheim, concebimos ahora el sistema-mundo capitalista como una complejidad de espesores y planos de intensidad, no solo del campo económico, sino de distintos campos, por así decirlo, y espesores, no económicos. Además ponemos en duda el poder seguir nombrando la realidad social, que se nombraba como histórica-económica-social-política, que denominamos, ahora, tejido espacio-tiempo-territorial-social, como sistema-mundo capitalista, pues la complejidad no es interpretable, desde las connotaciones del concepto capitalista, que sigue reducido o circunscrito a sus interpretaciones economicistas.

Otra diferencia que debemos anotar es respecto a nuestra posición actual sobre la descentralización y la autonomía. Después de la Asamblea Constituyente, en el mismo proceso constituyente, sobre todo, después de la restauración del Estado-nación, por parte del gobierno neo-populista, después de la preservación del centralismo, del desmantelamiento de la Constitución y, en este desmantelamiento, de la anulación efectiva del pluralismo autonómico, sobre todo, de las autonomías indígenas-originarias, queda claro, que, en aquél entonces, nos dejamos llevar por un debate no solamente “ideológico” contra los supuestos “autonomistas”, las oligarquías regionales, sino un debate falso. Los “autonomistas” no eran, ciertamente autonomistas, desconocían el concepto y los alcances teóricos de una gran tradición de las luchas libertarias, en el país, de las luchas descolonizadoras de los pueblos indígenas. Los del MAS decían defender la soberanía nacional contra el proyecto separatista de la oligarquía cruceña; sin embargo, se ha visto, en la historia política reciente, que el gobierno progresista es el mejor gobierno de la burguesía boliviana, en ella, de la burguesía agroindustrial cruceña. El gobierno está más cerca del prejuicio político de la burguesía que del concepto constitucional de Estado Plurinacional comunitario y autonómico. La autonomía pluralista y la descentralización son, políticamente, indispensables y coherentes, además de necesarios, en el sistema político de la democracia pluralista, de la democracia participativa, directa, comunitaria y representativa.

Estas anotaciones las tenemos en cuenta cuando evaluamos la crítica de Joseph E. Stiglitz a la globalización, en su versión y hegemonía neoliberal. El premio nobel de economía efectúa una crítica honesta, transparente, a partir de su experiencia como asesor presidencial, como vicepresidente del Banco Mundial y de sus debates con el FMI. Sus descripciones del comportamiento, de las conductas, de las concepciones dogmáticas y fundamentalistas del FMI son elocuentes e ilustrativas. Además de ofrecernos anécdotas, que expresan persuasivamente lo que ocurrió y sigue ocurriendo, en lo que respecta a la repetición recurrente de recetas abstractas y generales, como salidas monetaristas a la crisis económica, a la crisis financiera, que, en realidad, de acuerdo a Robert Brenner, es crisis de sobreproducción [11]. Las anécdotas nos muestran figurativamente la estructura de poder del FMI.

El libro de Stiglitz El malestar de la globalización [12] es una de las pocas críticas fuertes, solventes, descriptivas, económicas y políticas, a las políticas neoliberales aplicadas globalmente, como si se tratase de un mundo homogéneo, equivalente a la imagen abstracta de la teoría económica neoliberal; teoría simple y circunscrita. Stiglitz no es radical, no se le puede atribuir una “ideología” de “izquierda”, a pesar de sus ponderaciones del Estado de bienestar, del mismo papel del Estado, que lo aproximan, mas bien, a la herencia keynesiana. No deja de considerar algunos aspectos positivos del FMI, también del dogmatismo neoliberal, ciertamente, en el contexto completo de sus desaciertos. Esta posición en la distribución del campo económico, del campo de la teoría económica, así mismo de la “ideología”, lo hace sugerente. Podemos decir que se trata de una crítica desde adentro, desde la barriga del monstruo, el sistema-mundo capitalista, sobre todo, desde sus mallas institucionales, convertidas en el orden mundial de las dominaciones polimorfas. Esto lo hace más sugerente todavía. Stiglitz es un profesional, un investigador, un economista, que cree en el desarrollo, que cree que es posible el desarrollo; que lo que ha fracasado no es el desarrollo o la posibilidad del desarrollo, sino las políticas impuestas por el FMI, por las potencias dominantes, que han inducido o, mejor dicho, impuesto como obligaciones y mandatos, ajustes estructurales a los países “en desarrollo”. Países que pedían apoyo del FMI, para obtener financiamiento, que pueda cubrir su déficit, su carencia de capitales, en momentos agudos de crisis económicas y sociales concretas. Estas políticas neoliberales, basadas en la privatización, la liberación de los mercados y la austeridad, mas bien, habrían, en la mayoría de los casos, empujado a la recesión; es decir, al ahondamiento de la crisis, arrastrando a las mayorías de las poblaciones a la miseria, ensanchando abismalmente la diferencia entre ricos y pobres; empujando a los “países en desarrollo” al subdesarrollo, en vez de lograrse el desarrollo.

