Escalofríos en la casa europea

Luis Rivas
Periodista; excorresponsal de TVE en Moscú y Budapest. Dirigió los servicios informativos del canal de TV europeo EuroNews

Europa ha vivido un fin de semana de escalofríos tras los resultados de las elecciones presidenciales en Austria, el referéndum en Italia y la crisis de Gobierno en Francia.

Una Europa resignada al fatalismo, herida por el Brexit y noqueada por su ciega apuesta por Hillary Clinton ante Donald Trump, estaba resignada a que Austria fuera el primer país desde la II Guerra Mundial en aupar a la Presidencia a un candidato del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), una formación fundada por elementos nazis en 1956.

El FPÖ de Norbert Hofer ya no es considerado como un defensor de las tesis fascistas de sus creadores, pero en esta Europa fragilizada e impotente para frenar la revuelta de sus ciudadanos representa al defensor de las tesis antiliberales, antiélites y antieuropa que campan por el Viejo Continente.

La victoria del candidato Verde, Alexander Van der Bellen, fue recibida con alivio por el ‘establishment’. Austria salvaba, por escaso margen —53% contra 47— un primer capítulo en su batalla contra el llamado populismo nacionalista. El combate de vuelta serán las elecciones generales de 2018. Esa alegría no puede ocultar que el Gobierno de coalición austriaco, formado por socialdemócratas y cristianodemocratas, esté llevando a cabo una política firme contra la inmigración, adaptándose a los temores de una ciudadanía que podría desequilibrar la balanza dentro de un año. Por el momento, el país entroniza en la presidencia al hijo de emigrantes soviéticos, conocido en su infancia como Sasha, y descendiente de un aristócrata ruso y de una estonia que huyó del estalinismo.

La ‘sorpresiva’ decisión de Viena es explotada por los europeístas, que temían un nuevo repliegue hacia el Este del corazón del Continente, tras la actitud de los cuatro países del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia), refractarios a la política de inmigración de la UE y cada día más aferrados a la defensa de sus tradiciones y fronteras.

Como en Austria, en la mayoría de los países europeos, una división sociológica del electorado se dibuja en cada cita electoral. Los considerados populistas atraen la adhesión de las zonas rurales, de los obreros, de los empleados menos diplomados y del voto masculino; las mujeres, el voto urbano y los pensionistas optan por el ‘statu quo’ y mantienen una esperanza, aunque crítica, en la UE. Para los europeístas convencidos, el alivio del voto austriaco duró solo unas horas. En Italia, una suma heteróclita formada por independentistas de la Lega Nord —Liga Norte—, partidarios del expresidente Silvio Berlsconi, extrema izquierda, extrema derecha y, especialmente, los populistas del Movimiento 5 Estrellas, abofeteaba en las urnas al primer ministro de centroizquierda, Matteo Renzi.

El joven político italiano que llegó al poder sin ser elegido y solo por las maniobras que propicia el sistema italiano, presentó la dimisión de forma inmediata. Renzi pretendía, ante todo, clarificar el proceso político de su país: reducir el poder del Senado para evitar el bloqueo de las iniciativas aprobadas por la Cámara de diputados. Desde 1948, la Constitución italiana otorga a los parlamentarios un poder de veto que refleja el temor a un Gobierno fuerte heredado de 15 años de fascismo mussoliniano.

Pero no es solo eso lo que ha derrotado a Renzi. Los pequeños partidos tienen tal poder en Italia que son capaces de derribar gobiernos aunque su representación popular sea mínima. Renzi había conseguido hacer aprobar una ley electoral en sus primeras reformas que otorgaría una prima al primer partido en votos en un sistema mayoritario a dos vueltas. Un remedio a los 63 gobiernos que ha conocido el país en 70 años. El presidente del Estado, Sergio Mattarella, debe decidir si convoca elecciones o se vuelve a buscar un Gobierno de tecnócratas o de independientes. Unas elecciones anticipadas tienen como favorito al M5 de Beppe Grillo, que mezcla su antieuropeísmo con sus denuncias a un sistema que considera corrupto.

