Esos señores enojados de los bares

Mikel Itulain
Escritor e investigador | Ampliar datos del autor

En una sociedad donde los recursos económicos quedan en poder de unas pocas manos, como ocurre con especial intensidad en el momento actual, no solo los medios de producción y riqueza están controlados. Lo está también en gran medida, mucho más de lo pensable, la política, la cultura, la educación y prácticamente cualquier otra actividad social. Entre ellas destaca la tarea  de los medios de comunicación, que se apartarán de su labor teórica de informar para centrarse especialmente en algo más que la distracción, en un paulatino adoctrinamiento o moldeo de la mente de sus receptores. Se les hará aceptar una visión del mundo, o al menos unos márgenes y límites donde pensar, no basados en un análisis racional o ético, sino en un interés de control social.
Los medios expresan una ideología y una exposición particular de la realidad acorde al mantenimiento de la privilegiada situación de sus verdaderos propietarios. Y al mismo tiempo venden sus productos, convirtiendo al oyente, lector o televidente en un ser consumista con poca o ninguna capacidad crítica o reflexiva.
El ofrecimiento deformado de la realidad y el mercado de venta que aparece con la denominada publicidad comercial, son dos caras de la misma moneda, patas de la misma mesa.
Usted no conocerá lo que de veras sucede en la política y la economía mundial, dará por inevitable un sistema que esclaviza a millones de personas por todo el planeta, incluido en su país del primer mundo con gente del primer mundo. No creerá que pueda existir alternativa a tal sistema económico y político, dará por bueno lo que no es bueno, ni para usted ni para tantos como usted. No hará nada para cambiarlo, no cuestionará como unas pocas y enormes corporaciones se han hecho con prácticamente toda la cadena y la estructura económica, no verá las consecuencias obvias y trágicas que inevitablemente de esto se derivan y se deriven y que usted mismo sufre o sufrirá. Es más, contribuirá, en sentido contrario a como debiera hacerlo por su propio bienestar, a reforzar la estructura social de cuyas realidades continuamente se queja. Dará su dinero a las acaudaladas sacas de estos poderosos codiciosos: comprando la comida en sus supermercados, vistiendo su ropa,  almorzando en sus hamburgueserías, leyendo sus revistas o periódicos, viendo sus televisiones, yendo a los actos lúdicos promocionados por ellos… Haciendo lo que le dicen que haga. Sin personalidad ni rumbo propio. Luego llegará a la taberna, donde beberá la cerveza que tan profusamente sale anunciada, y despotricará contra los chivos expiatorios expuestos en el televisor.
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