No nos interesa, ahora, disentir con esta concepción desarrollista; esta crítica de la economía política del desarrollo la expusimos antes [13]; lo que importa es sacar las consecuencias analíticas, críticas, teóricas y políticas, de la crítica de Stiglitz, de sus descripciones; pero, también, en este caso, de sus conclusiones. Queda claro que no compartimos sus premisas, su paradigma teórico. Pero esta no es la discusión, sino la relativa al balance efectuado, por el autor, de la globalización, de las políticas de ajuste estructural, de sus lamentables logros, del FMI. Importa esto no solo por las connotaciones teóricas y políticas, sino también porque el FMI persiste, en la actualidad, con la misma receta, no solo en los países periféricos, sino también en países europeos, a los que empuja al abismo.

Desde nuestra lectura, ordenando por categoría sus conclusiones, diremos que la conclusión más significativa es la que califica de colonial la relación del FMI con los países usuarios “en desarrollo”. La segunda conclusión en categoría, nos parece que es la que califica la concepción operativa del FMI como fundamentalismo de mercado. El creer que todo lo resuelve el mercado, la mano invisible del mercado, cuando un mercado perfecto no existe, sino, mas bien, se requiere en ciertas áreas la participación del Estado. La tercera conclusión, tiene que ver con la ineptitud de los profesionales, especialistas, doctores, del FMI, de entender cómo funciona el mundo efectivamente, de cómo funcionan, en concreto, las economías de los países. De reducir al mundo y a los países a un cuadro simple y abstracto de oferta y demanda, de equilibrio macroeconómico. La cuarta conclusión, es que la burocracia del FMI ni se inmuta ante los sucesivos fracasos de sus políticas implementadas; mas bien, persiste tercamente, segado por una prepotencia altanera, que supone su inefabilidad. La quinta conclusión, que no por quinta no es la menos importante, sino, hasta quizás la más importante, es la que devela que al FMI no le interesan para nada sus efectos destructivos en las sociedades, en su cohesión social, y en la gente; no le interesan los estragos que causa en la gente sus políticas.

Estas cuatro conclusiones son cardinales en la comprensión e interpretación del orden mundial, que nombra como globalización, que funciona a partir de instituciones internacionales, distanciadas de las sociedades concretas y de los pueblos, apegadas a su mundo de representaciones, divorciadas del mundo efectivo. Interpretación, a la que no le vamos exigir radicalidad, sino que apreciamos por su honestidad, transparencia; sobre todo, por describir un cuadro ilustrativo e iluminador de las fuerzas dominantes en el mundo, de cómo funcionan, de cómo operan, a partir de qué relaciones de dependencia y subordinación, respecto a estados, que deberían ser soberanos; empero, el FMI no los considera, en el fondo, como tales. Sino los reduce a usuarios obedientes.

En un ensayo anterior sacamos una consecuencia de la lectura del libro mencionado de Stiglitz [14], dijimos que para él la globalización como tal no se llega a dar, debido a las desigualdades desatadas por estas políticas dogmáticas neoliberales, debido al truncamiento, en la práctica, del desarrollo deseado por y para los “países en desarrollo”. Que la globalización como tal corresponde a lograr el desarrollo, en sus distintas transiciones singulares, dependiendo de los contextos de cada país. Esta consecuencia tiene alcances de connotación teórica y política fuerte. Es posible la globalización, que nosotros nombramos como integración, es posible una gobernanza mundial, aunque él siga suponiendo la necesidad de los Estado-nación, en tanto que nosotros hablamos de la gobernanza mundial de los pueblos. A condición de que los organismos internacionales operen como apoyo, no como maestros, ni como déspotas, nuevos colonialistas, rescatando los saberes de los países, apoyando la formación de consensos en las transiciones.

