Yurodivi

Juan Forn
Página|12

El joven Boris Pilniak armó bruta polémica en Moscú, a comienzos de los años 20, cuando publicó su primer libro. Era una novela, se llamaba El año desnudo y relataba con extraordinaria potencia y modernidad de recursos el efecto de la Revolución de Octubre en una ciudad durante los doce meses inaugurales del bolchevismo. La protagonista del libro era la ciudad, Pilniak quería hacer en novela lo que Maiacovski estaba haciendo en poesía: desmontar el género, hacerlo de nuevo. Pilniak descendía de los alemanes del Volga pero había pasado parte de su infancia al otro lado de la estepa, en la frontera con China. “Dentro de mí se mezclan sangres: rusa, alemana, tártara y judía. Veo con muchos ojos”, decía para explicar su estilo literario. Víctor Shklovski lo definió así: “Pilniak suelta sus frases como se desenvaina una espada”. Trotski fue menos benévolo: “Es una tormenta verbal, un mosaico donde las piezas caen de cualquier manera”. Trotski desconfiaba de Pilniak, lo veía como un yurodivi, uno de esos locos santos de los caminos que los rusos respetan supersticiosamente. De hecho acuñó el término “compañero de ruta” para Pilniak: “No es un revolucionario; es sólo un compañero de ruta de la revolución”.

Cierto: a Pilniak le importaba más la revolución literaria que la revolución bolchevique, y en ese sentido era un yurodivi. Como los yurodivis, no se podía quedar quieto. Como los yurodivis, por su boca hablaban los registros más diversos: usó el collage literario antes y mejor que todos. Nadie se explica hasta el día de hoy cómo siguió vivo después de colar dentro de uno de sus cuentos el material más radiactivo de aquella época, un rumor incendiario sobre Stalin que corría por Moscú en esos días. El cuento trataba sobre un general que acepta el consejo de su superior supremo y se somete a una operación quirúrgica innecesaria y muere durante la intervención. Por esas fechas el mariscal Frunze, último de los héroes de la guerra civil, había perdido la vida en una mesa de operaciones, en el transcurso de una cirugía menor, dejando el camino libre que Stalin necesitaba. Sólo un idiota o un suicida podía decir en público algo así; sólo un yurodivi podía decir algo semejante y no sufrir las consecuencias.

Stalin no respetaba mucho a los yurodivis, pero no podía castigar a Pilniak por ese cuento sin autoincriminarse. De manera que se contuvo y esperó, aprovechando que nuestro muchacho estaba en ese momento en Japón. De regreso de aquel viaje Pilniak trajo un cuento que incluyó en el más perfecto de sus libros, Caoba. Ese cuento causó su desgracia. Trataba el tema de las relaciones ruso-japonesas y le ganó instantáneamente la prohibición de publicar, por “desviacionismo ideológico”. Poco después Pilniak tuvo la mala idea de aceptar una reunión con André Gide y terminó de sellar su suerte: se lo acusó de actividades contrarrevolucionarias, se lo llevaron a la Lubjanka, el juicio fue ese mismo día, 21 de abril de 1938. Duró quince minutos, fue condenado a muerte, la sentencia se ejecutó en el patio.

Pocos de los fanáticos de Pilniak recuerdan el cuento sobre Stalin (se llama “El cuento de la luna inextinguible”), pero todos veneran por igual el cuento sobre las relaciones ruso-japonesas, que se llama “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos” y, a la manera de las matrioshkas rusas, contiene una historia dentro de otra dentro de otra más, la última de las cuales describe con clarividencia el tétrico fin que esperaba a Pilniak.

Durante su viaje por Japón, en el consulado soviético de Nagasaki, nuestro muchacho lee sin querer el legajo de una ciudadana rusa que pide ser repatriada. Se fascina con la letra escolar y la franqueza igual de escolar con que la dama manifiesta el pedido. Sofia Vassilievna declara que conoció en Vladivostok, antes de la Revolución, a un oficial japonés del ejército de ocupación que sería poco después expulsado por las fuerzas bolcheviques. Antes de la retirada, y aun sabiendo de la prohibición de casarse con extranjeras que imperaba en su ejército, el oficial Tagaki (amante confeso de la literatura rusa) le pidió a Sofia que se reuniera con él en Japón y le dejó dinero para costear el viaje. Tagaki era un admirador tan ferviente de la literatura rusa que había aprovechado su tiempo en Vladivostok para aprender el idioma y así poder recitar en voz alta, a solas en su habitación, los fragmentos que más amaba de esas novelas. Así fue como Sofía reparó en él: al oírlo cuando pasaba bajo su ventana.

Sofia logró llegar al Japón. Al desembarcar fue interrogada por las autoridades y confesó que el motivo de su viaje era unirse a su prometido. Tagaki fue de inmediato expulsado del ejército y desterrado a su aldea natal, donde debió pasar dos años hasta tener derecho a ver a Sofia. Ella esperó en soledad hasta que se cumplió el plazo y él fue por ella, y se la llevó a una casa donde vivían en feliz intimidad hasta que, de un día para el otro, comenzaron a visitarlos periodistas y fotógrafos: Tagaki había publicado un libro con enorme éxito, uno que contaba su historia con Sofia, y la prensa quería retratar al autor junto a su esposa rusa, con el paisaje japonés de fondo. En la vida y en el libro que había escrito, Sofia encarnaba para Tagaki esa literatura que tanto amaba. Por lealtad y devoción a su marido, Sofia accedió a contestar algunas preguntas de los periodistas. Así descubrió que el libro de Tagaki la retrataba en la más desnuda de las intimidades. Abandonó a su marido sin decir palabra, llegó hasta el consulado soviético en Nagasaki y allí redactó toda esta historia en su pedido de repatriación a Vladivostok.

Se sabe que, durante aquel viaje por Japón, Pilniak se enamoró y convirtió al comunismo a una japonesa llamada Yae Banno, que sería un cuadro importante del partido comunista nipón. Yae Banno era una pequeña leyenda viviente en ciertos círculos de Nagasaki en los años 20: durante la guerra ruso-japonesa (1904-1905), cuando tenía apenas diecisiete años y era el ama de llaves de uno de los observadores internacionales de dicha guerra, había tenido un romance con ese oficial que había dado por resultado un hijo. Entre la bohemia de Tokio se decía que Yae Banno era la Madame Butterfly en la que se había basado la ópera. Fue Pilniak quien logró convertir a esta mujer al comunismo, con sus relatos de la revolución, pero tuvo menos suerte para conquistarla. El cuento que escribió a su regreso, el relato japonés que selló su desgracia, quería ser en realidad un velado homenaje al romance que no prosperó, una especie de Butterfly al revés.

En las últimas líneas de su cuento Pilniak recorre todas las atrocidades históricas entre rusos y japoneses que Sofia y Tagaki debieron ignorar para estar juntos. Opone a estos hechos la versión del alma rusa que da Tagaki en su libro y la versión escolar que da Sofía en su legajo consular. Pilniak dice entonces: “Él escribió un libro hermosísimo. Ella vivió su autobiografía hasta el fondo”. Y remata el cuento, con la frase más famosa de toda su obra: “Que sean otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar sobre las cosas. En particular, cómo pueden convertirse en relatos”. Fueron efectivamente otros quienes juzgaron, y condenaron, y ejecutaron a Pilniak, por ese impenitente hábito de convertir las cosas en relatos.

Fuente: Página|12

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