Tras un fin de semana de escalofríos, la Europa afectada por la gripe populista dirigía su mirada hacia otro país alpino. El primer ministro francés, Manuel Valls, dimitía como jefe de Gobierno para presentarse como candidato a las elecciones presidenciales de 2017.

La decisión de Valls era esperada desde hace tiempo. El ‘premier’ solo retardó su anuncio a la espera de que François Hollande tirara la toalla y desistiera de concurrir a su reelección. Valls deberá primero presentarse a las primarias del Partido Socialista (PSF), en el poder, y enfrentarse a los candidatos a la izquierda de su formación. Después, al nuevo aspirante del centroderecha, François Fillon, al social-liberal, Emmanuel Macron, y a Marine Le Pen, líder del Frente Nacional.

Las consultas en Austria e Italia son solo un aperitivo de lo que Europa vivirá el próximo año. En Francia, con Valls o no como candidato, la final de las presidenciales la disputarán Le Pen y Fillon, según todos los sondeos. Muy difícil tiene la izquierda pasar la primera vuelta. La herencia de los años Hollande —ocho de cada diez franceses rechazan su mandato—, unido a las divisiones irreconciliables entre corrientes que se oponen a socialdemócratas, a socialistas antiausteridad, a izquierdistas anti-UE y a verdes, restan opciones de poder competir contra conservadores y nacional-populistas.

Alemania también pasará el test electoral que juzgará a Angela Merkel y medirá el peso de los antieuropeos y antiinmigración de Alternativa para Alemania (AfD). Los socialdemócratas, hasta ahora aliados con los cristianodemócratas de Merkel, tienen también escasas opciones de desmarcarse de la política que han apoyado dentro de la ‘gran coalición’.

Más de media Europa juzga a Merkel como la causante del repliegue nacionalista por su generosa política inmigratoria. También ella ha debido recular y propone ahora medidas restrictivas que hace unos meses podrían haber sido calificadas de populistas. Criticada dentro de su propio partido y por sus aliados cristiano-sociales de Baviera, la canciller ha comprendido que Europa se juega mucho en su país.

Por si fuera poco, los comicios en Holanda, donde el partido anti-Islam de Gert Wilders encabeza los sondeos, indicará también el sentir de un Continente a la deriva. La insurrección nacionalista contra las promesas de una Unión Europea sin atractivos y sin fuerzas para generar esperanzas se extiende por el Continente. Frente a la globalización vendida como una oportunidad, frente al multiculturalismo y el universalismo, los países europeos se refugian en sus tradiciones, se enorgullecen de sus raíces y se aferran a la transmisión de valores que parecían borrados por la modernidad.

Lo peor, según muchos analistas, es que el concepto que sale más perjudicado es el de democracia, a la que se identifica ahora con el liberalismo desenfrenado y con la globalización que ha destruido el tejido industrial de regiones enteras en Europa.

En ese sentido, Andréi Kortunov, director del Consejo Ruso para asuntos Internacionales, manifestaba recientemente en París que “existen dos líneas de demarcación entre los países: la que separa las democracias de los países autoritarios, y la que opone el orden al caos”. “Para los rusos”, dice Kortunov, “la segunda propuesta cuenta más. La amenaza del caos nos inquieta más que la del autoritarismo. Y esta visión es cada día más compartida en el mundo”. Prueba de que la opinión que viene de Moscú cada día cuenta más es el protagonismo que Rusia tiene en el debate político interno de cada país comunitario. Desde Hofer, en Austria, pasando por Fillon y Le Pen, en Francia, y la Liga Norte, en Italia, hasta la formación Alternativa para Alemania, todos piden el restablecimiento de relaciones de cooperación con Rusia. Una bofetada popular a las decisiones tomadas en Bruselas por una élite política que asiste atónita y paralizada a la “rebelión de los pueblos”.

Fuente: Sputnik News

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