Claro que la gran diferencia con la interpretación crítica de Stiglitz radica en su concepción positiva del capitalismo, que considera, aunque no lo exprese abiertamente, como realidad, en el sentido de naturalidad, y nuestra interpelación crítica y activista contra el capitalismo, el sistema-mundo capitalista, en todas sus formas y variantes, sus formas dominantes financieras, su forma especulativa adquirida y su exacerbada desmesura extractivista. Pero, como hemos dicho antes, no se trata de entablar esta discusión, bastante conocida, sino de ponderar el alcance y la irradiación de una crítica desde la teoría económica, de herencia keynesiana, desde la experiencia, desde la apreciación de realidades concretas de los países, sus economías y sus dramas.

Stiglitz distingue los papeles del BM y del FMI. El primero, encargado de promover el desarrollo de los países “en desarrollo”; el segundo, encargado del equilibrio económico mundial. Algo que no sabíamos, a ciencia cierta, que esta distinción era notoria a ojos de los miembros de estas instituciones, del mismo Stiglitz, sobre todo, de las repercusiones diferenciales del ejercicio de ambas instituciones. Nos hemos acostumbrado a meterlas en la misma bolsa. Distinguirlas, para nosotros, no quiere decir que el BM escaparía a la crítica, sino que es indispensable, desde nuestro punto de vista, no solamente en el sentido de comprender la complejidad, sino comprender la composición diferencial del orden mundial, de su malla institucional, de sus dispositivos económicos y financieros. No hacerlo equivale a reproducir dogmatismo, por el lado de la “izquierda”, como los fundamentalismos expresados, por el lado de la “derecha”. En pocas palabras, es no solamente apostar a abstracciones desoladoras e inútiles, sino, lo peor, a derrotas.

Del texto citado de 1985 nos interesa también la crítica de la metafísica de la economía. En aquel entonces hablaba de metafísica en el sentido de la crítica de Jacques Derrida a la metafísica, a la historia y a la semiología; metafísica que se hacía carne, por así decirlo, en las formas de dominación transversales, que nombraba como falo-centrismo, fono-centrismo y logo-centrismo. La metafísica, entonces, era concebida por Derrida y por nosotros, compartiendo la tesis, como vaciamiento, como narrativa civilizatoria dominante, que excluye la escritura como danza, como gramatología, como diferencia, como espesor, como cuerpo.

Cuando calificábamos al discurso neoliberal como parte del discurso metafísico de la economía, discurso, que nos parecía y nos sigue pareciendo como más elemental, en comparación con otras teorías económicas, por así decirlo, burguesas, aunque ya no compartimos estas reducciones, sin necesariamente considerar al marxismo, que, en efecto, tiene en común mucho con estas teorías, su economicismo, su determinismo económico, lo hacíamos, en el sentido definido más arriba.

Al leer a Stiglitz, en El malestar de la globalización, recordaba este texto de 1985, pues el autor de El malestar nos muestra ilustrativamente y anecdóticamente la manifestación patente de esta metafísica. En el texto mencionado, Crítica del discurso metafísico de la economía, se consideraba, además, la relación de metafísica y violencia, retomando al ensayo de Derrida sobre Emmanuel Levinas, de su ontología critica de la violencia [15]. Es esta tesis la que desarrolla Derrida; la metafísica, como él la concibe, solo es posible por la efectuación demoledora de la violencia; violencia del sigo contra el símbolo, violencia del logos contra el acontecimiento, violencia del hombre contra la mujer. Violencia del poder contra el cuerpo. Aunque suene todo esto muy teórico, nos parece esta interpretación consecuente, pues hace hincapié en la relación profunda, concomitante, entre economía y violencia; es decir, en el ejercicio y efecto del poder, despliegue de las dominaciones efectivas y polimorfas.

