Cine, ‘fast food’ y celulares

César Hazaki
Psicoanalista y escritor. Editor de Topía Revista

¡Qué ojos grandes que tienes abuelita!

Las grandes producciones de Hollywood están realizadas en 3D, una no tan nueva propuesta tecnológica [1]. Estos films baten todos los records de taquilla e indican una tendencia que modifica  la manera de ver películas. No es la primera vez que esto ocurre —recordar el pasaje del cine mudo al sonoro— y tampoco será la última: ya hay nuevos desarrollos donde se está probando incorporar los olores al cine (4D).

Los films 3D logran que las acciones se aproximen al espectador,  hacen  aquello que los primeros espectadores temieron en las proyecciones de los hermanos Lumiere: que el tren filmado saltara de la pantalla y los atropellara,  para aquellos pioneros  las imágenes en movimiento podían tener  consecuencias impredecibles.

No es el caso del espectador actual entrenado en mil y un avatares de las imágenes en movimiento. Las nuevas tecnologías digitales no sólo cambiaron el cómo se filma. También cómo llega la imagen al espectador, lo cierto que entre el sonido envolvente y las imágenes en 3D el volumen espacial que ocupa un film es cada vez mayor y busca incorporar todos los sentidos del espectador. Claro que la tecnología actual permite que el espectador también produzca imágenes y sonidos  con su celular, es decir la película va perdiendo la hegemonía absoluta que tenía en la emisión de imágenes y sonidos. El ritual del cine está cambiando.

¡Qué boca grande que tienes abuelita!

Fue la televisión la que logró llevar la cultura capitalista a ser constituida como sociedad del espectáculo global —donde la vida debe imperiosamente convertirse en un espectáculo [2]— trajo nuevas costumbres en la forma de ver cine. Lo que en principio fue una amenaza: que la gente por ver TV en casa dejara de ir al cine, se convirtió en la llave de un sinfín de negocios en las salas cinematográficas. Veamos la genealogía de cómo la forma en que se veía televisión en la casa cambió la vida dentro de los cines.

Para ver este proceso debemos mirar cómo se fue transformando la cultura en Estados Unidos —cuya hegemonía la hace usina de la sociedad del espectáculo— en particular cómo se desarrolló la televisión y cómo  esta cultura de la TV se fue expandiendo por todo el orbe. Seguimos aquí las ideas de Raj Patel [3]. En los años 50 por cada nueve familias una solamente tenía televisor en sus casas, en los 60 nueve de cada diez familias tienen televisor. Esta revolución de la imagen: llevar el espectáculo al living de cada casa, transformó los ejes de la vida familiar. El evento televisivo logró transformarse en el centro de atención familiar. Se verá televisión masivamente a la hora de cenar.

Las familias rápidamente tomaron la costumbre de comer mientras se miraba una serie. Todos juntos miraban la pantalla mientras comían. Se pasó a un encuentro familiar dominado por la TV, pese a las recomendaciones de los especialistas  que instaban a separar la cena de los programas de TV. La programación fue imponiendo condiciones a esos televidentes, así de comunicarse y mirarse entre sí, mutaron  a ser espectadores de lo que emitía  la TV.

Esto fue ágilmente comprendido por la industria de la comida -venía de producir enormes cantidades de comida enlatada para las tropas que peleaban contra el nazismo- y que necesitaba imperiosamente, dado el volumen de negocios que implicó para la industria de la alimentación la guerra,  abrir nuevos mercados.  Para ello inventan la comida congelada y  se lanzan a promoverla, eligen como eje  de sus campañas a las amas de casas. Las bombardean publicitariamente con que cocinar ya no es lo importante, que se consume mucho tiempo. Les insisten en el tiempo que van a ganar al sólo tener que calentar la comida.

