Una ola neoliberal está sacudiendo Argentina

Juan Manuel Pericàs
Médico. Miembro del seminario de economía crítica Taifa y de la Marea Blanca de Catalunya

“¡Sí, se puede! ¡Sí, se puede! ¡Sí, se puede!…”

El pasado sábado 30 de julio, por primera vez en quince años, un presidente asistió a la apertura de la exposición anual de la Sociedad Rural Argentina o “la Rural”, como se la conoce comúnmente. Fundada en 1866, en esta asociación patronal se consolidaron los intereses de la oligarquía, primero agrícola-ganadera y actualmente agroexportadora desde que el general Bartolomé Mitre, tras la victoria de Pavón, ganara definitivamente al “campo”, abonado con la sangre de gauchos e indios, para la capital porteña. Desde aquel momento, Argentina pasaría a ser un país radial, asimétrico, con su centro de impronta europea en Buenos Aires, algunos otros núcleos urbanos repartidos por su geografía y, en esencia, grandes extensiones rurales, muchas convertidas en auténticos feudos en los que aún hoy perdura el trabajo esclavo, la servidumbre que describió Güiraldes en Don Segundo Sombra. Controlados por escasísimas familias y, también, por compañías transnacionales como por ejemplo Benetton, los océanos de tierra son todavía parte del eje en torno al cual gira el poder y la riqueza. La comparecencia (o la ausencia) de un presidente argentino a este acto implica un claro posicionamiento político, uno de los gestos que mejor definen el perfil de la legislatura que adoptará cualquier candidatura entrante en el consistorio.

Cuando se anunció el parlamento de Mauricio Macri, Presidente de la Nación desde hace ocho meses, los empresarios y estancieros de la Rural se pusieron en pie y ovacionaron al mandatario con la consigna que éste había utilizado durante la campaña electoral, su autoproclamada “revolución de la alegría”: “¡¡sí, se puede!!”. Macri no defraudó a los asistentes. Al contrario, confirmó que sus intereses están a buen recaudo: “Se le ha sacado la pata de encima al campo y se le está tendiendo la mano”, dejó dicho el Presidente durante su intervención y lo había hecho ya en la práctica anulando la ley que impedía la compra ilimitada de tierras a capitales extranjeros.

Desde que asumió, el directorio macrista ha implementado una serie de medidas que han cambiado la realidad del país de forma evidente. Macri basó su campaña, apoyado por los cacerolazos (adoptados de los que le dedicó la oposición civil a Salvador Allende), en atacar al kirchnerismo por un supuesto decrecimiento económico, por haber dividido a la sociedad argentina, señalando la corrupción como un problema estructural del anterior gobierno, así como por una supuesta coartación a la libertad de expresión y limitación de las libertades individuales, todo lo cual se ha bautizado como “la pesada herencia”. Los cuatro fundamentos de la política económica del nuevo gobierno han consistido en eliminar “el cepo” cambiario para que la adquisición de dólares fuera ilimitada, atraer las inversiones extranjeras, pagar la deuda contraída con los llamados “Fondos Buitre” tras el “corralito” de 2001, usando para ello las reservas del Banco de la Nación Argentina como garantía, así como la emisión de nuevos bonos de deuda. Con estas medidas se perseguía generar riqueza por “goteo”, es decir, el trabajo y los bienes permearían a la población si las grandes empresas eran capaces de funcionar “a todo gas”. Sin embargo, las previsiones apuntan a que el actual ejercicio se cerrará con un crecimiento económico negativo (mientras que en 2015, el peor año en términos de crecimiento económico durante el gobierno kirchnerista, la economía argentina creció un 2,4%). Datos recientes del INDEC, el Instituto Nacional de Estadística, muestran que el monto total en dólares que han invertido empresas extranjeras desde que asumió Macri se equipara a la cuantía que ha salido del país en el mismo período. La deuda actual, contraída en un plazo de tres meses, asciende a casi 50.000 millones de dólares. El economista jefe de Goldman Sachs para Argentina, Mauro Roca, declaraba recientemente que ante tal oferta de bonos argentinos, “estamos llegando a un punto donde los inversores empiezan a evaluar si los rendimientos que se están pagando son apropiados. Eso deja poco espacio a la revalorización”.

La otra cara de las medidas económicas del macrismo es, si cabe, más cruda. En poco más de doscientos días, el número de pobres en Argentina se ha incrementado en cinco millones; en un país con aproximadamente la misma población que España. Las tarifas de gas y electricidad han subido cerca de un 400% y se anuncian nuevos “tarifazos” en el corto plazo, que se han justificado con la consabida consigna: “Los argentinos han vivido por encima de sus posibilidades”. Mientras tanto, las empresas multinacionales como Shell, han incrementado sus beneficios de forma ingente. Al respecto, Macri se ha dirigido al pueblo, en el invierno más frío desde hace cuarenta años, recomendándole a los ciudadanos “que no vayan en pata por casa”: que se abriguen más y consuman menos. Se ha despedido a centenares de miles de trabajadores públicos y privados. En sectores como la construcción, el desempleo se ha incrementado en un 20% entre los asalariados (en Argentina el trabajo informal, según datos de la Organización Internacional del Trabajo, está en torno al 30%). La inflación, que Macri prometió que no subiría en repetidas ocasiones durante la campaña electoral, se ha incrementado en un 23% y se espera que llegue al 47% al final de este semestre. Hace una semana escasa, La Nación, uno de los rotativos más importantes del país y brújula de la derecha, demandaba del gobierno, mediante un decálogo de medidas, una flexibilización del mercado de trabajo, la desaparición de los convenios colectivos y de la acción sindical, en un editorial titulado Un cambio indispensable en las relaciones laborales. Entre otras, se proponía eliminar la indemnización por despido y que sea el propio trabajador el que genere una caja de ahorros con su propio sueldo para cuando “le llegue el día”. Este paquete de medidas, evidentemente, tiene que ver con las necesidades de los inversores de los que hablaba el economista jefe de Goldman Sachs. Medidas que serán aplicadas por un presidente con cuentas en offshore en Panamá. Todo esto también es conocido por el pueblo español.

Sin embargo, a los españoles no puede dejar de sorprendernos el uso del <<sí, se puede>> en semejante contexto. Se hace difícil imaginar a la CEOE en pleno, con Joan Rossell a la cabeza, aplaudiendo y jaleando a Rajoy al ritmo de <<sí, se puede>>. En España, el yes, we can de la campaña de Obama, que se complementó con el retrato que hizo de él Shepard Fairey, el artista gráfico conocido como Obey, se recuperó en las plazas, a partir del 15 de mayo de 2011, como un grito de desprecio a las estructuras dominantes y a sus representantes. Lo que no mucha gente sabe es que los ingenieros de la campaña de Obama no innovaron, sino que tradujeron. El eslogan original lo implementó en español en los setenta Dolores Huerta, líder sindical norteamericana. Sin embargo, es por todos conocida la cantidad de desahucios que se han impedido en nuestro país con dicho eslogan como grito de guerra, en cuántas manifestaciones convocadas por movimientos sociales, como las Mareas, se ha coreado, o cómo la singladura de Podemos hasta la fecha lo ha tenido como banda sonora (no) original. En definitiva, el sí, se puede había sido, hasta hace poco, patrimonio de los de abajo. En Argentina, hoy, sí puede la oligarquía decimonónica. Por ahora.

Fuente: Diario Público

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