En lo que respecta a la Crítica de la economía generalizada, concebimos la complejidad, sinónimo de realidad, en este tejido, el sistema-mundo capitalista como una integración articulada y dinámica de múltiples economías políticas, que valorizan lo abstracto y desvalorizan lo concreto, sustentando plurales fetichismo y lo que podemos denominar la “ideología” generalizada. En consecuencia, lo que se nombra como capitalismo, no puede explicarse desde el plano de intensidad económico, sea la teoría que sea la que interpreta, pues este plano de intensidad económico no es autónomo, ni está autonomizado, como supone la ciencia económica, también la sociología, sino que se encuentra articulado a múltiples planos de intensidad y espesores de intensidad. Este desplazamiento hacia la perspectiva de la complejidad, implica interpretaciones complejas del tejido social presente en la simultaneidad dinámica.

Notas

[1] Raúl Prada Alcoreza. Filósofo, sociólogo y escritor boliviano. Profesor-investigador en la Universidad Mayor de San Andrés. Participa activamente en la política boliviana y en organizaciones y movimientos sociales. Es miembro de ‘Comuna’, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas y asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Se desempeñó como miembro de la Asamblea Constituyente boliviana de 2006-2007 y como viceministro de Planificación Estratégica del Ministerio de Economía y Finanzas.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Arqueología del discurso económico A propósito de la metafísica de los valores: La crisis económica y las medidas políticas. Episteme; La Paz 1985.

[3] Se hace referencia al periodo que arranca el año 1985 y llega al 2003, quizás continúe incluso el año 1985, durante el gobierno de transición. El primer gobierno neoliberal es el de Paz Estensoro (1985-1990), cuando se da comienzo a las políticas de ajuste estructural con el decreto ley 21060.

[4] Cornelius Castoriadis dice que: El objeto de la sublimación, aquello en lo que se inviste la energía en cuestión no es y no vale más que en y por su institución social, casi siempre efectiva, llegado el caso virtual. Equivale a decir que la sublimación es la investidura de una representación cuyo referente ya no es un objeto privado sino un objeto público, o sea, social. Cornelius Castoriadis: Sujeto y verdad en el mundo histórico social. Seminarios 10986-1987. La creación humana I. Fondo de Cultura Económica 2004; México. Pág. 120.

[5] Aunque actualmente se habla mucho de Milton Friedman, sin embargo Simson, Nogaro y Einaudi fueron los organizadores del discurso neoliberal. Ver Historia de las doctrinas económicas de Karataev Ryndinay Stepanov. Tomo II. Ciencias Económicas y Sociales. Editorial Juan Grijalbo 1964; México. Pág. 1149.

[6] El ministro no era nada más ni nada menos que el mismísimo Gonzalo Sánchez de Lozada.

[7] Ver de André Gunder Frank Latinoamérica: subdesarrollo o revolución socialista. http://www.filosofia.org/rev/pch/1968/pdf/n13p003.pdf. También, del mismo autor, ver Capitalismo y subdesarrollo en América Latina. http://www.archivochile.cl/Ideas_Autores/gunderfa/gunderfa0006.pdf.

[8] Ver de André Gunder Frank Lumpenburguesía: Lumpendesarrollo. Dependencia, clase y política en Latinoamérica, 1972. Lumpenburguesía: Lumpendesarrollo. Dependencia de la clase política en Latinoamérica. http://amauta.lahaine.org/?p=1680.

[9] Heinz Dieterich: Relaciones de producción capitalistas en América Latina. Cultura popular 1978. México.

[10] Ver de Raúl Prada Alcoreza Arqueología del discurso económico. A propósito de la metafísica de los valores: La crisis económica y las medidas políticas. Episteme; La Paz 1985.

[11] Ver de Raúl Prada Alcoreza Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

[12] Ver de Joseph E. Stiglitz El malestar de la globalización. Debolsillo. Barcelona 2015.

[13] En Crítica de la economía política generalizada. Ob. Cit.

[14] Ver Arenas deleznables, suelos inconsistentes. Dinámicas moleculares; La Paz 2016. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/arenas-deleznables-suelos-inconsistentes/.

[15] Jaques Derrida: Escritura y diferencia. Anthropos. Barcelona.

Fuente: Bolpress

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