Como el espectáculo estaba dentro de la casa era necesario prestar toda la atención al mismo, el dejar de preparar la cena se las convoca a tener la libertad de ver más TV. Aparece por ese entonces una marca de comidas congeladas que hará época: TV Dinner. Para navidad aparece TV Brand Frozen Dinners (cenas congeladas para ver televisión) que fue un gran éxito. Se suelda así la un nuevo modo de vivir el encuentro familiar: en la cena lo importante es ver TV y  la comida debe subordinarse a espectáculo televisivo.

Dentro de las revistas femeninas de la época se insiste en que los niños revoltosos, con el incentivo de mirar televisión, pueden comer lo que indique su madre sin oponerse, era tan poderoso el espectáculo en casa que hasta podía disciplinar a los niños. La TV fue la ritalina de la época.

En un largo y sistemático proceso que incluyó muchos cambios tecnológicos (frezeer y heladeras voluminosas en el hogar, por ejemplo) ver televisión implicó dejar la comida elaborada como ritual familiar.  Se privilegió  la imagen que el televisor emitía.

De esta forma cambió el orden y la comunicación en la mesa al incorporarse a la TV como integrante de la misma. También se comenzó a comer comida industrial, pre elaborada fuera del hogar, a la que solo había que calentar. Acá podemos ubicar el inicio del proceso que después  aprovechó y expandió McDonals con su cajita feliz.

Roto ese ritual de la cena preparada en la casa y el hablar entre los integrantes de la familia se empezó a comer rápido y sin prestar atención a qué se digería. También marcó la agenda sobre qué hablar: lo que mostraba la TV. Ya nada sería lo mismo,  lo importante fue ver TV.  El aparato se hizo dueño de la vida familiar y aniquiló el evento cena con conversaciones familiares, era la TV la que hablaba. Los comensales se fueron transformando en espectadores y la TV en el tercer padre [4] (Proceso que ha ido avanzando: hoy cada integrante de la familia come solo delivery en su habitación mirando televisión y conectado a internet). Aunque parezca increíble esto permitió otros negocios en las salas de cine.

¡Qué manos más grandes que tienes, Abuelita!

El cine preservó para sí la idea de lugar ritual dedicado a lo sagrado, que requería la concentración del espectador. Al comenzar la proyección se debía respetar la oscuridad para no romper la ceremonia colectiva, cada individuo concurría al cine para participar de una comunidad que enlazaba a los espectadores.

Pero la moda de comer rápido para seguir mirando la TV  le abrió  las puertas a otro negocio dentro del cine: beber y comer. Esto fue inteligentemente aprovechado por los dueños de las salas de cine. Captaron esa costumbre hogareña de romper el ritual de la cena para mirar televisión y comer fast food. La aplicaron  en sus salas: habilitaron la venta de comidas dentro del cine.

Así comenzó algo imposible de parar: los jóvenes espectadores se lanzaron durante la función a comer como si estuvieran en su casa ante el televisor. Baldes de pochoclo, gaseosas, golosinas, hamburguesas y panchos son ofertas que se realizan con la compra de la entrada. Ya no sólo se vende una entrada, con ella van combos de bebidas y comidas.

Hoy en las cadenas cinematográficas se encuentran: buenos asientos, buena imagen y excelente sonido. También al espectador de la butaca vecina  masticando pochoclo [5] y bebiendo una gaseosa.

Más cambios  seguirán rompiendo el ritual de oscuridad y concentrado silencio durante la función. Vienen  de la mano de los usuarios de teléfonos: cada vez son más los celulares que se encienden en diversos lugares de la sala irrumpiendo la proyección, se resisten a apagarlo, a dejar de contestar un mensaje de texto durante la función. Están atentos a  dos pantallas: la película y la propia.

¡No vayas a Las Vegas, Caperucita!

Cada año se realiza en Las Vegas una convención —Cinemacom— de los propietarios de cadenas de proyección de cine de los EE. UU. En la misma se discuten las  maneras de hacer más rentable el negocio. Allí se planteó el tema del uso de los celulares durante la función de cine. Dos propuestas fueron las más debatidas y las que parecen tener viabilidad en un futuro cercano. La presidente (Amy Miles) de la cadena de exhibición de películas más grande de EE. UU. promueve el uso de los celulares en el cine. Está convencida de que la relación hiperconectada entre los jóvenes y sus smartphones no tiene vuelta atrás y que se intensificará a medida que los aparatos se hagan más sofisticados quiere revisar las normas que prohíben su uso. Por eso busca la forma de permitir el uso de los celulares en el cine.

Según el diario La Nación —12 de mayo de 2012— “Para Amy Miles hay toda una generación que dejó de ir al cine porque no pueden utilizar libremente esos aparatos y por eso se sienten esposados”.  Varios exhibidores acordaron con el diagnóstico dado que los cambios subjetivos y sociales que observan tratan de aprovecharlos para sus negocios, que hoy es mucho mayor que vender entradas. Estos empresarios aspiran a ganar clientes y expandir sus ventas, si esto no ocurre se encienden las alarmas y buscan maneras de solucionarlo.

En la convención  se trató de implementar una estrategia para hacer volver a las salas cinematográficas a esos jóvenes que —por no soltar su hiperconectividad permanente, no quieren apagar su celular— no va al cine, pese a ser éste uno de sus entretenimientos preferidos.

Esto nos indica  que estamos en presencia de un nuevo tipo de espectador que impondrá condiciones en la manera ver cine. Su  deserción en masa del cine es un síntoma grave que los exhibidores deben resolver rápidamente, la fuga del cine de los jóvenes hiperconectados amenaza el negocio. No se puede perder este cliente que es un baluarte del sistema (debemos recordar que ya se habla de la reactivación de la economía yanqui por la extraordinaria venta del Iphone 5 de Apple).

Cinemacom trata de  recapturar esos adolescentes.  Por eso buscan soluciones al asunto: en una quieren realizar una pecera de aislamiento —una especie de sala de fumadores— donde quienes estén dentro puedan usar el celular sin restricciones. La otra es dar funciones especiales, a mayor costo, para quienes quieren usar el celular durante la función.

Es decir se trata de hacerlos sentir que están como en casa haciendo zapping entre la película, los mensajes de texto y las llamadas de sus amigos ¿Si ya tienen el permiso de comer fast food qué inconveniente hay en que usen el celular para ser provistos de mensajes o llamadas por vía de la placenta mediática? Como su nombre lo indica: la placenta mediática —esa envoltura de imágenes y sonidos que el hombre ha construido para expandir la sociedad del espectáculo— está presta y solícita las veinticuatro horas para alimentar al joven hiperconectado.

Como se observa el refrán popular dice que: “todo lo que ocurre en Las Vegas, queda en Las Vegas”, no será así en este caso, Cinemacom trae ideas  que se expandirán a todo el mundo.

¡Qué celular luminoso que tienes!

Freud hablaba de los órganos auxiliares para referirse a los avances tecnológicos que el hombre se colocaba y que lo hacían sentir un dios, decía que le costaba acostumbrarse  a las prótesis tecnológicas. Creemos que no es lo que ocurre con el celular.

El smarthphone hace actual el modelo cyborg  propuesto por Donna Haraway en su Manifiesto del año 1985: el cyborg es un hibrido de máquina y hombre, un organismo cibernético,  una persona conectada a una  red. Creemos que ya no se trata de  una ficción,  el celular  es ya parte del cuerpo del hombre [6]. Es decir una profundización de la relación entre el corpus tecnológico actual y el cuerpo de las personas. Este cuerpo mediático trae una nueva forma de subjetivación. Una nueva modificación del hombre, donde la mutación es por la incorporación de la tecnología web 3.0 y sus máquinas de comunicar que se introducen en el cuerpo y lo modifican.

Hoy el cyborg  —unión  del humano con la máquina de comunicar más pequeña y potente inventada no puede sostenerse sin esas múltiples aplicaciones de la hiperconectividad provistas por los smartphones. Desconectarlo u olvidarlo le genera una ansiedad muy primaria, como humano se precariza y con el celular vence la incertidumbre, así se constituye un cyborg, un Popeye que comió espinaca y se cree seguro y listo para cualquier hazaña comunicativa.

Con el celular incorporado a su cuerpo realizando una unidad más completa del cuerpo mediático que comenzó con la TV, se profundizó con la revolución informática y que alcanza unas novedosas y profundas dimensiones con la revolución de la telefonía  celular [7] es posible que la placenta mediática sea requerida en todo momento y lugar.

Los celulares son el cordón umbilical del modelo cyborg: cada vez más pequeños y silenciosos. Adosados al cuerpo, se hacen parte del mismo, integración hombre–máquina que se  ampliará sin pausa con la infancia digital que estamos viendo crecer que será,  sin duda, mucho más cyborg.

Los cyborg hiperconectados son belicosos no admiten restricciones a su afán comunicativo. Por eso el cine y el teatro son cada vez más un campo de batalla entre los que no aceptan los celulares prendidos y quienes no pueden apagarlo. Estos últimos al olvidar apagarlo un típico  acto fallido imponen condiciones a los otros.

Para comerte mejor: el celu-espectador

En el cine actual, una vez más, el modelo televisivo se hace presente. El “celu-espectador” participa de la función con el modelo que practicó frente al televisor: el zapping. Va de la película al mensaje de texto recién recibido y viceversa. Es decir que su atención es menos concentrada y requiere, por lo mismo, de varios estímulos simultáneos. Haciendo la salvedad de que es más fiel a su conexión por celular que al ritual de la pantalla.

Ya no irrumpe con el sonido dado que los aparatos tienen un vibrador que pegado al cuerpo avisa de la llamada o el mensaje pero trata de imponer nuevas reglas con respecto al encendido y apagado de luces. Los nuevos celulares con luz leds tienen un brillo tan intenso que es imposible omitirlos. El espectador con su celular prendido no es anónimo, no pretende pasar desapercibido tampoco quienes comen pochoclo de un gran balde y está dispuesto a romper la liturgia que conocemos hasta ahora en el cine. En su prepotencia de cyborg poco le importan los reclamos de los humanos espectadores (para él no califican dado que son restos arqueológicos de la humanidad pretérita) por eso no quiere la oscuridad completa, no quiere estar atento sólo a la proyección, no quiere perderse nada de su mundo personal durante la película. Es decir en la sociedad del espectáculo el cyborg no acepta ser espectador, quiere ser protagonista.

En definitiva quiere hacer lo que aprendió y desarrolló en su casa viendo televisión: comer comida rápida, atender el teléfono y hacer zapping.

El control remoto era una herramienta, todavía fuera del cuerpo, que no se soltaba de la mano. El celular es parte inseparable del propio  cuerpo, lo constituye en una nueva especie de humanidad: va con él a todas partes, se escucha directamente en el oído, se habla con él más que con quien se viaja o se trabaja. El lobo, en definitiva, se comió a Caperucita y de  esa relación antropofágica surgen los cyborg que van mostrando las nuevas formas de subjetivación y cómo la tecnología  impone condiciones en las mismas.

Notas

[1] Freire, Héctor: El cine en su laberinto, editorial Topía.

[2] Hazaki, César: El cuerpo Mediático, Editorial Topía.

[3] Patel, Raj: Obesos y Famélicos, Editorial Marea, Buenos Aires 2008.

[4] Hazaki, César: ob cit.

[5] También existe el cine gourmet con cenas caras y exclusivas.

[6] Hazaki, César: ob. cit.

[7] Hazaki, César: ob. cit.

Fuente: Topía

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